Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

La pupila de tus ojos


Alfredo estaba sentado, como todos los días, en el tercer banco del parque. Era un hombre alto, flaco, de cara chupada y nariz aguileña, que debía superar la treintena. Era una persona solidaria, amable, decidida, directa, positiva, vital, agradable y su carácter era dulce como la miel, con una pizca de humor y descaro. Era muy astuto y todo un soñador: le encantaba imaginar cosas aunque supiera que jamás sucederían.
Desde donde estaba, podía escuchar a la gente pasar de un lado a otro. Jóvenes riendo, cuya sonrisa nunca vería. Oía a los perros ladrar, perros que podían ser de cualquier raza o aspecto. El césped olía a recién cortado. Pasó la mano por encima para comprobarlo. Sí, estaba más bajo que de costumbre y lo acababan de regar.
Alfredo era ciego. Desde muy pequeño, había perdido la vista y apenas recordaba qué era el color, el tamaño, la perspectiva o los tonos. Su mundo era negro. Un mundo negro y solitario, lleno de olores, sonidos y texturas que había ido aprendiendo a percibir poco a poco a la perfección.
Aquel día era sábado. Lo sabía porque había más actividad de lo normal. Los alumnos no tenían que ir a clase y se paseaban por allí con sus ruidosas bicicletas y patinetes, charlaban sobre los exámenes o se quejaban de las pocas vacaciones que tenían. Los niños llenaban el ambiente de alegría y vida, haciendo chirriar los columpios bajo su peso. De la cafetería llegaba el olor a café y pan recién hecho. Los empresarios desayunaban mientras hablaban de negocios.
El parque era más bonito los sábados. Por la vitalidad y la paz que se respiraba, porque siempre había algo nuevo, por la extraña tranquilidad de las personas. Pero, sobre todo, por ella.
Cuando el reloj de la catedral anunció las doce con sus campanas, el corazón de Alfredo se aceleró.
Al cabo de un par de minutos, el traqueteo de unos tacones se fue haciendo cada vez más audible. Era ella, que paseaba con sus amigas como cada sábado a mediodía. De repente habló. Alfredo no le prestaba atención a lo que decía, a la conversación. Simplemente se dejaba hechizar por sus palabras, por su voz suave, delicada, musical. Ella era como el color de su mundo oscuro, la melodía más bella que jamás nadie compondría. Ella era el olor de la primavera, el calor del verano. Ella lo era todo.
Sus pasos se fueron alejando. Ahora tendría que esperar otra semana. Una semana, como muchas otras, en la que se la imaginaría con los cinco sentidos. Ella era la única persona que podía ver. La veía. En su mente. Con unos tacones rojos. La piel pálida, un vestido veraniego con estampados y unas piernas largas y fuertes debajo. Se imaginaba cada detalle. El carmín de sus labios, las clavículas de su cuello, el color ocre de sus ojos. Su pelo suelto y azabache.
Había ido creando una imagen suya, una imagen que le era imposible crear con nada ni nadie más. Cuando intentaba adivinar cómo serían los árboles de su alrededor, la fuente de la plaza de al lado o el camarero de la cantina, sus neuronas no le respondían. En su cerebro sólo había lugar para ella, la mujer que le devolvía la visión por momentos.
Y así pasaron los días, las semanas, los meses. Alfredo empezó a contar el tiempo de sábado en sábado. Quince sábados desde que la había visto (o escuchado) por primera vez.
Fue el vigésimo noveno sábado cuando ocurrió algo mágico e inesperado. Al doblar la esquina de la plaza, tropezó con alguien y estuvo a punto de perder el equilibrio.
- ¡Vaya! Perdona, iba despistaba y no te he visto. Lo siento.
No podía ser. Era su voz. Era su perfume de flores de azahar. Eran sus tacones sobre los adoquines. Era ella.
La agarró de la mano con rapidez, casi involuntariamente. Tenía tantas cosas que decirle. Que era el motivo por el que se levantaba de la cama. Que le encantaba su aroma. Que aunque ella seguramente fuese muy guapa y no se fijara en un cegato, la quería. Que se moría por conocerla. Pero en vez de eso, se limitó a decir.
- No te preocupes. No ha sido tu culpa.
Y le soltó la mano. Pero al hacerlo, le invadió la sensación de que la estaba perdiendo. Que no la podía dejar ir.
- ¿Te importaría acompañarme al parque? - preguntó de imprevisto.
- Yo... - empezó ella, claramente sorprendida- yo tengo que...
- Vamos, es sábado. Seguro que lo que fueras a hacer puede esperar. Sólo te robaré unos minutos. Me tiraste las llaves al suelo -mintió, mientras las tiraba-. Como compensación, debes acompañarme.
- Qué descaro -dijo por lo bajo e intentó ponérselo más difícil-. Yo no te conozco de nada, ¿por qué se supone que tengo que ir contigo al parque?
- Porque las apariencias engañan, porque conocer a las personas es una de las mejores cosas de la vida y porque te aseguro que soy un tipo interesante.
- Me llamo Carla -dijo.
Le estrechó la mano y sin añadir nada más, lo cogió del brazo y lo guió hasta el parque. Y hablaron. Hablaron del sol, de la lluvia, de la gente. Él le hablo de ella, de cómo se la imaginaba.
Ella le aclaró que no era morena, sino que su pelo era castaño y lo solía llevar recogido. Que nunca se pintaba los labios y que sus ojos eran azules. Que trabajaba de secretaria en una oficina y odiaba ese trabajo por encima de todas las cosas.
- Déjalo.
- ¡¿Qué?!
- Deja tu trabajo -explicó Alfredo-. Si no te gusta, ¿por qué sigues?
- Porque me da dinero. La vida es así.
- No. La vida es como tú quieres que sea. Hay otras alternativas. Podrías dedicarte a otra cosa, algo que realmente te guste. Trabaja conmigo -se le ocurrió en el acto-. Trabaja conmigo. Montemos algo grande. Algo diferente. “La pupila de tus ojos”. Ese podría ser el nombre de nuestro negocio. Un negocio para hacer a la gente feliz. Yo sería el jefe, claro.-
Carla sonrió dulcemente, dedicándole una sonrisa que él no pudo ver.
- Y personas como tú serían las encargadas del resto. Tendrías que describir con todo detalle lo que pasa a nuestro alrededor. Me refiero a nosotros, a los ciegos. ¿Nunca te has puesto en nuestro lugar? ¿Te imaginas un mundo sin color, sin imagen? Hay que modificar el nombre, pero... ¿Estarías dispuesta a convertirte en la pupila de mis ojos?
La cara de Carla se iluminó ante la posibilidad de aquel prometedor futuro. Le pareció la mejor idea del universo. Ser la vista de los ciegos. Hacer algo verdaderamente útil.
- No deberías de haber preguntado eso. A partir de ahora te cansarás de escucharme. Conocerás con tanta exactitud el mundo que te rodea que te cansarás de él y me mandarás callar. Sí, estoy dispuesta. Y no pararé hasta conseguirlo.
Increíblemente, con mucho esfuerzo, ganas y constancia, aquella alocada proposición dejó de ser una idea y se convirtió en un hecho. Alfredo y Carla juntaron sus ahorros, compraron un local, contrataron algunos trabajadores que estaban de acuerdo con su proposición y apostaron todo su capital a algo que podía o no funcionar: ayudar a las personas a ver, hacerles la vida más fácil.
Pero funcionó. Los cegados pagaban por ver la vida a través de los ojos de otras personas y el negocio arrasó. Abrieron más agencias en otros lugares para que un mayor número de personas pudiese percibir su entorno y recuperar su felicidad. Incluso compraron el sillón de cuero que Carla siempre había querido tener.
Alfredo era feliz trabajando con ella. Nunca le había declarado su amor ni pensaba hacerlo ya. Él, una persona tan decidida, la había dejado marchar. Se había conformado teniéndola así a su lado, como una socia y amiga.
Pero ella, sin quererlo, también se había ido enamorando de aquel pobre ciego con pájaros en la cabeza. De su capacidad para alegrar a las personas. De sus manos rugosas. De su pelo ya canoso. De la forma en la que superaba los obstáculos que la vida le planteaba. De sus ganas de vivir.
- Creo que hemos terminado por hoy, jefe.
- Sí. Buen trabajo, Carla.
Alfredo tanteó la pared hasta encontrar el sillón y se recostó con un largo suspiro. Ella se acercó al silloncito de cuero, le pasó suavemente las manos por los hombros y le susurro al oído:
- Déjame que te enseñe un lugar.
Sin más explicaciones, salieron a la calle y se subieron al coche. Durante todo el trayecto, Alfredo no paraba de preguntarse adonde iban, pero ella no dijo nada.
- No bajes aún -dijo ella apagando el motor.
Rodeó el coche, abrió la puerta del copiloto, le ayudó a incorporarse y le tomó la mano.
- ¿Es aquí? -preguntó con la inocencia de un niño.
- Sí.
Ella le quitó los zapatos y lo condujo hacia alguna parte. El suelo que pisaba era blando. Un viento suave le acariciaba la cara, un viento distinto. Respiraba una aroma desconocido, puro, limpio. Carla le hizo sentarse sobre una superficie lisa, fría. Aunque no lo viera, estaba seguro de que era un lugar muy bonito.
- ¿Alguna vez viste el mar antes de perder la vista?
- No -contestó con tristeza.
- No creo que pudiese describírtelo ni que nadie pueda hacerlo, porque es tan magnífico que las palabras a su lado parecen insignificantes. El mar es como una gigantesca masa de un mismo color. Bueno, en algunos lugares tiene tonos más claros y en otros más oscuros. Es más grande que mil ciudades como las nuestras, mucho más grande que eso. Y se mueve, como si tuviese vida propia. Con movimientos constantes y repetitivos a los que llamamos olas. Puede ser frío, o cálido. Podemos desplazarnos en el mar como si volásemos, pero si no tenemos cuidado puede llegar a ser muy peligroso. Por eso dicen que el mar es muy caprichoso. Algunos lo adoran y otros lo odian. Yo creo que es una de las cosas más maravillosas del mundo.
Hizo una pausa, valorando su explicación, y siguió:
- Bueno, pues estás frente a él. Lo que pisas es arena, son minúsculas piedras menores que un grano de arroz con las que se pueden hacer pequeñas construcciones. Y lo que respiras es el olor a sal de la costa.
Se quedó alucinado. Habría dado la vida por ver el mar.
- Lo has descrito estupendamente. Debería de subirte el sueldo. ¿Dónde estamos?
- No muy lejos. A unos kilómetros de la ciudad. Es mi playa favorita. Te he traído hasta aquí porque... -sus mejillas se enrojecieron y no pudo continuar.
- ¿Por qué?
- Porque a unos metros a la izquierda, aunque no lo veas, hay una casa. No es muy grande pero es preciosa. Tiene unas cristaleras enormes y un jardín lleno de flores de colores. Allí podríamos vivir tú y yo. Sí, escúchame. No te lo he dicho en todo este tiempo, pero te quiero. Y quiero vivir contigo en esta playa. Y enseñarte a nadar, a cocinar, leerte libros por las noches.
A Alfredo le dolió no haberle dicho aquello él y pensó que era un cobarde, pero luego se sintió el hombre más feliz de la Tierra. Un futuro junto a ella. Recorrió su cuerpo con las yemas de los dedos hasta encontrar su cara y acarició su boca. Tocó y analizó la textura de su piel, como queriendo guardarla entre sus dedos y luego, lentamente, acercó sus labios a los suyos y la besó. Fue un beso cálido, tierno, fascinante.
Ella lo miró a los ojos, sin saber que acababa de entrar para siempre en ellos.
- Yo también te quiero, siempre te quise -y frunciendo el ceño preguntó-: ¿Me harías un favor?
- No lo dudes.
- Cásate conmigo. 

Autora: Laura Viciana Estévez 
Categoría: Juvenil 

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