Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Psychotic Girl


      - Qué bá…rbara

Ese jalón de aire fue suficiente. No habías tenido aliento suficiente para decir una frase completa, lo que significaba que habías quedado tan exhausto como yo, y en estos casos el cansancio es otra palabra para nombrar al placer. Te tendiste de espaldas y yo te imité, segura de que apenas tocara la almohada iba a quedarme dormida.  Así fue. No sé cuánto tiempo pasó cuando me desperté y te atrapé en plena observación.

Ya sé que mis pechos no merecen un soneto –vamos, ni un vulgar verso octosílabo-, pero hablemos de mis piernas, maravillosas sin duda. Para ti eran una carretera, el delta de un río, columnas jónicas, lianas que te salvan de una selva; las llamaste de mil formas, pero ninguna tan estremecedora como cuando las llamaste tuyas. ¿Qué iba yo a hacer? ¿Podía resistirme, resistirlas, a ese bautizo no pedido? De ninguna manera.

Así que todo bien, hasta hace rato. Estábamos muy desnudos, muy sudados y con los cuerpos suficientemente cerca para ignorar el incipiente frío: ¡muy bien! Mi cabeza descansaba en tu pecho, no como símbolo de intimidad, sino porque me había agotado como para moverme más lejos. De repente, sentí cómo se inflaba tu pecho: bostezabas. Sonreí. Sonreí e inmediatamente me paralicé: ¿por qué me daba ternura ese gesto? Cuando volteé a verte, me di cuenta que las metáforas estaban a punto de salírseme de la boca en una estampida de cursilería. Me entró un miedo terrible: de esos que no te hace saltar y gritar como estúpida, sino quedarte tiesa y muy calladita. Pasmada.  

Se me llenaba el cuerpo de escalofríos cada que me permitía pensarlo. Inmediatamente me obligaba a pensar en nimiedades: en mi trabajo, por ejemplo, la nimiedad que abarca más espacio en mi vida. Me gustaban tu boca, tu espalda y tu boca en mi espalda. Pero también me gustaban tus ideas y tu humor, y eso no me gustaba nada. Contigo me reía más fuerte, sonreía más ampliamente y yo estaba muy consciente de todo eso como para dejarme atrapar. También estaba muy asustada.

De hipnotizar, de hechizar, de eso se trataba: de levantarse unos centímetros del piso. ¡Ah no, a eso  yo no le entraba! ¿Qué no te das cuenta que yo tengo que estar furiosamente pegada a la realidad para no perder todo sentido? Y yo sentía que la realidad me iba abandonado otra vez, poquito a poco, retrocedía paso a paso y sigilosamente -la muy cobarde-. Mientras, cada vello de mis brazos se erizaba con esa retirada inminente. No podía permitirlo, no otra vez. Me paré de un salto, me vestí en un instante y te pretexté cualquier cosa para que no me acompañaras: había que salir de ahí lo más pronto posible, rápido rápido antes de que te llamara con algún apodo cariñoso.

En 2 minutos ya estaba en la calle, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo normal: la señal de que había actuado justo a tiempo. Estaba tranquila, cierta de que no te diste cuenta de nada. Si acaso sólo te habrá quedado una leve curiosidad sobre la razón de mi prisa, pero no puedo explicarte. Verás, si no estuviera tan segura de que tú eres quien podría hacerme inmensamente feliz, no caminaría con tanta convicción en la dirección opuesta a ti.  

Autora: Gabriela Solis Casillas  
Categoría: Adulto

No hay comentarios:

Publicar un comentario