Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

3/4/12

Soledad


1


Muchacha morena que mira la luna, sus labios son gruesos y su cuerpo está tenso, pero por fin cree poder descansar. Comida en la mesa sin tocar y así seguirá muchas horas más. En este momento ella no se encuentra en este mundo, en el cual hay que comer, trabajar, llegar puntual, y fingir día a día.
Rutina pegada en cada uno de sus huesos que le hace mirar la luna con admiración preguntándose hasta qué punto puede solucionar sus problemas.
Silencio, silencio absoluto sin límite, pero no como cuando nos dicen que tenemos dos minutos para pensarnos algo y nos dejan solos. Sin tensión, sin horario, sin prisa...
Ella tiene la única libertad que nunca le podrán quitar. El resto las ve fallidas en cuanto sale a la calle, se las roban otras fuerzas y siente que ya no es más fuerte que éstas para recuperarlas.

Es tarde y la calle es una mancha gris en la que no se ve nada, mejor; ella quiere soledad. Sin dar explicaciones, sin dar órdenes, sin atender, sin el todo por el nada, sin pedir nada, nada... No hay que hacer nada para que la luna te ceda su tiempo.

Piel morena que es blanca y pálida a la luz nocturna, luz que reflejan todos los tejados de las casas y produce una escena fantasmal.
Respiración honda que llega a sonar y luego, espira lentamente.
No se podía llamar a ese eterno silencio paz, aunque la paz está muy cerca del silencio, casi rozándole, igual que todas las preguntas sin aparente respuesta. Es la única forma de descubrirla y las demás maneras de hacerlo no tienen sentido.
Hoy ella ignoraba las convenciones, los estereotipos, lo estipulado de antemano. Quería descubrir las cosas importantes de otra forma, simplemente saliendo de su interior, de ella, del vacío.
Por eso comenzó a escribirse una solitaria carta en su mente: Querida..., ¿querida? ¿Se quería “¿Por qué me persigue la soledad?” Sí, la soledad es una amenaza negra, muy negra.

La soledad se extiende y si nos llega a atrapar no podemos, no tenemos fuerzas para salir de los numerosos pliegues de su manto, de sus numerosas caras. No estaba sola, sólo se sentía sola y quería sentirse mejor.

El tiempo, que ahora podía ver pasar tranquilamente, le daría la respuesta, le concedería un final a su historia. 
 

2


Muchacha blanca que se despierta temprano, muy temprano, para ver el sol salir. Todavía es anaranjado...
Son pequeñas gotas de luz brillante que se disparan desde el cielo en una mañana cualquiera en una península de la Tierra apenas visible desde el espacio. Porque los astronautas y los que han llegado a ver más allá, han comprendido que es superior considerarse parte, región, de un planeta tan distinto.
La muchacha también lo comprende y sueña con mundos lejanos al ver amanecer. Y no tiene prisa por terminar, y no tiene prisa por irse, pero no quiere que nadie vea lo que está haciendo.
Siente en su corazón algo de miedo, como si estuviese haciendo algo prohibido, algo malo, algo demasiado distinto. En realidad todos los días percibe el duro golpe de pensar así, pero ella realmente es feliz.
Es feliz porque vive cada minuto, porque le da igual que se vuelvan por la calle, es feliz porque deja que los rayos de sol recorran su cuerpo.
Porque permite que la mirada de una chica gitana le abra su alma, le haga sentirse igual, le haga sentirse morena a pesar de su pálida piel.
Ella era un grito, un grito desgarrador por la libertad. Por eso moría poco a poco, por eso querían acallar su llanto, su voz, su música, sus gestos y sus palabras. Por eso querían borrar sus huellas y dejarla poco a poco en la más cruda soledad...
Soledad, el sol estaba solo y a pesar de todo seguía brillando. Lo cierto es que al sol nadie le concedía nunca una mirada; se quedaría ciego, sus ojos no volverían a ver. ¿Puede haber mayor soledad?
Pero ella sabía mejor que nadie que la gente con la que se cruzaba todos los días al bajar la calle se estaba perdiendo otra forma de mirar las cosas, otra forma de entenderlas: dejando que les cambiasen de verdad. Y esto, esta es la verdadera soledad
La verdadera soledad no es la pasajera, la propia del incomprendido.
La verdadera soledad, pensaba ella, es aquella por la que un hombre sale de la cama con el único propósito de hacer dinero, o la de aquél que sale con el propósito de encontrar trabajo. Sabe que vagará por las calles y que acabará el día deambulando por el metro pidiendo dinero para el billete, avergonzado, a los viajeros que pasan.
No es la rutina, es la falta de algo, es la falta de calor, el no mirar nunca el sol.
Ella no se sentía así, ella tenía algo más, se levantaba porque tenía algo que contar, algo que ofrecer al mundo, algo nuevo que vivir; no soñaba con aprender a vivir.
Soñaba que todos los días podía levantarse solamente para acompañar al solitario sol. Mientras pudiese hacerlo sabía que seguiría viva.
3

Cuando las dos se cruzaron no se dijeron nada, tan sólo se miraron.
Percibieron que tenían algo en su interior parecido, casi idéntico.
Cuando se cruzaron no se hablaron, escucharon lo que la otra tenía qué decir, porque ambas pensaron que esto era lo más interesante.
Tenían mucho que decir y mucho que callar también.
Sabían de sus errores tanto como si se conociesen de siempre, y sabían que el mayor de ellos era el no haber confiado nunca completamente en sí mismas.
Cuando se cruzaron sólo hubo un leve gesto de saludo y un roce de sus manos de colores tan diferentes. Esto fue lo único que nosotros podríamos apreciar.
Sólo nosotros, porque la gente que pasa por la ciudad un día laborable no se detiene a observar a dos chicas que, pareciendo tan diferentes, ya se han entendido.
Es más importante coger el autobús a tiempo. Es más importante no destacar; no nos vaya a parar algún publicista, mendigo, o incluso un conocido, o, peor aún, no nos vayan a quitar el bolso. Hay que ser rápidos en una mañana de invierno en la ciudad.
Ellas también volvieron a sus rutinas después de penetrar la una en la otra:
Ella volvió a mirar el semáforo y a los coches que ahora tendría que limpiar para recibir insultos y quizá alguna moneda, volvió a atender a su tía, a colocarse detrás de su falda; para no perder ni un minuto en el momento en el que el semáforo se pusiese rojo.
Sara volvió a mirar su camino hacia el instituto, agarró su mochila y se volvió de nuevo; entonces ella cogió el trapo y le devolvió una dulce mirada.
Y una mirada de una limpiadora morena en un día deprimente en el que tienes un examen de todo menos de lo que te apetece te hace darte cuenta de lo dura que es la vida.


Desde aquel día, Sara ya no iba por el mismo sitio a la parada, ahora daba un rodeo por el centro para pararse en el semáforo de siempre y saludarla sin palabras. A los pocos días hablaron, se presentaron y se rieron juntas.
Como ya lo sabían todo no era cuestión de hablar nada, y entonces es cuando una relación se vuelve interesante: cuando no hace falta tener que decirse nada para querer verse. Ninguna de ellas olvidaría aquellas tardes en las que pasaban tiempo juntas.
En esos momentos era imposible que les alcanzase la soledad.

Autora: Clara González-Garzón

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