Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Tras la puerta

Las ideas se amontonaban unas encima de otras, como superpuestas, inconexas entre sí, sin ritmo, sin orden. Se quedaba sin aliento al intentar darle sentido a todo aquello. El aire denso como una losa no ayudaba. Decidió abrir la ventana, mala idea, mejor cerrada. Encendió un cigarrillo y se tumbó sobre la cama.

Echó un vistazo al apartamento, le gustaba. Una cucaracha trepaba sobre las latas de cerveza amontonadas en la alfombra y se preguntó si debería limpiar un poco, mejor no, está bien así. Al fin y al cabo esos bichos eran la única compañía que se permitía. No le molestaban, ellas iban a lo suyo, pululaban por aquí y por allá a sus anchas, buscar algo de comida y volver al nido, realmente no eran tan molestas. Lo que de verdad le incomodaba era ese murmullo de ahí fuera, pensó. Aún con la ventana cerrada se colaba el ruido. Le desconcertaba escuchar el murmullo incomprensible de esa gente que paseaba por la calle.
Orgullosos de su andar, de su merecido atuendo seleccionado, comentaban tal o cual cosa en voz alta en un intento de, con aquella interesante opinión, sorprender a quien pasara por su lado, mirando de vez en cuando, eso sí, de soslayo, para asegurarse de que había suficiente audiencia a la que deleitar.

Otro cigarrillo y se asomó a la ventana, la tienda de víveres de Doña Pilar estaba abarrotada de gente, como de costumbre a primera hora de la mañana. Las mujeres afanosas se disponían a pertrecharse de alimentos frescos para su camada, el motor para levantarse, lavarse, meterse en esos incómodos vestidos y empolvarse la cara, todos los ajustes necesarios hasta parecer feliz y salir. Saludar a sus vecinas con presumida amabilidad, interesadas en las vidas ajenas, en justa medida claro, pues era de persona respetable la virtud de ser discreta. Se sintió feliz de no participar de todo aquello. Siguió el impulso de su
cuerpo y caminó hacia la máquina de escribir.

Una frase en el folio. Otro cigarrillo y claro, un café.

A su izquierda, el hornillo de gas junto a la ventana, lleno de grasa, amontonaba sobre sí varios cacharros que en algún momento debería fregar, pero ahora, sólo apartarlos. Abrir la cafetera, tirar las borras en el fregadero, agua, café… ¡mierda!, no quedaba café, tenía que bajar a comprar. Ya que bajo, compro tabaco y cerveza, se dijo. Sí, mejor ahora que después. No pensaba volver a salir en todo el día, tenía que escribir algo, tenía que conseguir escribir algo, exprimir algo.

Fue hacia el armario empotrado al lado de su cama en busca de los zapatos. Al abrir la puerta y por alguna razón que no llegaba a comprender éstos y unos cuantos pares más, cayeron de golpe, unos encima de otros, a sus pies. Se agachó para recoger aquello y la tabla de planchar como contagiada del inoportuno espíritu aventurero de sus compañeros de armario, se abalanzó al exterior y con un ruido sordo impactó contra su espalda, ¡joder! gritó. Con el tronco casi paralelo al suelo y el trasto en el lomo, llevó atrás los brazos y con un gesto de dolor lo empujó, como pudo, hacia la derecha.

El amasijo de metal colisionó contra la mesilla de noche arrasando con casi todo lo que estaba encima, incluida la lamparilla de cristal, que como a cámara lenta cayó sobre la cama. Quiso atraparla antes de que siguiera el orden natural de la fuerza gravitatoria, pues la cama ligeramente inclinada hacia el lado diestro por un desnivel de las patas, desnivel que había intentado arreglar en vano con un cartoncillo a modo de calza, haría que la lámpara siguiera su curso hasta el suelo, pero los intentos de atraparla solo sirvieron para llevarse un golpe seco en la rodilla, con la tabla que seguía ahí, entre su cuerpo y la cama, entre la mesa de noche y el suelo, un parapeto que le impedía el movimiento.
Una patada a aquel trasto, únicamente consiguió desplazarlo unos centímetros. Se llevó la mano a la rodilla, y en su cara se pudo adivinar lo que iba a pasar. La lámpara impávida siguió su rumbo hasta el piso, mil pedazos de cristal se esparcieron por el suelo y el estruendo a pesar de ser esperado consiguió sacarle de quicio. Y así, todavía con una mano en la rodilla y la otra en el aire, con el amasijo de hierros delante, entre la mesa y el suelo, entre su cuerpo y la cama, contempló con una mueca de resignación aquel escenario. Puso su mirada sobre si, y por fin abandonó aquella insólita postura.

No pensaba arreglar nada ahora, ya no tenía ganas de más diversión y decidió bajar tal y como estaba, en zapatillas de levantar.

Cogió las llaves, la cartera y se dirigió hacia la salida, giró el pomo y abrió, pero le fue imposible traspasar aquel umbral, algo le empujó hacia dentro.

Cerró de golpe y el estruendo se sintió en todo el edificio. Dos pasos para atrás y clavó su mirada impertérrita en la superficie de la puerta. No puede ser. No puede ser. Los brazos estirados a lo largo del cuerpo, las piernas un poco separadas y flexionadas, la espalda encorvada con la pelvis hacia delante, la barbilla hacia abajo y mirando por encima de las gafas, como quien espera sin defensa una respuesta incomprensible.

Pasaron minutos, aunque parecieron horas, hasta que cogió la silla del escritorio y la orientó hacia la salida, se sentó, sacó un cigarrillo del bolsillo, lo prendió con la ultima cerilla de aquella caja y fumó hasta el final, con un interrogante en su cara y otro en la puerta.

Una luz asomó por debajo desde el otro lado, silencio.

Su cuerpo reaccionó como un resorte, se acercó al interruptor y apagó la única luz que alumbraba aquel espacio. Pegó la oreja a la puerta con la esperanza de escuchar algo..unos pasos, una voz… una pista, nada, sólo silencio.

Volvió a la silla, posición de espera. Tras unos segundos, la luz dejó de asomar por el resquicio.

Dudó unos instantes hasta que se levantó de nuevo, con paso nervioso e inseguro, titubeando, posó su mano en el pomo y se disponía a girarlo cuando unos golpes al otro lado le sobresaltaron. Contuvo la respiración, eran sin duda unos nudillos llamando. Un golpe, dos, tres, pausados, casi lúgubres sonaron. Sea quien fuera estaba a oscuras ahí detrás.

De pie junto a la puerta, se esforzó por ordenar sus pensamientos que bailaban desacompasados al ritmo de su propio vértigo. Quería saber que pasaba, quién llamaba justo en aquel momento, por qué motivo antes, no había podido salir de su apartamento, por qué cuando abrió la puerta fue incapaz de dar un solo paso hacia el exterior. Quería respuestas.

Tres golpes pausados resonaron, más lúgubres le parecieron esta vez, pero ahora se armó de valor y abrió. La palidez le recorrió el rostro al contemplar aquello. No sólo no había nadie en aquella oscuridad, sino que otra vez algo le empujaba hacia dentro. Intentó poner un pie en el exterior, agarrándose con firmeza al tirador, pero era obvio que las leyes de la física se
habían puesto hoy en su contra. No había nada ahí fuera, ni suelo, ni paredes, ni rastro de que alguna vez lo hubiera habido. Forcejeó contra aquel vacío que le negaba la salida, agarrándose con más fuerza al pomo en un último esfuerzo por encontrar algo, quizá una explicación o tal vez una alternativa, pero nada, absolutamente nada e incomprensiblemente nadie.

Autora: Regina Zerené
Categoría: Adulto

No hay comentarios:

Publicar un comentario