- Qué
bá…rbara
Ese
jalón de aire fue suficiente. No habías tenido aliento suficiente
para decir una frase completa, lo que significaba que habías quedado
tan exhausto como yo, y en estos casos el cansancio es otra palabra
para nombrar al placer. Te tendiste de espaldas y yo te imité,
segura de que apenas tocara la almohada iba a quedarme dormida. Así
fue. No sé cuánto tiempo pasó cuando me desperté y te atrapé en
plena observación.
Ya
sé que mis pechos no merecen un soneto –vamos, ni un vulgar verso
octosílabo-, pero hablemos de mis piernas, maravillosas sin duda.
Para ti eran una carretera, el delta de un río, columnas jónicas,
lianas que te salvan de una selva; las llamaste de mil formas, pero
ninguna tan estremecedora como cuando las llamaste tuyas. ¿Qué iba
yo a hacer? ¿Podía resistirme, resistirlas, a ese bautizo no
pedido? De ninguna manera.
Así
que todo bien, hasta hace rato. Estábamos muy desnudos, muy sudados
y con los cuerpos suficientemente cerca para ignorar el incipiente
frío: ¡muy bien! Mi cabeza descansaba en tu pecho, no como símbolo
de intimidad, sino porque me había agotado como para moverme más
lejos. De repente, sentí cómo se inflaba tu pecho: bostezabas.
Sonreí. Sonreí e inmediatamente me paralicé: ¿por qué me daba
ternura ese gesto? Cuando volteé a verte, me di cuenta que las
metáforas estaban a punto de salírseme de la boca en una estampida
de cursilería. Me entró un miedo terrible: de esos que no te hace
saltar y gritar como estúpida, sino quedarte tiesa y muy calladita.
Pasmada.
Se
me llenaba el cuerpo de escalofríos cada que me permitía pensarlo.
Inmediatamente me obligaba a pensar en nimiedades: en mi trabajo, por
ejemplo, la nimiedad que abarca más espacio en mi vida. Me gustaban
tu boca, tu espalda y tu boca en mi espalda. Pero también me
gustaban tus ideas y tu humor, y eso no me gustaba nada. Contigo me
reía más fuerte, sonreía más ampliamente y yo estaba muy
consciente de todo eso como para dejarme atrapar. También estaba muy
asustada.
De
hipnotizar, de hechizar, de eso se trataba: de levantarse unos
centímetros del piso. ¡Ah no, a eso yo no le entraba! ¿Qué
no te das cuenta que yo tengo que estar furiosamente pegada a la
realidad para no perder todo sentido? Y yo sentía que la realidad me
iba abandonado otra vez, poquito a poco, retrocedía paso a paso y
sigilosamente -la muy cobarde-. Mientras, cada vello de mis brazos se
erizaba con esa retirada inminente. No podía permitirlo, no otra
vez. Me paré de un salto, me vestí en un instante y te pretexté
cualquier cosa para que no me acompañaras: había que salir de ahí
lo más pronto posible, rápido rápido antes de que te llamara con
algún apodo cariñoso.
En
2 minutos ya estaba en la calle, con el pecho subiendo y bajando a un
ritmo normal: la señal de que había actuado justo a tiempo. Estaba
tranquila, cierta de que no te diste cuenta de nada. Si acaso sólo
te habrá quedado una leve curiosidad sobre la razón de mi prisa,
pero no puedo explicarte. Verás, si no estuviera tan segura de que
tú eres quien podría hacerme inmensamente feliz, no caminaría con
tanta convicción en la dirección opuesta a ti.
Categoría: Adulto
No hay comentarios:
Publicar un comentario