–Lamento
mucho la pérdida de su esposo –dijo alguien al que no supo
identificar cuando le sostenía la mano.
–Gracias
–respondió de forma automática.
El
salón de la mansión estaba lleno de amigos, familiares, parientes y
desconocidos, pero para ella todos eran un celaje momentáneo que se
acercaba a su campo de visión y luego retrocedía. Las personas
reían con disimulo cuando hablaban entre sí, algunos se contaban
chistes para entretenerse al estar ahí obligados por las
apariencias, y otros solo se burlaban de los demás. Los hombres
fumaban puros entre conversaciones de negocios y nuevos convenios
comerciales, mientras reemplazaban sus vasos por otros rebosantes de
güisqui. Sus trajes eran de un negro impecable, sin una mota de
polvo y ninguna imperfección, como si fuesen hechos a la medida. El
pantalón de un filo estricto resaltaba el brillo de los zapatos de
charol y la camisa blanca con el lazo, escondía la obesidad de sus
cuerpos. Todos usaban bastón y parecían chimeneas humeantes desde
la esquina más alejada de la habitación. Las mujeres, por su parte,
se mantenían separadas de los hombres para no molestarlos, apiñadas
entre sus elegantes trajes oscuros mientras se abanicaban para
disipar el calor sofocante. Los cabellos los tenían peinados en
moños altos con rizos estratégicamente colocados que suavizaban el
perfil serio y falsamente delicado de las damas. Los trajes eran de
una exquisita seda de colores oscuros, con una rigurosa y delicada
confección; y se amoldaban a las cinturas como el corpiño que las
aprisionaba.
Ella
miró la estancia y se acercó al cadáver de su difunto esposo, las
dulces lágrimas resbalaban por su rostro sin ser vistas por el largo
velo de crepé azabache que la cubría. Según la tradición tenía
que esperar un periodo de dos años para vestirse con colores más
claros o ser vista en actividades sociales nuevamente, pero eso no le
importaba. Desde el fondo escuchaba los lamentos genuinos de una
mujer que no se supone que nadie conociera, pero que todos sabían su
identidad. A su lado un niño pequeño con su mismo color de cabello,
se paraba estoico al recibir las miradas molestas de los presentes.
Verlo a él, era como observar a su esposo de pequeño o a su hijo
dos años atrás, y solo le daba pena el futuro del pequeño al
perder a su benefactor. Sin un padre, su porvenir era incierto, pero
ella se encargaría de pagar de forma anónima su educación; eso no
quedaría en su conciencia.
–Condesa
de Melbourne, lamento abordarla en estos momentos tan difíciles para
usted –el hombre vestido con su traje de gala azul marino y la
insignia de policía en su pecho hizo una pausa esperando la reacción
de la mujer–. Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre el
fallecimiento de su esposo.
–Teniente,
dentro de mi dolor estoy dispuesta a cooperar con usted en lo
necesario, pero no entiendo el porqué de una investigación –le
contestó ella a través del velo.
–El
conde de Melbourne era una persona muy querida por Su Majestad, la
reina Victoria, y es preciso aclarar la forma en que falleció para
que no quepa duda.
–Entiendo,
puede hacer todas las preguntas que desee pero van a concordar todas.
Esto ha sido un evento trágico para mi familia; el difunto Conde
súbitamente empezó a sentir trastornos intestinales. –Se cubrió
la boca con horror e hizo una pausa para abanicarse el rostro. –Los
sirvientes lo atendieron hasta que llegó el doctor.
–¿Estaba
usted acompañando al Conde?
–Por
supuesto que no. Esas no son tareas para una dama de mi nivel, me
quedé en mi alcoba hasta que llegó el doctor y lo acompañé a la
habitación.
–Lamento
ser tan imprudente, pero ¿por cuánto tiempo estuvo con esos
malestares?
–No
le sé decir con exactitud, pero creo que una hora sería un cálculo
certero, justo antes del fuerte dolor de cabeza y los vértigos.
–Miró nuevamente el cadáver a sus pies y el oficial observó a la
mujer en la esquina que se seguía lamentando, no soportaba ver el
color azul de los cuerpos y esperaba que la Condesa se desmayara en
algún momento para tener una excusa y alejarse del ataúd de oro
lacrado.
–Cuando
entré a los aposentos del Conde, el doctor lo estaba sangrando y me
mareé al ver la sangre, no recuerdo muy bien, pero sé que su cuerpo
estaba frío y poco a poco se fue paralizando hasta que murió.
–¿No
sabe si ingirió algún alimento que le pudiera hacer daño?
–Puede
preguntarle al mayordomo, pero al igual que cada mañana le preparé
un té de flores silvestres. No puedo soportar este vacío en mi
pecho. –Se tambaleó y el oficial la sostuvo junto a una de las
mujeres que escuchaba quedamente cerca de la pareja-.
–Necesita
descansar –le dijo el hombre aliviado al ver cómo se la llevaban a
su habitación de pisos de mármol y muebles de seda, terciopelo y
plumas.
A
medida que se marchaba, todas las miradas la seguían; de la noche a
la mañana se había convertido en una de las mujeres más poderosas
de toda Inglaterra y en su mente solo deseaba poder caminar con la
libertad de los hombres.
Al
marcharse los sirvientes, solo quedó su amiga de la niñez, quien
observaba el jarrón de porcelana fina sobre su mesa de noche con los
delicados ramos de cicuta blanca que contrastaban con sus
vestimentas. Con manos temblorosas se quitó el sombrero que le
sostenía el cabello y el velo que tapaba su rostro. Por sus mejillas
gotas desesperadas manchaban el cuello alto del vestido, el aire se
le escapaba de la garganta y gemía desconsolada mientras se acercaba
su compañera de la infancia.
–Todo
va a estar bien –le dijo ella desabotonándole la chaqueta y
deslizándola por sus brazos al piso.
–A
nadie le importan los corazones rotos –le respondió la Condesa al
sentir la falda caer –Tanto sufrimiento por amar a la persona
equivocada.
–Pero
todo dolor acaba –le respondió, soltando el polisón que la ataba
a las costumbres de la época.
–Pero
igualmente otro comienza –levantó sus manos para quitarse el cubre
corsé–. Ahora soy la condesa viuda.
–Pero
esta vez tú puedes escoger el sufrimiento –se paró a sus espaldas
y le soltó las enaguas para lentamente deshacer cada botón del
corsé que la oprimía.
–Sé
lo que se siente al tratar de esconder cuanto te amo y sufrir en
carne viva las imposturas de una sociedad implacable. –Se colocó
las hebras rebeldes de cabello rojizo tras su oreja y se quitó el
camisón del fino hilo blanco que la cubría, para quedar en un
pololo de la misma tela y un delicado encaje de varias vueltas en la
cintura y en las rodillas.
–Entonces
lucha junto a mí para cambiar eso. –Le dijo la morena de ojos café
al estirar su mano y acariciarle los senos mientras sus labios
rozaban los suyos.
Autora: Lazara Fleitas
Categoría: Juvenil
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