Escribió algunas
palabras en la pantalla. Las borró. Lloró un rato, la mente se le
alborotaba. Su versión de Set the controls for the heart of the
sun preferida, la del primer disco de Ummagumma, no se
ejecutaba. Algo anormal sucedía con su reproductor de música
Windows Player. Se contentó con escuchar No Quarter
del álbum The Houses of the Holly. Chilló, desabrida y
frustrada, en amargo silencio. Nadie la debía oír gritando en su
camarín o le preguntarían qué pasaba. No tenía valor suficiente
para rebelarle a nadie qué sucedía en su vida. ¿La comprenderían?,
¿Dirían que <<ya pasaría>> de una manera lacónica y
zalamera?
El suelo la recibió
rendida. Tocó su frente con sus nudillos esqueléticos. Tenía
fiebre, hacía unas semanas que sentía escalofríos.
-Contrajiste una gripe
extraña, que sólo se da en climas como los nuestros. No hay que
preocuparse –le expresó el médico en el hospital donde la habían
atendido de urgencia porque nadie sabía qué le pasaba. Lo recordaba
con lujo de detalle. En realidad, rememoraba el rostro y las palabras
de quien la había atendido-. Te va a causar unas cuantas molestias
para lo que tengas que hacer, pero en un mes, vas a volver a ser
quien eras, de un momento al otro. Tu temperatura actual es de
cuarenta grados centígrados, se mantendrá así y pasado el tiempo
estipulado, bajará por sí sola.
Tal como estaba, juntó
las piezas de su celular. Lo rearmó. Releyó ese mensaje.
Lloró nuevamente, si es que la única lágrima que recorría su
mejilla y se evaporaba por el calor podía contar como tal cosa.
Recobró energías y se
paró. Una depresión creciente abarcaba su mundo. Dudaba si esa era
la realidad. Parecía que sí, pero... ¿los irreales pueden lograr
tener una idea clara de su contexto ficticio?
Enfrente suyo, la
pantalla en blanco volvía a inquietarla. Esperaba su padre una
contestación para la cena de Fin de Año. Era la única que iría,
la única invitada. El año pasado había viajado a Suiza a visitar a
la familia de su novio. Lo ignoró todo mientras se encontraba fuera
de su hogar.
-¿Por qué no pospusiste
tu viaje hasta después? –exclamó su hermana en una conversación
telefónica-, bien sabías que papá estaba solo. Durmió junto a la
tumba de mamá en el parque detrás de la estancia.
Un fuerte remordimiento
le volvía cada vez que se imaginaba a su progenitor esperándola,
sentado en el patio, plañendo por alguien que ya no respiraba.
Ahora, era su hermana la que estaba de viaje por unos cuantos días.
No tenía nada que recriminarle. No era su estilo, así como tampoco
lo era relatar su amorío fallido y llegar a explicar todo acerca de
su mudanza desde la casa de su ex al camarín, o el mensajito de
texto fulminante. Además, ella también iba a estar en otro lugar
hasta unos días atrás: su novio la volvería a llevar a su país
natal en Europa. Eso, como andaban las cosas, no iba a pasar.
Las paredes blancas la
absorbieron. El cursor titilaba sobre la dirección electrónica de
su padre y la música la transportaba a otro contexto, a rememorar a
su madre. Un hálito; estaba sentada en el cordón de la vereda,
frente a una casa amarilla clara, con el delineador corrido y las
palmas frotándole los ojos que ya no pretendían arrojar más gotas.
Venía de una fiesta, la habían llamado para que se presentase
urgente en la residencia de sus padres. En el vacío espectral que la
azotaba como una gigantesca turbulencia, el mar de la realidad dejó
suspendidos en el aire náufragos temas: Holdin’ on to Black
Metal del CD Circuital, recién comprado, y el batido, con
fragancias y disonancias, All things must pass, interpretado
por Jim James.
-Yo la llamé, señorita
–explicó un policía que también contemplaba la escena y se
sentaba a su lado. Le apoyó una mano en el hombro izquierdo y
prosiguió-. Su madre se bañaba en la pileta que tienen en el fondo.
Según el testimonio de su padre, a ella le gustaba la naturaleza y
le parecía estimulante hacer uso de la piscina mientras llovía.–Hizo
una pausa y digirió todas las imágenes que le discurrían sin paz.
Ella lo miró a los ojos, no le resultaba tan obvio el final de esa
historia, se encontraba atónita.
- Como le decía,
mientras ella se bañaba, él sirvió unos vasos de jugo de pera y la
esperó dentro. Un rayo la alcanzó antes de que saliera de la
alberca, las grandes extensiones de agua los atraen –tragó
saliva-. No pudimos hacer nada. Falleció al instante.
La canción Movin’
Away la sorprendió regresando espiritualmente al camarín. Miró
a su costado, ¿qué había?, lo usual, nada, pero no cualquier nada,
sino de esas que interfieren entre sí y tienen valor a pesar de ser
nadas.
Resolvió escribirle un
saludo raudo y confirmar que iba a estar presente la noche del
treinta y uno. Presionó “Enviar” y tuvo éxito. Olió el perfume
de su remera. La hermana de su madre se lo había regalado el día
que ella empezaba a tener veinte años. No se llevaba bien con su
cuñado y, por lo tanto, pasaría las fiestas junto a sus hijos ese
año. No obstante, tenía especial cariño por sus sobrinas y
asistía, sin falta, a sus cumpleaños y festejos. Con el papá de
las chicas solía no intercambiar más palabras que las de un saludo.
La dejaba prontamente y seguía con lo suyo, aún cuando su esposa
vivía, y eso que a ella no le agradaba esa tensión destructiva
entre ambos.
Tocaron la puerta de su
despacho. Una voz conocida impulsó unos sonidos raros que
atravesaron la madera y la cerradura. Decodificó el mensaje. En
diez minutos iniciaba el espectáculo. La gente la aclamaría.
Era muy conocida y talentosa para bailar. Eso, más que bastar,
sobraba.
Encontró los zapatos que
buscaba antes de escribir el mail. Estalló en su interior febril una
hebra de utopía, de, si se quiere decir, <<felicidad>>.
Se maquilló y sonreía frente al espejo. Sacó el vestido del
armario y se lo probó. Tuvo que ajustarlo, había adelgazado
sanamente unos cuantos kilos y se notaba.
Fue a apagar la
computadora y divisó que su padre la había contestado. Lo dejó
para después. También cayó en la cuenta que la reproducción de la
música se había programado en forma aleatoria. Rió suavemente y se
dijo a sí misma que era una tonta. ¿Cómo no lo había percibido?
Cerró todo. Tenía que irse de la habitación.
Salió al pasillo. La
invadió un aire de algarabía y desconcierto. No poseía una idea
clara de cuál era la realidad. Dudaba si se podía atribuirle ese
título a cuando estaba con su novio, cuando le gritaba su hermana,
cuando abrazaba a su padre o cuando se hallaba desolada frente a la
casa donde su madre había expirado. Alguien la palmeó en la espada
y le deseó suerte, a la manera de los que trabajan en esos recintos.
Distrajo sus reflexiones.
Los espectadores
aplaudieron y gritaron al ver sus piernas en movimiento detrás del
telón. Una luz, proveniente del techo del teatro, la encandiló. La
fiebre subía pero era soportable.
Autor: Huberto N. Cuevas Cabrera
Categoría: Juvenil
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