Alfredo
estaba sentado, como todos los días, en el tercer banco del parque.
Era un hombre alto, flaco, de cara chupada y nariz aguileña, que
debía superar la treintena. Era una persona solidaria, amable,
decidida, directa, positiva, vital, agradable y su carácter era
dulce como la miel, con una pizca de humor y descaro. Era muy astuto
y todo un soñador: le encantaba imaginar cosas aunque supiera que
jamás sucederían.
Desde
donde estaba, podía escuchar a la gente pasar de un lado a otro.
Jóvenes riendo, cuya sonrisa nunca vería. Oía a los perros ladrar,
perros que podían ser de cualquier raza o aspecto. El césped olía
a recién cortado. Pasó la mano por encima para comprobarlo. Sí,
estaba más bajo que de costumbre y lo acababan de regar.
Alfredo era
ciego. Desde muy pequeño, había perdido la vista y apenas recordaba
qué era el color, el tamaño, la perspectiva o los tonos. Su mundo
era negro. Un mundo negro y solitario, lleno de olores, sonidos y
texturas que había ido aprendiendo a percibir poco a poco a la
perfección.
Aquel día
era sábado. Lo sabía porque había más actividad de lo normal. Los
alumnos no tenían que ir a clase y se paseaban por allí con sus
ruidosas bicicletas y patinetes, charlaban sobre los exámenes o se
quejaban de las pocas vacaciones que tenían. Los niños llenaban el
ambiente de alegría y vida, haciendo chirriar los columpios bajo su
peso. De la cafetería llegaba el olor a café y pan recién hecho.
Los empresarios desayunaban mientras hablaban de negocios.
El
parque era más bonito los sábados. Por la vitalidad y la paz que se
respiraba, porque siempre había algo nuevo, por la extraña
tranquilidad de las personas. Pero, sobre todo, por ella.
Cuando el
reloj de la catedral anunció las doce con sus campanas, el corazón
de Alfredo se aceleró.
Al cabo de
un par de minutos, el traqueteo de unos tacones se fue haciendo cada
vez más audible. Era ella, que paseaba con sus amigas como cada
sábado a mediodía. De repente habló. Alfredo no le prestaba
atención a lo que decía, a la conversación. Simplemente se dejaba
hechizar por sus palabras, por su voz suave, delicada, musical. Ella
era como el color de su mundo oscuro, la melodía más bella que
jamás nadie compondría. Ella era el olor de la primavera, el calor
del verano. Ella lo era todo.
Sus
pasos se fueron alejando. Ahora tendría que esperar otra semana. Una
semana, como muchas otras, en la que se la imaginaría con los cinco
sentidos. Ella era la única persona que podía ver. La veía. En su
mente. Con unos tacones rojos. La piel pálida, un vestido veraniego
con estampados y unas piernas largas y fuertes debajo. Se imaginaba
cada detalle. El carmín de sus labios, las clavículas de su cuello,
el color ocre de sus ojos. Su pelo suelto y azabache.
Había ido
creando una imagen suya, una imagen que le era imposible crear con
nada ni nadie más. Cuando intentaba adivinar cómo serían los
árboles de su alrededor, la fuente de la plaza de al lado o el
camarero de la cantina, sus neuronas no le respondían. En su cerebro
sólo había lugar para ella, la mujer que le devolvía la visión
por momentos.
Y
así pasaron los días, las semanas, los meses. Alfredo empezó a
contar el tiempo de sábado en sábado. Quince sábados desde que la
había visto (o escuchado) por primera vez.
Fue el
vigésimo noveno sábado cuando ocurrió algo mágico e inesperado.
Al doblar la esquina de la plaza, tropezó con alguien y estuvo a
punto de perder el equilibrio.
-
¡Vaya! Perdona, iba despistaba y no te he visto. Lo siento.
No podía
ser. Era su voz. Era su perfume de flores de azahar. Eran sus tacones
sobre los adoquines. Era ella.
La
agarró de la mano con rapidez, casi involuntariamente. Tenía tantas
cosas que decirle. Que era el motivo por el que se levantaba de la
cama. Que le encantaba su aroma. Que aunque ella seguramente fuese
muy guapa y no se fijara en un cegato, la quería. Que se moría por
conocerla. Pero en vez de eso, se limitó a decir.
-
No te preocupes. No ha sido tu culpa.
Y le soltó
la mano. Pero al hacerlo, le invadió la sensación de que la estaba
perdiendo. Que no la podía dejar ir.
-
¿Te importaría acompañarme al parque? - preguntó de imprevisto.
-
Yo... - empezó ella, claramente sorprendida- yo tengo que...
-
Vamos, es sábado. Seguro que lo que fueras a hacer puede esperar.
Sólo te robaré unos minutos. Me tiraste las llaves al suelo
-mintió, mientras las tiraba-. Como compensación, debes
acompañarme.
-
Qué descaro -dijo por lo bajo e intentó ponérselo más difícil-.
Yo no te conozco de nada, ¿por qué se supone que tengo que ir
contigo al parque?
-
Porque las apariencias engañan, porque conocer a las personas es una
de las mejores cosas de la vida y porque te aseguro que soy un tipo
interesante.
-
Me llamo Carla -dijo.
Le
estrechó la mano y sin añadir nada más, lo cogió del brazo y lo
guió hasta el parque. Y hablaron. Hablaron del sol, de la lluvia, de
la gente. Él le hablo de ella, de cómo se la imaginaba.
Ella le
aclaró que no era morena, sino que su pelo era castaño y lo solía
llevar recogido. Que nunca se pintaba los labios y que sus ojos eran
azules. Que trabajaba de secretaria en una oficina y odiaba ese
trabajo por encima de todas las cosas.
-
Déjalo.
-
¡¿Qué?!
-
Deja tu trabajo -explicó Alfredo-. Si no te gusta, ¿por qué
sigues?
-
Porque me da dinero. La vida es así.
-
No. La vida es como tú quieres que sea. Hay otras alternativas.
Podrías dedicarte a otra cosa, algo que realmente te guste. Trabaja
conmigo -se le ocurrió en el acto-. Trabaja conmigo. Montemos algo
grande. Algo diferente. “La pupila de tus ojos”. Ese podría ser
el nombre de nuestro negocio. Un negocio para hacer a la gente feliz.
Yo sería el jefe, claro.-
Carla
sonrió dulcemente, dedicándole una sonrisa que él no pudo ver.
-
Y personas como tú serían las encargadas del resto. Tendrías que
describir con todo detalle lo que pasa a nuestro alrededor. Me
refiero a nosotros, a los ciegos. ¿Nunca te has puesto en nuestro
lugar? ¿Te imaginas un mundo sin color, sin imagen? Hay que
modificar el nombre, pero... ¿Estarías dispuesta a convertirte en
la pupila de mis ojos?
La cara de
Carla se iluminó ante la posibilidad de aquel prometedor futuro. Le
pareció la mejor idea del universo. Ser la vista de los ciegos.
Hacer algo verdaderamente útil.
-
No deberías de haber preguntado eso. A partir de ahora te cansarás
de escucharme. Conocerás con tanta exactitud el mundo que te rodea
que te cansarás de él y me mandarás callar. Sí, estoy dispuesta.
Y no pararé hasta conseguirlo.
Increíblemente,
con mucho esfuerzo, ganas y constancia, aquella alocada proposición
dejó de ser una idea y se convirtió en un hecho. Alfredo y Carla
juntaron sus ahorros, compraron un local, contrataron algunos
trabajadores que estaban de acuerdo con su proposición y apostaron
todo su capital a algo que podía o no funcionar: ayudar a las
personas a ver, hacerles la vida más fácil.
Pero
funcionó. Los cegados pagaban por ver la vida a través de los ojos
de otras personas y el negocio arrasó. Abrieron más agencias en
otros lugares para que un mayor número de personas pudiese percibir
su entorno y recuperar su felicidad. Incluso compraron el sillón de
cuero que Carla siempre había querido tener.
Alfredo era
feliz trabajando con ella. Nunca le había declarado su amor ni
pensaba hacerlo ya. Él, una persona tan decidida, la había dejado
marchar. Se había conformado teniéndola así a su lado, como una
socia y amiga.
Pero
ella, sin quererlo, también se había ido enamorando de aquel pobre
ciego con pájaros en la cabeza. De su capacidad para alegrar a las
personas. De sus manos rugosas. De su pelo ya canoso. De la forma en
la que superaba los obstáculos que la vida le planteaba. De sus
ganas de vivir.
-
Creo que hemos terminado por hoy, jefe.
-
Sí. Buen trabajo, Carla.
Alfredo
tanteó la pared hasta encontrar el sillón y se recostó con un
largo suspiro. Ella se acercó al silloncito de cuero, le pasó
suavemente las manos por los hombros y le susurro al oído:
-
Déjame que te enseñe un lugar.
Sin
más explicaciones, salieron a la calle y se subieron al coche.
Durante todo el trayecto, Alfredo no paraba de preguntarse adonde
iban, pero ella no dijo nada.
-
No bajes aún -dijo ella apagando el motor.
Rodeó
el coche, abrió la puerta del copiloto, le ayudó a incorporarse y
le tomó la mano.
-
¿Es aquí? -preguntó con la inocencia de un niño.
-
Sí.
Ella le
quitó los zapatos y lo condujo hacia alguna parte. El suelo que
pisaba era blando. Un viento suave le acariciaba la cara, un viento
distinto. Respiraba una aroma desconocido, puro, limpio. Carla le
hizo sentarse sobre una superficie lisa, fría. Aunque no lo viera,
estaba seguro de que era un lugar muy bonito.
-
¿Alguna vez viste el mar antes de perder la vista?
-
No -contestó con tristeza.
-
No creo que pudiese describírtelo ni que nadie pueda hacerlo, porque
es tan magnífico que las palabras a su lado parecen insignificantes.
El mar es como una gigantesca masa de un mismo color. Bueno, en
algunos lugares tiene tonos más claros y en otros más oscuros. Es
más grande que mil ciudades como las nuestras, mucho más grande que
eso. Y se mueve, como si tuviese vida propia. Con movimientos
constantes y repetitivos a los que llamamos olas. Puede ser frío, o
cálido. Podemos desplazarnos en el mar como si volásemos, pero si
no tenemos cuidado puede llegar a ser muy peligroso. Por eso dicen
que el mar es muy caprichoso. Algunos lo adoran y otros lo odian. Yo
creo que es una de las cosas más maravillosas del mundo.
Hizo una
pausa, valorando su explicación, y siguió:
-
Bueno, pues estás frente a él. Lo que pisas es arena, son
minúsculas piedras menores que un grano de arroz con las que se
pueden hacer pequeñas construcciones. Y lo que respiras es el olor a
sal de la costa.
Se quedó
alucinado. Habría dado la vida por ver el mar.
-
Lo has descrito estupendamente. Debería de subirte el sueldo. ¿Dónde
estamos?
-
No muy lejos. A unos kilómetros de la ciudad. Es mi playa favorita.
Te he traído hasta aquí porque... -sus mejillas se enrojecieron y
no pudo continuar.
-
¿Por qué?
-
Porque a unos metros a la izquierda, aunque no lo veas, hay una casa.
No es muy grande pero es preciosa. Tiene unas cristaleras enormes y
un jardín lleno de flores de colores. Allí podríamos vivir tú y
yo. Sí, escúchame. No te lo he dicho en todo este tiempo, pero te
quiero. Y quiero vivir contigo en esta playa. Y enseñarte a nadar, a
cocinar, leerte libros por las noches.
A
Alfredo le dolió no haberle dicho aquello él y pensó que era un
cobarde, pero luego se sintió el hombre más feliz de la Tierra. Un
futuro junto a ella. Recorrió su cuerpo con las yemas de los dedos
hasta encontrar su cara y acarició su boca. Tocó y analizó la
textura de su piel, como queriendo guardarla entre sus dedos y luego,
lentamente, acercó sus labios a los suyos y la besó. Fue un beso
cálido, tierno, fascinante.
Ella
lo miró a los ojos, sin saber que acababa de entrar para siempre en
ellos.
-
Yo también te quiero, siempre te quise -y frunciendo el ceño
preguntó-: ¿Me harías un favor?
-
No lo dudes.
-
Cásate conmigo.
Autora: Laura Viciana Estévez
Categoría: Juvenil
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