1
Muchacha
morena que mira la luna, sus labios son gruesos y su cuerpo está
tenso, pero por fin cree poder descansar. Comida en la mesa sin tocar
y así seguirá muchas horas más. En este momento ella no se
encuentra en este mundo, en el cual hay que comer, trabajar, llegar
puntual, y fingir día a día.
Rutina
pegada en cada uno de sus huesos que le hace mirar la luna con
admiración preguntándose hasta qué punto puede solucionar sus
problemas.
Silencio,
silencio absoluto sin límite, pero no como cuando nos dicen que
tenemos dos minutos para pensarnos algo y nos dejan solos. Sin
tensión, sin horario, sin prisa...
Ella
tiene la única libertad que nunca le podrán quitar. El resto las ve
fallidas en cuanto sale a la calle, se las roban otras fuerzas y
siente que ya no es más fuerte que éstas para recuperarlas.
Es tarde y la calle es una mancha gris en la que no se ve nada, mejor; ella quiere soledad. Sin dar explicaciones, sin dar órdenes, sin atender, sin el todo por el nada, sin pedir nada, nada... No hay que hacer nada para que la luna te ceda su tiempo.
Piel
morena que es blanca y pálida a la luz nocturna, luz que reflejan
todos los tejados de las casas y produce una escena fantasmal.
Respiración
honda que llega a sonar y luego, espira lentamente.
No
se podía llamar a ese eterno silencio paz, aunque la paz está muy
cerca del silencio, casi rozándole, igual que todas las preguntas
sin aparente respuesta. Es la única forma de descubrirla y las demás
maneras de hacerlo no tienen sentido.
Hoy
ella ignoraba las convenciones, los estereotipos, lo estipulado de
antemano. Quería descubrir las cosas importantes de otra forma,
simplemente saliendo de su interior, de ella, del vacío.
Por
eso comenzó a escribirse una solitaria carta en su mente:
Querida..., ¿querida? ¿Se quería “¿Por qué me persigue la
soledad?” Sí, la soledad es una amenaza negra, muy negra.
La
soledad se extiende y si nos llega a atrapar no podemos, no tenemos
fuerzas para salir de los numerosos pliegues de su manto, de sus
numerosas caras. No estaba sola, sólo se sentía sola y quería
sentirse mejor.
El
tiempo, que ahora podía ver pasar tranquilamente, le daría la
respuesta, le concedería un final a su historia.
2
Muchacha blanca que se despierta temprano, muy temprano, para ver el
sol salir. Todavía es anaranjado...
Son pequeñas gotas de luz brillante que se disparan desde el cielo
en una mañana cualquiera en una península de la Tierra apenas
visible desde el espacio. Porque los astronautas y los que han
llegado a ver más allá, han comprendido que es superior
considerarse parte, región, de un planeta tan distinto.
La muchacha también lo comprende y sueña con mundos lejanos al ver
amanecer. Y no tiene prisa por terminar, y no tiene prisa por irse,
pero no quiere que nadie vea lo que está haciendo.
Siente en su corazón algo de miedo, como si estuviese haciendo algo
prohibido, algo malo, algo demasiado distinto. En realidad todos los
días percibe el duro golpe de pensar así, pero ella realmente es
feliz.
Es feliz porque vive cada minuto, porque le da igual que se vuelvan
por la calle, es feliz porque deja que los rayos de sol recorran su
cuerpo.
Porque permite que la mirada de una chica gitana le abra su alma, le
haga sentirse igual, le haga sentirse morena a pesar de su pálida
piel.
Ella era un grito, un grito desgarrador por la libertad. Por eso
moría poco a poco, por eso querían acallar su llanto, su voz, su
música, sus gestos y sus palabras. Por eso querían borrar sus
huellas y dejarla poco a poco en la más cruda soledad...
Soledad, el sol estaba solo y a pesar de todo seguía brillando. Lo
cierto es que al sol nadie le concedía nunca una mirada; se quedaría
ciego, sus ojos no volverían a ver. ¿Puede haber mayor soledad?
Pero ella sabía mejor que nadie que la gente con la que se cruzaba
todos los días al bajar la calle se estaba perdiendo otra forma de
mirar las cosas, otra forma de entenderlas: dejando que les cambiasen
de verdad. Y esto, esta es la verdadera soledad
La verdadera soledad no es la pasajera, la propia del incomprendido.
La verdadera soledad, pensaba ella, es aquella por la que un hombre
sale de la cama con el único propósito de hacer dinero, o la de
aquél que sale con el propósito de encontrar trabajo. Sabe que
vagará por las calles y que acabará el día deambulando por el
metro pidiendo dinero para el billete, avergonzado, a los viajeros
que pasan.
No es la rutina, es la falta de algo, es la falta de calor, el no
mirar nunca el sol.
Ella no se sentía así, ella tenía algo más, se levantaba porque
tenía algo que contar, algo que ofrecer al mundo, algo nuevo que
vivir; no soñaba con aprender a vivir.
Soñaba que todos los días podía levantarse solamente para
acompañar al solitario sol. Mientras pudiese hacerlo sabía que
seguiría viva.
3
Cuando las dos se cruzaron no se dijeron nada, tan
sólo se miraron.
Percibieron que tenían algo en su interior parecido, casi idéntico.
Cuando se cruzaron no se hablaron, escucharon lo que la otra tenía
qué decir, porque ambas pensaron que esto era lo más interesante.
Tenían mucho que decir y mucho que callar también.
Sabían de sus errores tanto como si se conociesen de siempre, y
sabían que el mayor de ellos era el no haber confiado nunca
completamente en sí mismas.
Cuando se cruzaron sólo hubo un leve gesto de saludo y un roce de
sus manos de colores tan diferentes. Esto fue lo único que nosotros
podríamos apreciar.
Sólo nosotros, porque la gente que pasa por la ciudad un día
laborable no se detiene a observar a dos chicas que, pareciendo tan
diferentes, ya se han entendido.
Es más importante coger el autobús a tiempo. Es más importante no
destacar; no nos vaya a parar algún publicista, mendigo, o incluso
un conocido, o, peor aún, no nos vayan a quitar el bolso. Hay que
ser rápidos en una mañana de invierno en la ciudad.
Ellas también volvieron a sus rutinas después de penetrar la una en
la otra:
Ella volvió a mirar el semáforo y a los coches que ahora tendría
que limpiar para recibir insultos y quizá alguna moneda, volvió a
atender a su tía, a colocarse detrás de su falda; para no perder ni
un minuto en el momento en el que el semáforo se pusiese rojo.
Sara volvió a mirar su camino hacia el instituto, agarró su
mochila y se volvió de nuevo; entonces ella cogió el trapo y le
devolvió una dulce mirada.
Y una mirada de una limpiadora morena en un día deprimente en el que
tienes un examen de todo menos de lo que te apetece te hace darte
cuenta de lo dura que es la vida.
Desde aquel día, Sara ya no iba por el mismo sitio a la parada,
ahora daba un rodeo por el centro para pararse en el semáforo de
siempre y saludarla sin palabras. A los pocos días hablaron, se
presentaron y se rieron juntas.
Como ya lo sabían todo no era cuestión de hablar nada, y entonces
es cuando una relación se vuelve interesante: cuando no hace falta
tener que decirse nada para querer verse. Ninguna de ellas olvidaría
aquellas tardes en las que pasaban tiempo juntas.
En esos momentos era imposible que les alcanzase la soledad.
Autora: Clara González-Garzón
emocionante. bello. auténtico. gracias
ResponderEliminarNacho