Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

La pequeña y el haz de luz


Pasaban absurdos los días, seguramente hacía sol pero siempre se le nublaban los sentidos y se dejaba caer sobre el gris que ensordece hasta el más potente de los aviones.

Al igual que ellos se emborrachaba pero no de keroseno si no de recuerdos y seguramente la resaca era mucho más permanente y desgastadora que una buena juerga de Fernet con coca-cola.

Dejó de pasear, aunque sus pies caminaban sobre el asfalto; Dejó de cantar, aunque le seguían ganando las batallas los acordes de la canción que aún no había escrito; Dejó de ser, aunque seguía siendo el mismo.

Uno de esos días en los que en su paleta de colores solo había blancos y negros, sonó el teléfono, como muchas otras veces pero esta vez sí lo escuchó, pensó: 
 
- Quizás ya no todo es tan gris, no todo está perdido y he vuelto a tener algo de sentido?
- Sin saberlo sabía que poco a poco salía del pozo?

Un pozo al que todos estamos expuestos, por desgracia o por suerte siendo el mismo el que te hace darte cuenta de lo que vale o no vale la pena. Seguramente tras superar ciertas etapas se dejan entrever ciertas puertas arreglando lo desarreglado. 
 
El teléfono seguía sonando, contestó:

-Sí, dígame, tras un par de segundos de espera una voz muy impostada y con mucho peso dijo:
-Buenas tardes, soy Dios.
-Cómo? Soltó una carcajada, evidentemente era totalmente agnóstico, de aquellos que se ciñen a la tangibilidad de las cosas, y si hubiera sido creyente pensaría que si realmente existiera no dejaría que pasaran tantos desastres personales y humanos. Y en un tono muy irónico, pensado que alguien al otro lado del cable de teléfonos le estaba gastando una broma, contesto:
-No quiero robarle su tiempo debe de estar muy ocupado resolviendo problemas de carácter planetario, en que puedo ayudarle?, se paró un segundo y autoreflexionó “yo” a “Dios”, volvió a soltar otra carcajada, quizás fue un poco osado.
-Vengo a ofrecerle “El Haz de luz”
Extraño contestó, -Cómo, el Haz de qué? 

Pero no le dio tiempo a continuar hablando cuando de repente en aquel preciso instante notó una sensación desconocida, vio como el vórtice de una tremenda espiral se dirigía hacia él, giraba y giraba de un modo infernal, y como son las cosas aún los excesos proviniendo de un modo celestial siguen y seguirán siendo de carácter infernal, pobre diablo.

En ese preciso instante que duro una milésima de segundo, notó como era absorbido sin opción a huir, aunque tampoco opuso mucha resistencia, tras estar algún tiempo caminando en las tristezas que peor le podía pasar, al fin y al cabo era Dios.

Vueltas y vueltas y más vueltas hasta que se vio rodeado de un escenario que no era el suyo, un paraje soñado por él, sobrevolaban notas musicales, melodías, también vio el mar, mientras caminaba hacia adelante le pasó rozando el Amor perseguido de un modo juguetón por la alegría, un tremendo estruendo y pasaron sobrevolando misiles de amistad disparados desde el avión de la complicidad y la belleza, a lo lejos pudo vislumbrar la figura erguida de Dios junto a una cabina de teléfonos, una mesa alta con un par de taburetes y tres copas de vino. A medida que se iba acercando más pudo ver a un tipo alto con sombrero de ala blanca y veta negra, pantalón tejano y camiseta, llevaba colgando algún amuleto de bolas al cuello. A parte de las copas de vino en la mesa había un contrato en el que se dejaba ver: “Haz de Luz”.

Él sorprendido dijo: -Perdón me ha llamado Ud.
- Sí, siéntese contestó, le ofreció una copa de vino , la que estaba llena, la otra estaba casi vacía y lloraba porque aún recordaba los labios bebiendo de ella y el carmín rojo en el borde era la prueba irrefutable ante el juez .

Estuvieron conversando un rato no demasiado largo, Dios le volvió a ofrecer “ El Haz de Luz”, sin más él firmó el contrato, justo en aquel momento en que dejó la pluma con la que había firmado todo desaparecía y volvía a ser sorprendido por aquella espiral dejándolo de vuelta en la misma posición en la que se marchó, con el teléfono en la oreja comunicando y de pie, en aquel día cualquiera del mes de noviembre.

Pasaron los días, miraba por las calles, observaba todo a su alrededor, incluso probó con la lotería, pero nada. A veces se despertaba de madrugada, abría la ventana, pero ni rastro de la “Luz” solo la de las lunas llenas que hacían que pasará inevitable el tiempo.

Volvían a pasar los días convirtiéndose en meses, ya casi ni se acordaba de todo aquel suceso, siempre que sonaba el teléfono respondía con respeto esperando que al otro lado estuviera Dios.

Ya dejó de preguntarse y de buscar, quizás todo fue un efecto secundario del Prozac que ya había dejado de tomar.

El frío del invierno se instaló en las retinas de aquellos que madrugan buscando el tan preciado “Dorado” y en aquel mes de febrero, como era costumbre de una manera esporádica se fue a cenar con varios amigos a los que hacía tiempo que no reunía, recordaban la batallas que cada uno lidió y a los ejércitos a los que capitaneó, decidieron seguir en la batalla yendo a conquistar botines de muchachas indefensas ante el verbo que desarma hasta el más voraz de los secuaces del mismísimo Furrier.

Todo fluía de una manera natural entre copas, los diálogos se entrelazaban en aquel lugar sitiado por el humo del tabaco, en uno de esos momento de una manera causal o casual alzó la mirada y en el recorrido se cruzó con otra mirada, o era la suya? El caso es que le sonaba aquel cliché. Sintió que todo había cambiado, ya no escuchaba el murmullo, el humo dejo de serlo, soltó una sonrisa, casi una mueca que fue totalmente recompensada con otra sonrisa y un ademán que decía, hola qué tal estás?.

Era un soldado y había ido a batallar y a la batalla se dirigió, conversaron, tomaron copas, reían, la complicidad era evidente, y cuando la conversación pasó a otro estadio ella le dijo, no sé porque pero parece que te conozco desde siempre. Y era curioso porque a él le atentaba la misma sensación, estaban demasiado cómodos, pero el tiempo inexorable decidió por ellos cerrando aquel lugar de copas, se despidieron sabiendo que aquel día de Febrero era el inicio de todo un camino, aún así no se besaron, no les era necesario estaban por encima de todo eso y sabían que volverían a verse, era genéticamente necesario, porque ya estaba escrito.

Quizás era la cara B de las tablas sagradas donde Moisés escribió para toda la humanidad los diez mandamientos y ahora eran ellos los que tendrían que escribir para Moisés aquella historia de amor que hoy comenzaba en el extrarradio de toda religión y demostrarle que no se equivocó.

Volvieron a encontrarse, ahora no esperaba que Dios contestará al otro lado del teléfono, para certificar que lo que sintieron era real, tomaron vino y continuaron la conversación donde la dejaron, volvieron a despedirse, para volver a encontrarse y como la evidencia es complicado que no haga su trabajo, tras varios encuentros comenzaron una relación que les transportaba al infinito lleno de luz cada vez que se encontraban, él recorría de un modo frenético sus montes de Venus, ella miraba desde lo alto del iceberg que poco a poco se derretía debido al volumen increchendo de los grados Farenhait.

Lluvia, alegrías, complicidad, verbos, energía, sol, te quieros, caminos, nubes, abrazos, viajes, latidos, llantos, música, paisajes, olores, cafés, creatividad, amor, sueños, penas, sonidos y un largo etcétera de vida es lo que sucedió hasta que se hicieron mayores y disfrutaban de largos paseos y cafés en terrazas de verano, aquella noche de Agosto a sus recién cumplidos 75 años pudo explicarle lo que le había sucedido muchos años atrás, que no imaginaba como un ángel entraría en su vida y que en uno de esos días recibió una extraña llamada de un tipo que aseguró ser Dios para ofrecerle un “Haz de Luz” y que ahora lo entendía todo. 
 
Ella lo miraba fijamente y lo escuchaba, pero no se sorprendió, sacó de su bolso una barra de carmín rojo se pintó los labios, le dio un abrazo, un beso, un te quiero tanto y con voz temblorosa dijo: Yo también recuerdo esa llamada.

Autor: Iván Vilches

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