Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Las múltiples vidas de una bailarina


Escribió algunas palabras en la pantalla. Las borró. Lloró un rato, la mente se le alborotaba. Su versión de Set the controls for the heart of the sun preferida, la del primer disco de Ummagumma, no se ejecutaba. Algo anormal sucedía con su reproductor de música Windows Player. Se contentó con escuchar No Quarter del álbum The Houses of the Holly. Chilló, desabrida y frustrada, en amargo silencio. Nadie la debía oír gritando en su camarín o le preguntarían qué pasaba. No tenía valor suficiente para rebelarle a nadie qué sucedía en su vida. ¿La comprenderían?, ¿Dirían que <<ya pasaría>> de una manera lacónica y zalamera?

El suelo la recibió rendida. Tocó su frente con sus nudillos esqueléticos. Tenía fiebre, hacía unas semanas que sentía escalofríos.
-Contrajiste una gripe extraña, que sólo se da en climas como los nuestros. No hay que preocuparse –le expresó el médico en el hospital donde la habían atendido de urgencia porque nadie sabía qué le pasaba. Lo recordaba con lujo de detalle. En realidad, rememoraba el rostro y las palabras de quien la había atendido-. Te va a causar unas cuantas molestias para lo que tengas que hacer, pero en un mes, vas a volver a ser quien eras, de un momento al otro. Tu temperatura actual es de cuarenta grados centígrados, se mantendrá así y pasado el tiempo estipulado, bajará por sí sola.

Tal como estaba, juntó las piezas de su celular. Lo rearmó. Releyó ese mensaje. Lloró nuevamente, si es que la única lágrima que recorría su mejilla y se evaporaba por el calor podía contar como tal cosa.

Recobró energías y se paró. Una depresión creciente abarcaba su mundo. Dudaba si esa era la realidad. Parecía que sí, pero... ¿los irreales pueden lograr tener una idea clara de su contexto ficticio?

Enfrente suyo, la pantalla en blanco volvía a inquietarla. Esperaba su padre una contestación para la cena de Fin de Año. Era la única que iría, la única invitada. El año pasado había viajado a Suiza a visitar a la familia de su novio. Lo ignoró todo mientras se encontraba fuera de su hogar.

-¿Por qué no pospusiste tu viaje hasta después? –exclamó su hermana en una conversación telefónica-, bien sabías que papá estaba solo. Durmió junto a la tumba de mamá en el parque detrás de la estancia.
Un fuerte remordimiento le volvía cada vez que se imaginaba a su progenitor esperándola, sentado en el patio, plañendo por alguien que ya no respiraba. Ahora, era su hermana la que estaba de viaje por unos cuantos días. No tenía nada que recriminarle. No era su estilo, así como tampoco lo era relatar su amorío fallido y llegar a explicar todo acerca de su mudanza desde la casa de su ex al camarín, o el mensajito de texto fulminante. Además, ella también iba a estar en otro lugar hasta unos días atrás: su novio la volvería a llevar a su país natal en Europa. Eso, como andaban las cosas, no iba a pasar.

Las paredes blancas la absorbieron. El cursor titilaba sobre la dirección electrónica de su padre y la música la transportaba a otro contexto, a rememorar a su madre. Un hálito; estaba sentada en el cordón de la vereda, frente a una casa amarilla clara, con el delineador corrido y las palmas frotándole los ojos que ya no pretendían arrojar más gotas. Venía de una fiesta, la habían llamado para que se presentase urgente en la residencia de sus padres. En el vacío espectral que la azotaba como una gigantesca turbulencia, el mar de la realidad dejó suspendidos en el aire náufragos temas: Holdin’ on to Black Metal del CD Circuital, recién comprado, y el batido, con fragancias y disonancias, All things must pass, interpretado por Jim James.
-Yo la llamé, señorita –explicó un policía que también contemplaba la escena y se sentaba a su lado. Le apoyó una mano en el hombro izquierdo y prosiguió-. Su madre se bañaba en la pileta que tienen en el fondo. Según el testimonio de su padre, a ella le gustaba la naturaleza y le parecía estimulante hacer uso de la piscina mientras llovía.–Hizo una pausa y digirió todas las imágenes que le discurrían sin paz. Ella lo miró a los ojos, no le resultaba tan obvio el final de esa historia, se encontraba atónita.
- Como le decía, mientras ella se bañaba, él sirvió unos vasos de jugo de pera y la esperó dentro. Un rayo la alcanzó antes de que saliera de la alberca, las grandes extensiones de agua los atraen –tragó saliva-. No pudimos hacer nada. Falleció al instante.

La canción Movin’ Away la sorprendió regresando espiritualmente al camarín. Miró a su costado, ¿qué había?, lo usual, nada, pero no cualquier nada, sino de esas que interfieren entre sí y tienen valor a pesar de ser nadas.

Resolvió escribirle un saludo raudo y confirmar que iba a estar presente la noche del treinta y uno. Presionó “Enviar” y tuvo éxito. Olió el perfume de su remera. La hermana de su madre se lo había regalado el día que ella empezaba a tener veinte años. No se llevaba bien con su cuñado y, por lo tanto, pasaría las fiestas junto a sus hijos ese año. No obstante, tenía especial cariño por sus sobrinas y asistía, sin falta, a sus cumpleaños y festejos. Con el papá de las chicas solía no intercambiar más palabras que las de un saludo. La dejaba prontamente y seguía con lo suyo, aún cuando su esposa vivía, y eso que a ella no le agradaba esa tensión destructiva entre ambos.

Tocaron la puerta de su despacho. Una voz conocida impulsó unos sonidos raros que atravesaron la madera y la cerradura. Decodificó el mensaje. En diez minutos iniciaba el espectáculo. La gente la aclamaría. Era muy conocida y talentosa para bailar. Eso, más que bastar, sobraba.

Encontró los zapatos que buscaba antes de escribir el mail. Estalló en su interior febril una hebra de utopía, de, si se quiere decir, <<felicidad>>. Se maquilló y sonreía frente al espejo. Sacó el vestido del armario y se lo probó. Tuvo que ajustarlo, había adelgazado sanamente unos cuantos kilos y se notaba.

Fue a apagar la computadora y divisó que su padre la había contestado. Lo dejó para después. También cayó en la cuenta que la reproducción de la música se había programado en forma aleatoria. Rió suavemente y se dijo a sí misma que era una tonta. ¿Cómo no lo había percibido? Cerró todo. Tenía que irse de la habitación.

Salió al pasillo. La invadió un aire de algarabía y desconcierto. No poseía una idea clara de cuál era la realidad. Dudaba si se podía atribuirle ese título a cuando estaba con su novio, cuando le gritaba su hermana, cuando abrazaba a su padre o cuando se hallaba desolada frente a la casa donde su madre había expirado. Alguien la palmeó en la espada y le deseó suerte, a la manera de los que trabajan en esos recintos. Distrajo sus reflexiones.

Los espectadores aplaudieron y gritaron al ver sus piernas en movimiento detrás del telón. Una luz, proveniente del techo del teatro, la encandiló. La fiebre subía pero era soportable.

Autor: Huberto N. Cuevas Cabrera
Categoría: Juvenil

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