Bla, bla, bla –oía de fondo.
Carlos, en el soto, sentado en las
piedras que contenían el agua de la presa, parecía ajeno.
Plaf, plaf, plaf –tiraba piedras en
el río.
Y todos los días igual:
Bla, bla, bla…
Plaf, plaf, plaf…
Bla, bla, bla…
Plaf, plaf, plaf…
Un sol de justicia cegó, aquella
mañana, el soto. Y por ello, tuvo que ser por ello, la última onda
se atrevió a mostrarle su temido rostro.
-¿Por qué no? –se dijo.
Y desde aquel día lanzó las piedras
lejos.
Autora: Lucía Santamaría Nájara
Categoría: Adulto
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