La ciudad aún dormía cuando Salvador llegó a casa. Soltó la bolsa de pan sobre la mesa del salón y con timidez se dirigió a echar un vistazo a la habitación. La encontró distante, fría, es como si estuviese planchada sobre la cama. La noche anterior, era la primera vez que se iba a trabajar con ese extraño pellizco en el estómago, sintiendo la sórdida sensación de que ya no lo amaba; no podía soportar la idea de no ser el hombre de su vida. Con el trabajo que le había costado encontrarla.
Doña Mercedes, su vecina del cuarto, ya no era la primera vez que se lo decía: "Salva hijo, siendo como eres, a ver que mozuela es la que se va contigo".Pero lo cierto, es que al final la había encontrado, y lo mejor: no le había costado meses o años de cortejo, guardando apariencias y pagando invitaciones. No como su hermano Rafael, que estuvo once años de noviazgo, para después ver como su matrimonio expiraba a los tres meses de estar casado. Menudo chasco. Ahora vivía de nuevo con sus padres y se pasaba las horas contaminando su habitación con el humo de sus cigarros y con su soledad. O como su amigo Frasco, aquel chico tan majo que conoció en la consulta , que le contó que llevaba años detrás de una muchacha, que al final lo único que quería era aprovecharse de él. Le prometió que le daría un beso, si él la invitaba siempre que salieran, a las pocas semanas se aburrió y empezó a no querer saber nada. Un día la pilló en una esquina besándose con otro tipo, Frasco puso mala cara y aún no le había dado tiempo a decir nada, cuando la chica hecha una fiera le dijo a gritos: "¡Que te creías que iba a estar con un imbécil como tú!
Vaya golfa. Salvador sintió mucha pena después de escuchar aquella historia y pensó que a él también podría pasarle lo mismo, o incluso peor. De hecho, creía que Frasco era un joven bastante lúcido. Siempre hablaba de cosas interesantes, antes de que aquel médico simpático, los bombardease con preguntas absurdas y les soltase rollos dialécticos que no que comprendían, y que seguro no interesaban a nadie. Salvador pensaba, que esos doctores que se dedican a hacer preguntas y a charlar, sólo sirven para hacer que la gente se vuelva loca.
Los primeros rayos del alba se colaron por la ventana del salón, e impactaron en la cara de un Salvador, que todavía se sentía del todo incapaz de entrar en la habitación. Le atenazaban el sueño y el cansancio de una noche de trabajo agotadora, pero la incertidumbre de no saber como ella iba a reaccionar, le podía, así que se tumbó en el sofá y se mantuvo a la espera. Pensó que lo mejor era que ella tomase la iniciativa. Si, era lo mejor, después de todo, anoche, en el momento cumbre sintió como se desmoronaba, y no le proporcionaba ese placer tan cálido al que le tenía acostumbrado. Un placer tan intenso, que hacía que se pasase las horas en el trabajo, ensimismado en sus fantasías, soñando despierto, anhelando todos y cada uno de los poros de su cuerpo. Casi siempre que pensaba en ella, se despistaba y terminaba por liar la trapatiesta. Unas veces quemaba un carro de pan, otras perdía la cuenta de los bollos que tenía que hacer...
¡Salvador, espabila ya! le chillaba Juan el encargado, que para colmo era su tío. Gracias a él, al menos tenía un buen empleo. Cuando Salvador tenía catorce años, su tío Juan, convenció a sus jefes y lo enchufó como aprendiz de panadero. Y aunque fuese a base de gritos y amenazas, había conseguido que se afianzase en un oficio, por que desde que tenía temprana edad, ya se podía percibir con claridad que lo suyo no eran los estudios. Lo cierto es que él era muy feliz con su trabajo, si bien, a veces se le hacían un poco pesadas las bromas de sus compañeros. Como aquella vez que lo convencieron para que metiera un reloj nuevo en un cubo de agua, para demostrar si era resistente al agua como ponía en la frontal; Salvador sumergió su reloj comprado a un africano en el top manta, y poco tardó en darse cuenta de que la mentira se encuentra impresa hasta en las carcasas de los relojes.
Los segundos corrían eternos, Salvador tenía la mirada perdida, clavada en el techo, mirando sin ver nada. A veces agudizaba el oído para intentar escuchar un suspiro, un gesto, algo que viniese del cuarto y que pudiera sacarle de aquel abismo de impotencia, de dudas, de cobardía. Los ecos de la ciudad en movimiento invadían el salón, le causaban la molesta sensación de cientos de avispas revoloteando a su alrededor. Turbado por la desesperación, se tapó la cara con el cojín y lo apretó con las manos. Así se sentía mejor, seguro. Era algo que había aprendido en su niñez, de esa forma escapaba de todos los malos tragos que le hacían pasar sus hermanos mayores. Sobre todo cuando venían con amigos, entonces Salvador se convertía en el centro de todas las mofas.
Se escuchó ruido de llaves en el pasillo, Don Celestino, su vecino del b, como cada mañana, salía para pasear a su perro. Salvador se sintió mucho mejor. Ambos se entendían muy bien porque durante años habían tenido en común la soledad, pues desde que Don Celestino enviudó, no se le había conocido compañía femenina. Muchas veces pasaban la tarde jugando a las cartas o al parchís, mientras hablaban de cualquier tema intrascendente. La cuestión era ganarle la partida a su particular destierro. Aunque Salvador, desde que vivía con su amada, hacía tiempo no pasaba por casa de Don Celestino.
Salvador se levantó timidamente y decidió abrir la ventana, pensó no le vendría mal un poco de aire fresco, pero se estremeció cuando miró al cielo y vio como el alegre sol primaveral, era tapado de forma paulatina por sombríos nubarrones grises. Un aire fúnebre se coló por la ventana y se paseo de punta a punta por el salón. Salvador sintió como se le agarrotaban los músculos y como el corazón le golpeaba el pecho pidiendo auxilio. Le pareció desfallecer, imaginó lo peor, tenía que ir corriendo a la habitación y saber de una vez que había pasado, pero era tal la languidez que sentía en sus piernas, que temía derrumbarse si intentaba dar un sólo paso.
De nuevo escuchó a su vecino, venía de darle el paseo al perro, Salvador sacó fuerzas de flaqueza recorrió como pudo los metros de la ventana a la puerta principal, le parecieron kilómetros. Abrió la puerta con la destreza del que se ha tomado un litro de café solo, y por fin, habló con Don Celestino:
- Do...Don Celestino, por favor... tiene que ayudarme.
- Salvador ¿Qué te pasa? estás muy pálido...¿En qué quieres que te ayude?
- Es...es ella. No sé que le pasa, no me responde ¡Está muy rara!
- Ella ¿Quién?. Vale tranquilizate. A ver en que lío te has metido tú ahora. Déjame pasar...
Aunque ya hacía algunos años que estaba jubilado, Don Celestino era un abuelo de esos que ya no se asustan por nada, no en vano en su juventud, había pasado dos años en el frente ruso con la División Azul.
Salvador estaba clavado al suelo y ni siquiera se entretuvo en cerrar la puerta, miraba con ojos desorbitados, mientras tanto, con lentitud, Don Celestino avanzó hacia la habitación, dio dos golpecitos en la puerta, y como no recibió respuesta, se apresuró a entrar. Una vez se percató de lo que había pasado, le grito a Salvador:
- ¡¿Joder Salvador, pero para que tienes en la cama una muñeca hinchable?! ¡Y es qué, para colmo está pinchada!
Doña Mercedes, su vecina del cuarto, ya no era la primera vez que se lo decía: "Salva hijo, siendo como eres, a ver que mozuela es la que se va contigo".Pero lo cierto, es que al final la había encontrado, y lo mejor: no le había costado meses o años de cortejo, guardando apariencias y pagando invitaciones. No como su hermano Rafael, que estuvo once años de noviazgo, para después ver como su matrimonio expiraba a los tres meses de estar casado. Menudo chasco. Ahora vivía de nuevo con sus padres y se pasaba las horas contaminando su habitación con el humo de sus cigarros y con su soledad. O como su amigo Frasco, aquel chico tan majo que conoció en la consulta , que le contó que llevaba años detrás de una muchacha, que al final lo único que quería era aprovecharse de él. Le prometió que le daría un beso, si él la invitaba siempre que salieran, a las pocas semanas se aburrió y empezó a no querer saber nada. Un día la pilló en una esquina besándose con otro tipo, Frasco puso mala cara y aún no le había dado tiempo a decir nada, cuando la chica hecha una fiera le dijo a gritos: "¡Que te creías que iba a estar con un imbécil como tú!
Vaya golfa. Salvador sintió mucha pena después de escuchar aquella historia y pensó que a él también podría pasarle lo mismo, o incluso peor. De hecho, creía que Frasco era un joven bastante lúcido. Siempre hablaba de cosas interesantes, antes de que aquel médico simpático, los bombardease con preguntas absurdas y les soltase rollos dialécticos que no que comprendían, y que seguro no interesaban a nadie. Salvador pensaba, que esos doctores que se dedican a hacer preguntas y a charlar, sólo sirven para hacer que la gente se vuelva loca.
Los primeros rayos del alba se colaron por la ventana del salón, e impactaron en la cara de un Salvador, que todavía se sentía del todo incapaz de entrar en la habitación. Le atenazaban el sueño y el cansancio de una noche de trabajo agotadora, pero la incertidumbre de no saber como ella iba a reaccionar, le podía, así que se tumbó en el sofá y se mantuvo a la espera. Pensó que lo mejor era que ella tomase la iniciativa. Si, era lo mejor, después de todo, anoche, en el momento cumbre sintió como se desmoronaba, y no le proporcionaba ese placer tan cálido al que le tenía acostumbrado. Un placer tan intenso, que hacía que se pasase las horas en el trabajo, ensimismado en sus fantasías, soñando despierto, anhelando todos y cada uno de los poros de su cuerpo. Casi siempre que pensaba en ella, se despistaba y terminaba por liar la trapatiesta. Unas veces quemaba un carro de pan, otras perdía la cuenta de los bollos que tenía que hacer...
¡Salvador, espabila ya! le chillaba Juan el encargado, que para colmo era su tío. Gracias a él, al menos tenía un buen empleo. Cuando Salvador tenía catorce años, su tío Juan, convenció a sus jefes y lo enchufó como aprendiz de panadero. Y aunque fuese a base de gritos y amenazas, había conseguido que se afianzase en un oficio, por que desde que tenía temprana edad, ya se podía percibir con claridad que lo suyo no eran los estudios. Lo cierto es que él era muy feliz con su trabajo, si bien, a veces se le hacían un poco pesadas las bromas de sus compañeros. Como aquella vez que lo convencieron para que metiera un reloj nuevo en un cubo de agua, para demostrar si era resistente al agua como ponía en la frontal; Salvador sumergió su reloj comprado a un africano en el top manta, y poco tardó en darse cuenta de que la mentira se encuentra impresa hasta en las carcasas de los relojes.
Los segundos corrían eternos, Salvador tenía la mirada perdida, clavada en el techo, mirando sin ver nada. A veces agudizaba el oído para intentar escuchar un suspiro, un gesto, algo que viniese del cuarto y que pudiera sacarle de aquel abismo de impotencia, de dudas, de cobardía. Los ecos de la ciudad en movimiento invadían el salón, le causaban la molesta sensación de cientos de avispas revoloteando a su alrededor. Turbado por la desesperación, se tapó la cara con el cojín y lo apretó con las manos. Así se sentía mejor, seguro. Era algo que había aprendido en su niñez, de esa forma escapaba de todos los malos tragos que le hacían pasar sus hermanos mayores. Sobre todo cuando venían con amigos, entonces Salvador se convertía en el centro de todas las mofas.
Se escuchó ruido de llaves en el pasillo, Don Celestino, su vecino del b, como cada mañana, salía para pasear a su perro. Salvador se sintió mucho mejor. Ambos se entendían muy bien porque durante años habían tenido en común la soledad, pues desde que Don Celestino enviudó, no se le había conocido compañía femenina. Muchas veces pasaban la tarde jugando a las cartas o al parchís, mientras hablaban de cualquier tema intrascendente. La cuestión era ganarle la partida a su particular destierro. Aunque Salvador, desde que vivía con su amada, hacía tiempo no pasaba por casa de Don Celestino.
Salvador se levantó timidamente y decidió abrir la ventana, pensó no le vendría mal un poco de aire fresco, pero se estremeció cuando miró al cielo y vio como el alegre sol primaveral, era tapado de forma paulatina por sombríos nubarrones grises. Un aire fúnebre se coló por la ventana y se paseo de punta a punta por el salón. Salvador sintió como se le agarrotaban los músculos y como el corazón le golpeaba el pecho pidiendo auxilio. Le pareció desfallecer, imaginó lo peor, tenía que ir corriendo a la habitación y saber de una vez que había pasado, pero era tal la languidez que sentía en sus piernas, que temía derrumbarse si intentaba dar un sólo paso.
De nuevo escuchó a su vecino, venía de darle el paseo al perro, Salvador sacó fuerzas de flaqueza recorrió como pudo los metros de la ventana a la puerta principal, le parecieron kilómetros. Abrió la puerta con la destreza del que se ha tomado un litro de café solo, y por fin, habló con Don Celestino:
- Do...Don Celestino, por favor... tiene que ayudarme.
- Salvador ¿Qué te pasa? estás muy pálido...¿En qué quieres que te ayude?
- Es...es ella. No sé que le pasa, no me responde ¡Está muy rara!
- Ella ¿Quién?. Vale tranquilizate. A ver en que lío te has metido tú ahora. Déjame pasar...
Aunque ya hacía algunos años que estaba jubilado, Don Celestino era un abuelo de esos que ya no se asustan por nada, no en vano en su juventud, había pasado dos años en el frente ruso con la División Azul.
Salvador estaba clavado al suelo y ni siquiera se entretuvo en cerrar la puerta, miraba con ojos desorbitados, mientras tanto, con lentitud, Don Celestino avanzó hacia la habitación, dio dos golpecitos en la puerta, y como no recibió respuesta, se apresuró a entrar. Una vez se percató de lo que había pasado, le grito a Salvador:
- ¡¿Joder Salvador, pero para que tienes en la cama una muñeca hinchable?! ¡Y es qué, para colmo está pinchada!
Autor: Roberto Gil González
Categoría: Adulto
No hay comentarios:
Publicar un comentario