Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Ataduras de libertad


–Lamento mucho la pérdida de su esposo –dijo alguien al que no supo identificar cuando le sostenía la mano. 
 
–Gracias –respondió de forma automática. 
 
El salón de la mansión estaba lleno de amigos, familiares, parientes y desconocidos, pero para ella todos eran un celaje momentáneo que se acercaba a su campo de visión y luego retrocedía. Las personas reían con disimulo cuando hablaban entre sí, algunos se contaban chistes para entretenerse al estar ahí obligados por las apariencias, y otros solo se burlaban de los demás. Los hombres fumaban puros entre conversaciones de negocios y nuevos convenios comerciales, mientras reemplazaban sus vasos por otros rebosantes de güisqui. Sus trajes eran de un negro impecable, sin una mota de polvo y ninguna imperfección, como si fuesen hechos a la medida. El pantalón de un filo estricto resaltaba el brillo de los zapatos de charol y la camisa blanca con el lazo, escondía la obesidad de sus cuerpos. Todos usaban bastón y parecían chimeneas humeantes desde la esquina más alejada de la habitación. Las mujeres, por su parte, se mantenían separadas de los hombres para no molestarlos, apiñadas entre sus elegantes trajes oscuros mientras se abanicaban para disipar el calor sofocante. Los cabellos los tenían peinados en moños altos con rizos estratégicamente colocados que suavizaban el perfil serio y falsamente delicado de las damas. Los trajes eran de una exquisita seda de colores oscuros, con una rigurosa y delicada confección; y se amoldaban a las cinturas como el corpiño que las aprisionaba.
Ella miró la estancia y se acercó al cadáver de su difunto esposo, las dulces lágrimas resbalaban por su rostro sin ser vistas por el largo velo de crepé azabache que la cubría. Según la tradición tenía que esperar un periodo de dos años para vestirse con colores más claros o ser vista en actividades sociales nuevamente, pero eso no le importaba. Desde el fondo escuchaba los lamentos genuinos de una mujer que no se supone que nadie conociera, pero que todos sabían su identidad. A su lado un niño pequeño con su mismo color de cabello, se paraba estoico al recibir las miradas molestas de los presentes. Verlo a él, era como observar a su esposo de pequeño o a su hijo dos años atrás, y solo le daba pena el futuro del pequeño al perder a su benefactor. Sin un padre, su porvenir era incierto, pero ella se encargaría de pagar de forma anónima su educación; eso no quedaría en su conciencia. 
 
–Condesa de Melbourne, lamento abordarla en estos momentos tan difíciles para usted –el hombre vestido con su traje de gala azul marino y la insignia de policía en su pecho hizo una pausa esperando la reacción de la mujer–. Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre el fallecimiento de su esposo.
–Teniente, dentro de mi dolor estoy dispuesta a cooperar con usted en lo necesario, pero no entiendo el porqué de una investigación –le contestó ella a través del velo.
–El conde de Melbourne era una persona muy querida por Su Majestad, la reina Victoria, y es preciso aclarar la forma en que falleció para que no quepa duda.
–Entiendo, puede hacer todas las preguntas que desee pero van a concordar todas. Esto ha sido un evento trágico para mi familia; el difunto Conde súbitamente empezó a sentir trastornos intestinales. –Se cubrió la boca con horror e hizo una pausa para abanicarse el rostro. –Los sirvientes lo atendieron hasta que llegó el doctor.
–¿Estaba usted acompañando al Conde?
–Por supuesto que no. Esas no son tareas para una dama de mi nivel, me quedé en mi alcoba hasta que llegó el doctor y lo acompañé a la habitación.
–Lamento ser tan imprudente, pero ¿por cuánto tiempo estuvo con esos malestares?
–No le sé decir con exactitud, pero creo que una hora sería un cálculo certero, justo antes del fuerte dolor de cabeza y los vértigos. –Miró nuevamente el cadáver a sus pies y el oficial observó a la mujer en la esquina que se seguía lamentando, no soportaba ver el color azul de los cuerpos y esperaba que la Condesa se desmayara en algún momento para tener una excusa y alejarse del ataúd de oro lacrado.
–Cuando entré a los aposentos del Conde, el doctor lo estaba sangrando y me mareé al ver la sangre, no recuerdo muy bien, pero sé que su cuerpo estaba frío y poco a poco se fue paralizando hasta que murió.
–¿No sabe si ingirió algún alimento que le pudiera hacer daño?
–Puede preguntarle al mayordomo, pero al igual que cada mañana le preparé un té de flores silvestres. No puedo soportar este vacío en mi pecho. –Se tambaleó y el oficial la sostuvo junto a una de las mujeres que escuchaba quedamente cerca de la pareja-.
–Necesita descansar –le dijo el hombre aliviado al ver cómo se la llevaban a su habitación de pisos de mármol y muebles de seda, terciopelo y plumas.
A medida que se marchaba, todas las miradas la seguían; de la noche a la mañana se había convertido en una de las mujeres más poderosas de toda Inglaterra y en su mente solo deseaba poder caminar con la libertad de los hombres.
Al marcharse los sirvientes, solo quedó su amiga de la niñez, quien observaba el jarrón de porcelana fina sobre su mesa de noche con los delicados ramos de cicuta blanca que contrastaban con sus vestimentas. Con manos temblorosas se quitó el sombrero que le sostenía el cabello y el velo que tapaba su rostro. Por sus mejillas gotas desesperadas manchaban el cuello alto del vestido, el aire se le escapaba de la garganta y gemía desconsolada mientras se acercaba su compañera de la infancia. 
 
–Todo va a estar bien –le dijo ella desabotonándole la chaqueta y deslizándola por sus brazos al piso.
–A nadie le importan los corazones rotos –le respondió la Condesa al sentir la falda caer –Tanto sufrimiento por amar a la persona equivocada.
–Pero todo dolor acaba –le respondió, soltando el polisón que la ataba a las costumbres de la época.
–Pero igualmente otro comienza –levantó sus manos para quitarse el cubre corsé–. Ahora soy la condesa viuda.
–Pero esta vez tú puedes escoger el sufrimiento –se paró a sus espaldas y le soltó las enaguas para lentamente deshacer cada botón del corsé que la oprimía.
–Sé lo que se siente al tratar de esconder cuanto te amo y sufrir en carne viva las imposturas de una sociedad implacable. –Se colocó las hebras rebeldes de cabello rojizo tras su oreja y se quitó el camisón del fino hilo blanco que la cubría, para quedar en un pololo de la misma tela y un delicado encaje de varias vueltas en la cintura y en las rodillas.
–Entonces lucha junto a mí para cambiar eso. –Le dijo la morena de ojos café al estirar su mano y acariciarle los senos mientras sus labios rozaban los suyos.

Autora: Lazara Fleitas
Categoría: Juvenil

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