Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

“Toma la palabra, toma el mundo” es una iniciativa que surge de un grupo de “locos” y “locas” a los que nos encanta escribir, leer y compartir. Por eso, este concurso no es  competitivo, no tiene ganadores ni perdedores. Nuestro objetivo es que se escriba por el puro placer de hacerlo y, sobre todo, que se comparta lo escrito con las vecinas, las compañeras y las amigas.

    Contar una historia, inventar un mundo distinto, son sueños que se hacen realidad cada vez que cogemos un boli y un papel y lo hacemos por escrito. Y no solo se hacen realidad nuestros mundos, también creamos mundos en la imaginación de quien nos lee.

    La palabra es la voz de la conciencia. La palabra es la expresión absoluta de la libertad,  aquella que no nos podrán quitar. La palabra es, en definitiva, una forma de cambiar el mundo. De ahí el título de nuestro concurso. Queremos cambiar el mundo, queremos que vosotras también cambiéis el mundo y qué mejor forma de hacerlo que mediante la palabra.
   
Gracias a todas por participar y os animamos a que sigáis cambiando el mundo.



Grupo de Educación, Cultura y Deporte
  Asamblea Popular Paseo de Extremadura  


En este prólogo se utiliza el femenino como género que abarca a las personas de ambos sexos utilizando de este modo un lenguaje inclusivo.

Cuando los tulipanes vuelvan a florecer

Me llamo Meriem y tengo 26 años. La gente suele decirme que soy bonita y mi marido  también me lo dice a menudo, pero yo no puedo dejar de pensar que la belleza de poco sirve en estos tiempos difíciles.
Mis padres me casaron hace un año y medio con Alí, un señor de cuarenta y un años. En occidente muchas chicas de mi edad se han escandalizado por este matrimonio y sobre todo por la diferencia de edad, pero en mi país, Irán, esto es algo bastante común. Y lo cierto es que no me disgusta mi matrimonio. Alí es bueno conmigo y yo sólo siento no poder hacerle más feliz, al igual que él siente no poder hacerme más feliz a mí. Este año, Dios nos bendijo con una preciosa niña a la que hemos llamado Hasna.

Gracias a que mi familia tiene algo de dinero, pude estudiar ingeniería industrial en Londres y justo después de la graduación, volví a mi país para casarme. Lo cierto es que, después de haber vivido practicamente como cualquier joven londinense, se me hacía difícil volver a Irán para casarme con un desconocido, pero no tenía elección, era lo que tenía que hacer.
Alí fue agradable desde el principio y la boda fue bonita. Nuestros primeros meses como casados, fueron algo raros, pues yo era tímida y apenas sí sabía como comportarme después de tanto tiempo viviendo en Londres. Pero Alí también es un hombre culto que estudió filosofía y por las noches solíamos sentarnos a leer y debatir sobre algunos pensadores. Eran unas veladas realmente agradables. Nos sentábamos en la alfombra y déjabamos las ventanas abiertas para que el olor a hierba recién cortada, llegase hasta nosotros.
Él era profesor de filosofía en un instituto y quería tener muchos hijos. Yo me encargaba de la casa y en mis ratos libres escribía breves relatos sobre niños, al estilo de Peter Pan, que leía a Alí al llegar a casa. A él le encantaban y solía reír alegre. Lo cierto es que en ocasiones, yo solía añorar mi vida de joven soltera y estudiante en Londres, pero la vida junto a Alí, también era muy agradable.
Pero nuestra apacible y casi bucólica vida, rodeados de tulipanes de colores y hierbas aromáticas, estaba a punto de acabar. Una guerrilla estalló en mi pueblo y mi familia estaba en el punto de mira. Tuvimos que huír casi con lo puesto. Mataron a mis abuelos y también a mi padre y un hermano. Así que una noche, Alí me cogió casi por la fuerza, pues yo no quería abandonar a mi familia y, cogiendo apresuradamente nuestros pasaportes, salimos del pueblo y cogimos un avión hacia España.
Mientras salíamos de allí, yo lloraba y Alí agarrando mi brazo, no dejaba de correr. En dos ocasiones, tuvimos que escondernos y cuando ya estuvimos a las afueras del pueblo, continuamos el camino, ahora ya sin correr. Pronto vimos un taxi y por fin, llegamos al aeropuerto. Aún no sé muy bien porqué el destino elegido fue España. Creo recordar vagamente que yo dije que en Londres, había conocido a algunos españoles que hablaban muy bien de su país… sí, tal vez por ese simple comentario acabamos viniendo aquí.

Ya ha pasado más de un año desde que me casé y sólo llevamos en España un par de meses, tal vez incluso menos. Hasna ha nacido a los nueve meses y en España, pero con una rara enfermedad que le impide beber leche materna o leche normal para bebés, por lo que sólo puede beber una leche especial. Pero nosotros no tenemos dinero para comprarle esa leche. Yo en mi país casi era rica y aquí ni si quiera puedo alimentar a mi hija. No tenemos trabajo, aunque Ali comenzó ayer a trabajar en una obra. Es el primer trabajo que tiene desde que llegamos aquí y únicamente es para una semana, pero con el dinero que le den, podremos comprar leche a Hasna.
Gracias a Dios que mi vecina es buena y en este último mes, cuando ya se nos gastó el poco dinero que trajimos de Irán, ella nos ha estado dando algo de fruta y alguna vez también compró la leche para Hasna, pero yo no quiero vivir de la caridad. Mi vecina es buena y estoy segura de que de no ser por ella, mi bebé ya se habría muerto de hambre. Pero realmente me da vergüenza coger lo que ella nos da y verdaderamente, no lo haría si no fuese desesperadamente necesario tener que aceptar la ayuda de esta buena mujer, que por otro lado, yo sé que tampoco es que ella nade en la abundancia.

Ahora mismo Hasna está llorando porque tiene hambre y yo lloro con ella porque no puedo hacer nada. Yo sé que Alí también tiene hambre. Cada día sale a buscar trabajo muy temprano y vuelve por la noche. Camina todo el día, únicamente con el té que se toma por la mañana en el estómago.
Quiero volver a mi país con mi familia, desde que vinimos, no sé a penas nada de ellos, pero Alí tiene miedo de que al volver, puedan matarnos a mí y a Hasna.
Sólo espero que Hasna no muera de hambre y que cuando sea mayor también pueda ir a la universidad como hice yo. También espero que esta horrenda situación no merme el cariño que Alí y yo nos profesamos, pero sobre todo espero que, muy pronto volvamos a leer en las noches de brisas refrescantes, a los grandes pensadores.
Pero soy optimista y sé que los tulipanes volverán a florecer en mi pueblo y que Hasna será el hada de las flores más bonita… con hoyuelos en el nacimiento de sus deditos y unos ojos brillantes y soñadores que nunca más volverán a ver la tristeza que ahora nos cubre. No, un día soleado, la luz nos envolverá y mi pequeña hada será libre, feliz y tan bonita como las flores.

Autora: Azahara Alcalde López
Categoría: Adulto

Tras la puerta

Las ideas se amontonaban unas encima de otras, como superpuestas, inconexas entre sí, sin ritmo, sin orden. Se quedaba sin aliento al intentar darle sentido a todo aquello. El aire denso como una losa no ayudaba. Decidió abrir la ventana, mala idea, mejor cerrada. Encendió un cigarrillo y se tumbó sobre la cama.

Echó un vistazo al apartamento, le gustaba. Una cucaracha trepaba sobre las latas de cerveza amontonadas en la alfombra y se preguntó si debería limpiar un poco, mejor no, está bien así. Al fin y al cabo esos bichos eran la única compañía que se permitía. No le molestaban, ellas iban a lo suyo, pululaban por aquí y por allá a sus anchas, buscar algo de comida y volver al nido, realmente no eran tan molestas. Lo que de verdad le incomodaba era ese murmullo de ahí fuera, pensó. Aún con la ventana cerrada se colaba el ruido. Le desconcertaba escuchar el murmullo incomprensible de esa gente que paseaba por la calle.
Orgullosos de su andar, de su merecido atuendo seleccionado, comentaban tal o cual cosa en voz alta en un intento de, con aquella interesante opinión, sorprender a quien pasara por su lado, mirando de vez en cuando, eso sí, de soslayo, para asegurarse de que había suficiente audiencia a la que deleitar.

Otro cigarrillo y se asomó a la ventana, la tienda de víveres de Doña Pilar estaba abarrotada de gente, como de costumbre a primera hora de la mañana. Las mujeres afanosas se disponían a pertrecharse de alimentos frescos para su camada, el motor para levantarse, lavarse, meterse en esos incómodos vestidos y empolvarse la cara, todos los ajustes necesarios hasta parecer feliz y salir. Saludar a sus vecinas con presumida amabilidad, interesadas en las vidas ajenas, en justa medida claro, pues era de persona respetable la virtud de ser discreta. Se sintió feliz de no participar de todo aquello. Siguió el impulso de su
cuerpo y caminó hacia la máquina de escribir.

Una frase en el folio. Otro cigarrillo y claro, un café.

A su izquierda, el hornillo de gas junto a la ventana, lleno de grasa, amontonaba sobre sí varios cacharros que en algún momento debería fregar, pero ahora, sólo apartarlos. Abrir la cafetera, tirar las borras en el fregadero, agua, café… ¡mierda!, no quedaba café, tenía que bajar a comprar. Ya que bajo, compro tabaco y cerveza, se dijo. Sí, mejor ahora que después. No pensaba volver a salir en todo el día, tenía que escribir algo, tenía que conseguir escribir algo, exprimir algo.

Fue hacia el armario empotrado al lado de su cama en busca de los zapatos. Al abrir la puerta y por alguna razón que no llegaba a comprender éstos y unos cuantos pares más, cayeron de golpe, unos encima de otros, a sus pies. Se agachó para recoger aquello y la tabla de planchar como contagiada del inoportuno espíritu aventurero de sus compañeros de armario, se abalanzó al exterior y con un ruido sordo impactó contra su espalda, ¡joder! gritó. Con el tronco casi paralelo al suelo y el trasto en el lomo, llevó atrás los brazos y con un gesto de dolor lo empujó, como pudo, hacia la derecha.

El amasijo de metal colisionó contra la mesilla de noche arrasando con casi todo lo que estaba encima, incluida la lamparilla de cristal, que como a cámara lenta cayó sobre la cama. Quiso atraparla antes de que siguiera el orden natural de la fuerza gravitatoria, pues la cama ligeramente inclinada hacia el lado diestro por un desnivel de las patas, desnivel que había intentado arreglar en vano con un cartoncillo a modo de calza, haría que la lámpara siguiera su curso hasta el suelo, pero los intentos de atraparla solo sirvieron para llevarse un golpe seco en la rodilla, con la tabla que seguía ahí, entre su cuerpo y la cama, entre la mesa de noche y el suelo, un parapeto que le impedía el movimiento.
Una patada a aquel trasto, únicamente consiguió desplazarlo unos centímetros. Se llevó la mano a la rodilla, y en su cara se pudo adivinar lo que iba a pasar. La lámpara impávida siguió su rumbo hasta el piso, mil pedazos de cristal se esparcieron por el suelo y el estruendo a pesar de ser esperado consiguió sacarle de quicio. Y así, todavía con una mano en la rodilla y la otra en el aire, con el amasijo de hierros delante, entre la mesa y el suelo, entre su cuerpo y la cama, contempló con una mueca de resignación aquel escenario. Puso su mirada sobre si, y por fin abandonó aquella insólita postura.

No pensaba arreglar nada ahora, ya no tenía ganas de más diversión y decidió bajar tal y como estaba, en zapatillas de levantar.

Cogió las llaves, la cartera y se dirigió hacia la salida, giró el pomo y abrió, pero le fue imposible traspasar aquel umbral, algo le empujó hacia dentro.

Cerró de golpe y el estruendo se sintió en todo el edificio. Dos pasos para atrás y clavó su mirada impertérrita en la superficie de la puerta. No puede ser. No puede ser. Los brazos estirados a lo largo del cuerpo, las piernas un poco separadas y flexionadas, la espalda encorvada con la pelvis hacia delante, la barbilla hacia abajo y mirando por encima de las gafas, como quien espera sin defensa una respuesta incomprensible.

Pasaron minutos, aunque parecieron horas, hasta que cogió la silla del escritorio y la orientó hacia la salida, se sentó, sacó un cigarrillo del bolsillo, lo prendió con la ultima cerilla de aquella caja y fumó hasta el final, con un interrogante en su cara y otro en la puerta.

Una luz asomó por debajo desde el otro lado, silencio.

Su cuerpo reaccionó como un resorte, se acercó al interruptor y apagó la única luz que alumbraba aquel espacio. Pegó la oreja a la puerta con la esperanza de escuchar algo..unos pasos, una voz… una pista, nada, sólo silencio.

Volvió a la silla, posición de espera. Tras unos segundos, la luz dejó de asomar por el resquicio.

Dudó unos instantes hasta que se levantó de nuevo, con paso nervioso e inseguro, titubeando, posó su mano en el pomo y se disponía a girarlo cuando unos golpes al otro lado le sobresaltaron. Contuvo la respiración, eran sin duda unos nudillos llamando. Un golpe, dos, tres, pausados, casi lúgubres sonaron. Sea quien fuera estaba a oscuras ahí detrás.

De pie junto a la puerta, se esforzó por ordenar sus pensamientos que bailaban desacompasados al ritmo de su propio vértigo. Quería saber que pasaba, quién llamaba justo en aquel momento, por qué motivo antes, no había podido salir de su apartamento, por qué cuando abrió la puerta fue incapaz de dar un solo paso hacia el exterior. Quería respuestas.

Tres golpes pausados resonaron, más lúgubres le parecieron esta vez, pero ahora se armó de valor y abrió. La palidez le recorrió el rostro al contemplar aquello. No sólo no había nadie en aquella oscuridad, sino que otra vez algo le empujaba hacia dentro. Intentó poner un pie en el exterior, agarrándose con firmeza al tirador, pero era obvio que las leyes de la física se
habían puesto hoy en su contra. No había nada ahí fuera, ni suelo, ni paredes, ni rastro de que alguna vez lo hubiera habido. Forcejeó contra aquel vacío que le negaba la salida, agarrándose con más fuerza al pomo en un último esfuerzo por encontrar algo, quizá una explicación o tal vez una alternativa, pero nada, absolutamente nada e incomprensiblemente nadie.

Autora: Regina Zerené
Categoría: Adulto

Engañando a la soledad

La ciudad aún dormía cuando Salvador llegó a casa. Soltó la bolsa de pan sobre la mesa del salón y con timidez se dirigió a echar un vistazo a la habitación. La encontró distante, fría, es como si estuviese planchada sobre la cama. La noche anterior, era la primera vez que se iba a trabajar con ese extraño pellizco en el estómago, sintiendo la sórdida sensación de que ya no lo amaba; no podía soportar la idea de no ser el hombre de su vida. Con el trabajo que le había costado encontrarla.

Doña Mercedes, su vecina del cuarto, ya no era la primera vez que se lo decía: "Salva hijo, siendo como eres, a ver que mozuela es la que se va contigo".Pero lo cierto, es que al final la había encontrado, y lo mejor: no le había costado meses o años de cortejo, guardando apariencias y pagando invitaciones. No como su hermano Rafael, que estuvo once años de noviazgo, para después ver como su matrimonio expiraba a los tres meses de estar casado. Menudo chasco. Ahora vivía de nuevo con sus padres y se pasaba las horas contaminando su habitación con el humo de sus cigarros y con su soledad. O como su amigo Frasco, aquel chico tan majo que conoció en la consulta , que le contó que llevaba años detrás de una muchacha, que al final lo único que quería era aprovecharse de él. Le prometió que le daría un beso, si él la invitaba siempre que salieran, a las pocas semanas se aburrió y empezó a no querer saber nada. Un día la pilló en una esquina besándose con otro tipo, Frasco puso mala cara y aún no le había dado tiempo a decir nada, cuando la chica hecha una fiera le dijo a gritos: "¡Que te creías que iba a estar con un imbécil como tú!

Vaya golfa. Salvador sintió mucha pena después de escuchar aquella historia y pensó que a él también podría pasarle lo mismo, o incluso peor. De hecho, creía que Frasco era un joven bastante lúcido. Siempre hablaba de cosas interesantes, antes de que aquel médico simpático, los bombardease con preguntas absurdas y les soltase rollos dialécticos que no que comprendían, y que seguro no interesaban a nadie. Salvador pensaba, que esos doctores que se dedican a hacer preguntas y a charlar, sólo sirven para hacer que la gente se vuelva loca.

Los primeros rayos del alba se colaron por la ventana del salón, e impactaron en la cara de un Salvador, que todavía se sentía del todo incapaz de entrar en la habitación. Le atenazaban el sueño y el cansancio de una noche de trabajo agotadora, pero la incertidumbre de no saber como ella iba a reaccionar, le podía, así que se tumbó en el sofá y se mantuvo a la espera. Pensó que lo mejor era que ella tomase la iniciativa. Si, era lo mejor, después de todo, anoche, en el momento cumbre sintió como se desmoronaba, y no le proporcionaba ese placer tan cálido al que le tenía acostumbrado. Un placer tan intenso, que hacía que se pasase las horas en el trabajo, ensimismado en sus fantasías, soñando despierto, anhelando todos y cada uno de los poros de su cuerpo. Casi siempre que pensaba en ella, se despistaba y terminaba por liar la trapatiesta. Unas veces quemaba un carro de pan, otras perdía la cuenta de los bollos que tenía que hacer...

¡Salvador, espabila ya! le chillaba Juan el encargado, que para colmo era su tío. Gracias a él, al menos tenía un buen empleo. Cuando Salvador tenía catorce años, su tío Juan, convenció a sus jefes y lo enchufó como aprendiz de panadero. Y aunque fuese a base de gritos y amenazas, había conseguido que se afianzase en un oficio, por que desde que tenía temprana edad, ya se podía percibir con claridad que lo suyo no eran los estudios. Lo cierto es que él era muy feliz con su trabajo, si bien, a veces se le hacían un poco pesadas las bromas de sus compañeros. Como aquella vez que lo convencieron para que metiera un reloj nuevo en un cubo de agua, para demostrar si era resistente al agua como ponía en la frontal; Salvador sumergió su reloj comprado a un africano en el top manta, y poco tardó en darse cuenta de que la mentira se encuentra impresa hasta en las carcasas de los relojes.

Los segundos corrían eternos, Salvador tenía la mirada perdida, clavada en el techo, mirando sin ver nada. A veces agudizaba el oído para intentar escuchar un suspiro, un gesto, algo que viniese del cuarto y que pudiera sacarle de aquel abismo de impotencia, de dudas, de cobardía. Los ecos de la ciudad en movimiento invadían el salón, le causaban la molesta sensación de cientos de avispas revoloteando a su alrededor. Turbado por la desesperación, se tapó la cara con el cojín y lo apretó con las manos. Así se sentía mejor, seguro. Era algo que había aprendido en su niñez, de esa forma escapaba de todos los malos tragos que le hacían pasar sus hermanos mayores. Sobre todo cuando venían con amigos, entonces Salvador se convertía en el centro de todas las mofas.

Se escuchó ruido de llaves en el pasillo, Don Celestino, su vecino del b, como cada mañana, salía para pasear a su perro. Salvador se sintió mucho mejor. Ambos se entendían muy bien porque durante años habían tenido en común la soledad, pues desde que Don Celestino enviudó, no se le había conocido compañía femenina. Muchas veces pasaban la tarde jugando a las cartas o al parchís, mientras hablaban de cualquier tema intrascendente. La cuestión era ganarle la partida a su particular destierro. Aunque Salvador, desde que vivía con su amada, hacía tiempo no pasaba por casa de Don Celestino.

Salvador se levantó timidamente y decidió abrir la ventana, pensó no le vendría mal un poco de aire fresco, pero se estremeció cuando miró al cielo y vio como el alegre sol primaveral, era tapado de forma paulatina por sombríos nubarrones grises. Un aire fúnebre se coló por la ventana y se paseo de punta a punta por el salón. Salvador sintió como se le agarrotaban los músculos y como el corazón le golpeaba el pecho pidiendo auxilio. Le pareció desfallecer, imaginó lo peor, tenía que ir corriendo a la habitación y saber de una vez que había pasado, pero era tal la languidez que sentía en sus piernas, que temía derrumbarse si intentaba dar un sólo paso.

De nuevo escuchó a su vecino, venía de darle el paseo al perro, Salvador sacó fuerzas de flaqueza recorrió como pudo los metros de la ventana a la puerta principal, le parecieron kilómetros. Abrió la puerta con la destreza del que se ha tomado un litro de café solo, y por fin, habló con Don Celestino:

- Do...Don Celestino, por favor... tiene que ayudarme.

- Salvador ¿Qué te pasa? estás muy pálido...¿En qué quieres que te ayude?

- Es...es ella. No sé que le pasa, no me responde ¡Está muy rara!

- Ella ¿Quién?. Vale tranquilizate. A ver en que lío te has metido tú ahora. Déjame pasar...

Aunque ya hacía algunos años que estaba jubilado, Don Celestino era un abuelo de esos que ya no se asustan por nada, no en vano en su juventud, había pasado dos años en el frente ruso con la División Azul.

Salvador estaba clavado al suelo y ni siquiera se entretuvo en cerrar la puerta, miraba con ojos desorbitados, mientras tanto, con lentitud, Don Celestino avanzó hacia la habitación, dio dos golpecitos en la puerta, y como no recibió respuesta, se apresuró a entrar. Una vez se percató de lo que había pasado, le grito a Salvador:

- ¡¿Joder Salvador, pero para que tienes en la cama una muñeca hinchable?! ¡Y es qué, para colmo está pinchada!

Autor: Roberto Gil González
Categoría: Adulto

Palavras

Palavras são como pétalas de flor na boca de uns,

lavas de um vulcão em furor nas mãos do lapuz.

Palavras são esquecidas por aquele que maltrata,

e eternamente vividas pelo que recebe a chibata.

Palavra não tem polaridade.

Pode ser bem ou mal usada

independente da idade.

Há os que a têm em sua boca,

Mas não a mantém em seu coração.

Palavras dão vida e matam

àqueles que as acatam

seja por vontade ou coação,

liberdade ou submissão.

Palavra é fogo que gera luz

e loucura da indignação que produz.

Palavra é o jardim florido que fala por si mesmo

e também o canhão que explode a esmo

deixando deserto os escombros da vida.

Palavra amadurece, enlouquece, salva e seduz...

A palavra tem muitas funções.

Depende mesmo é do sentimento

que há em nossos corações.

E este é o único elemento

que a palavra não inventa.

Ela pode ser usada em qualquer situação,

e até mesmo o seu silêncio, tem definição.

A palavra carrega o cheiro do ódio,

e espalha pelo ar o perfume da imensidão.

Eu não tenho palavras

para expressar minha felicidade,

nem tão pouco para conceituar a maldade,

seja como doença ou característica de personalidade.

Um Homem que não tem palavra

é um nada perdido na vida.

O Homem que emudece de palavra

deixa se esvair no vento

o sentimento de profunda acolhida.

Palavra é arma que faz nascer ou morrer,

e quem não conhece seu verdadeiro poder

não visualiza seu darma.

Há os que usam a palavra

como exercício de auto-sugestão.

Ato de pura ilusão

de quem no fundo é meramente

um Homem sem-palavra,

pois a palavra que sai da boca da mente

é a marca de um coração ausente.

Trava que azinhavra o poema,

e não passa de simples algema.

Blasfemo, gemo e solto meu grito extremo.

Tua palavra sistêmica

jamais prenderá minha alma polêmica.

Não vou parar de falar!

Não vou esperar o tempo certo de escrever!

Pois apenas em tua escravizada mente

existe esse inconveniente.

Meu tempo é agora!

Minha palavra é hoje!

E se não consegues dar valor, penses bem,

pois não tens é qualquer sentimento de amor.

Porque a minha palavra

não é simples garrancho em papel.

Palavra é ato, é céu.

Palavra é o que sou,

tudo que me restou.


Autora: Regina Araujo
Categoría: Poesía

Ser uno mismo


Bla, bla, bla –oía de fondo.
Carlos, en el soto, sentado en las piedras que contenían el agua de la presa, parecía ajeno.
Plaf, plaf, plaf –tiraba piedras en el río.

Y todos los días igual:
Bla, bla, bla…
Plaf, plaf, plaf…
Bla, bla, bla…
Plaf, plaf, plaf…

Un sol de justicia cegó, aquella mañana, el soto. Y por ello, tuvo que ser por ello, la última onda se atrevió a mostrarle su temido rostro.
-¿Por qué no? –se dijo.
Y desde aquel día lanzó las piedras lejos.

Autora: Lucía Santamaría Nájara
Categoría: Adulto


Quizá


El tejido de sueños que cubre el sol,
el que abre la luna,
entre esta nocturnidad ya me espera.

Quizá mi fantasía se borre con la pólvora,
o junto con mi vida.
Quizá mis ojos se abran al despertar sin fuerzas,
o no se abran.
Quizá este abrazo, madre, no se repita más.
No se repetirá.
Quizá la espesura me disfrace esta inocencia,
y mi esencia.
Quizá la noche vea cómo pasa mi sino
con ojos abatidos.
Quizá mis sueños sean el envés de mis párpados,
o no sueñe.
Quizá tus ojos cansados acunen mi anhelo,
y tristes ven el sol.
Quizá este beso de buenas noches sea el último,
el final.
Quizá el sol explote mis indefensas ideas,
o sólo las esconda.
Quizá alce mis súplicas desgarrando mi voz
a un dado dios.
Quizá, madre, mañana esté muerto entre las sábanas
siendo ellas mi mortaja.

Pero, de momento,
hasta mañana.

Autor: Sergio Arizmendi Pablos
Categoría: Poesía

Psychotic Girl


      - Qué bá…rbara

Ese jalón de aire fue suficiente. No habías tenido aliento suficiente para decir una frase completa, lo que significaba que habías quedado tan exhausto como yo, y en estos casos el cansancio es otra palabra para nombrar al placer. Te tendiste de espaldas y yo te imité, segura de que apenas tocara la almohada iba a quedarme dormida.  Así fue. No sé cuánto tiempo pasó cuando me desperté y te atrapé en plena observación.

Ya sé que mis pechos no merecen un soneto –vamos, ni un vulgar verso octosílabo-, pero hablemos de mis piernas, maravillosas sin duda. Para ti eran una carretera, el delta de un río, columnas jónicas, lianas que te salvan de una selva; las llamaste de mil formas, pero ninguna tan estremecedora como cuando las llamaste tuyas. ¿Qué iba yo a hacer? ¿Podía resistirme, resistirlas, a ese bautizo no pedido? De ninguna manera.

Así que todo bien, hasta hace rato. Estábamos muy desnudos, muy sudados y con los cuerpos suficientemente cerca para ignorar el incipiente frío: ¡muy bien! Mi cabeza descansaba en tu pecho, no como símbolo de intimidad, sino porque me había agotado como para moverme más lejos. De repente, sentí cómo se inflaba tu pecho: bostezabas. Sonreí. Sonreí e inmediatamente me paralicé: ¿por qué me daba ternura ese gesto? Cuando volteé a verte, me di cuenta que las metáforas estaban a punto de salírseme de la boca en una estampida de cursilería. Me entró un miedo terrible: de esos que no te hace saltar y gritar como estúpida, sino quedarte tiesa y muy calladita. Pasmada.  

Se me llenaba el cuerpo de escalofríos cada que me permitía pensarlo. Inmediatamente me obligaba a pensar en nimiedades: en mi trabajo, por ejemplo, la nimiedad que abarca más espacio en mi vida. Me gustaban tu boca, tu espalda y tu boca en mi espalda. Pero también me gustaban tus ideas y tu humor, y eso no me gustaba nada. Contigo me reía más fuerte, sonreía más ampliamente y yo estaba muy consciente de todo eso como para dejarme atrapar. También estaba muy asustada.

De hipnotizar, de hechizar, de eso se trataba: de levantarse unos centímetros del piso. ¡Ah no, a eso  yo no le entraba! ¿Qué no te das cuenta que yo tengo que estar furiosamente pegada a la realidad para no perder todo sentido? Y yo sentía que la realidad me iba abandonado otra vez, poquito a poco, retrocedía paso a paso y sigilosamente -la muy cobarde-. Mientras, cada vello de mis brazos se erizaba con esa retirada inminente. No podía permitirlo, no otra vez. Me paré de un salto, me vestí en un instante y te pretexté cualquier cosa para que no me acompañaras: había que salir de ahí lo más pronto posible, rápido rápido antes de que te llamara con algún apodo cariñoso.

En 2 minutos ya estaba en la calle, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo normal: la señal de que había actuado justo a tiempo. Estaba tranquila, cierta de que no te diste cuenta de nada. Si acaso sólo te habrá quedado una leve curiosidad sobre la razón de mi prisa, pero no puedo explicarte. Verás, si no estuviera tan segura de que tú eres quien podría hacerme inmensamente feliz, no caminaría con tanta convicción en la dirección opuesta a ti.  

Autora: Gabriela Solis Casillas  
Categoría: Adulto

Elegía a Port Prince


(Memoria del desastre de Haití)
 
Digo que tal vez mi muerte sea un libro inconcluso.
Una puerta que dejo medio abierta.
Ese hijo al que no pude ver crecer.
La tierra que no tuve tiempo de sembrar.
Pero algo hice.

Tranquilo. Estoy tranquilo.

Siempre habrá alguien detrás que lentamente,
paso a paso,
intente concluir ese abandono.
Porque sólo soy un eslabón en la cadena.

No importa entonces.
Sé que la semilla brotará mañana.
Que la luz se abrirá camino en las tinieblas.
Que otro reiniciará la lectura que dejé.
Que mi hijo andará su propia senda.
No me afecta la muerte demasiado.
Moriré en paz, es eso lo que espero,
al abrigo de manos conocidas.

Pero sí el dolor.
El dolor de la carne, del hambre y la miseria.
La muerte en soledad, entre las ruinas.
La del que sin tener en la vida nunca nada,
nada lega tampoco cuando muere.
Son los muertos de Port Prince.


He visto a una mujer. Y he visto a un niño.
Y a un hombre con los ojos muy abiertos.
Les he visto en el polvo. En el derrumbe.
Bajo el cielo indiferente.
Sin ni siquiera un lugar para sus restos.
Son los muertos de Port Prince.

Nada tuvieron. Menos tienen ahora.
Cuerpos arrastrados al mayor de los olvidos.
Uno encima del otro, amontonados.
Sepultados en montañas de cal viva
o quemados en piras fantasmales.
Sin nombre y sin pasado. Sin recuerdo.
Son los muertos de Port Prince.

Apenas queda tiempo para el llanto.
No se sabe a que dios hay que rezarle.
Importan los que viven, no los muertos.
Estos son cenizas en el aire,
el hedor de miles de cadáveres.
Amasijo de huesos, de vísceras y músculos.
Ignorados, perdidos, insepultos.
Son los muertos de Port Prince.
Perros hambrientos los devoran por las calles.
Manos impías rebuscan en sus ropas,
profanan sus cuerpos mutilados, su memoria.
Tal vez ese billete, ese anillo o esa cadena,
ese collar que un día la mujer lució en su pecho,
alivien por segundos el hambre y la pobreza.
Se pudren sus restos en la ciudad maldita.
Son los muertos de Port Prince.

Pero importan los que viven, no los muertos.
Eso dicen.
Los que serán mañana
otros muertos en Port Prince.


Autor:  Ramón Cabrera Naveiras
Categoría: Poesía

Palabras decididas


Su generosidad nace
en un manantial
de palabras, que bebidas
en justa porción, son
fuente que invita a su caño.
Maná de agua limpia y
redonda. Cuajado coral.
Palabra es esperanza,
eco y espejismo.
Decididas se deslizan
como una anécdota
por los oídos, y se
ofrecen obsequiosas
de sílabas. Celebrantes,
inauguran, saltan a la
calle, y vierten
promesas entre las urbes.
Embajadoras, silenciosas,
Anhelantes o gastadas.
Tiñen con su verde, mil
palabras blancas.
Reunidas, las escoges o
apartas en dilemas.
Sutiles, consoladoras,
intrigantes, enredadoras,
caprichosas, coqueteas,
frescas y distintas.
Oportunas, si las sabes escoger.
Avarientas si te devoran.
Para amar y discursar,
hay tantas palabras como
perlas en cascadas.
Hay tantas, tantas;
para que de todas las palabras,
se escojan siempre palabras.

Autora: Calamanda Nevado
Categoría: Poesía