Pasaban
absurdos los días, seguramente hacía sol pero siempre se le
nublaban los sentidos y se dejaba caer sobre el gris que ensordece
hasta el más potente de los aviones.
Al igual que
ellos se emborrachaba pero no de keroseno si no de recuerdos y
seguramente la resaca era mucho más permanente y desgastadora que
una buena juerga de Fernet con coca-cola.
Dejó de
pasear, aunque sus pies caminaban sobre el asfalto; Dejó de cantar,
aunque le seguían ganando las batallas los acordes de la canción
que aún no había escrito; Dejó de ser, aunque seguía siendo el
mismo.
Uno de esos
días en los que en su paleta de colores solo había blancos y
negros, sonó el teléfono, como muchas otras veces pero esta vez sí
lo escuchó, pensó:
- Quizás ya
no todo es tan gris, no todo está perdido y he vuelto a tener algo
de sentido?
- Sin saberlo
sabía que poco a poco salía del pozo?
Un pozo al
que todos estamos expuestos, por desgracia o por suerte siendo el
mismo el que te hace darte cuenta de lo que vale o no vale la pena.
Seguramente tras superar ciertas etapas se dejan entrever ciertas
puertas arreglando lo desarreglado.
El teléfono
seguía sonando, contestó:
-Sí, dígame,
tras un par de segundos de espera una voz muy impostada y con mucho
peso dijo:
-Buenas
tardes, soy Dios.
-Cómo? Soltó
una carcajada, evidentemente era totalmente agnóstico, de aquellos
que se ciñen a la tangibilidad de las cosas, y si hubiera sido
creyente pensaría que si realmente existiera no dejaría que pasaran
tantos desastres personales y humanos. Y en un tono muy irónico,
pensado que alguien al otro lado del cable de teléfonos le estaba
gastando una broma, contesto:
-No quiero
robarle su tiempo debe de estar muy ocupado resolviendo problemas de
carácter planetario, en que puedo ayudarle?, se paró un segundo y
autoreflexionó “yo” a “Dios”, volvió a soltar otra
carcajada, quizás fue un poco osado.
-Vengo a
ofrecerle “El Haz de luz”
Extraño
contestó, -Cómo, el Haz de qué?
Pero no le dio tiempo a continuar
hablando cuando de repente en aquel preciso instante notó una
sensación desconocida, vio como el vórtice de una tremenda espiral
se dirigía hacia él, giraba y giraba de un modo infernal, y como
son las cosas aún los excesos proviniendo de un modo celestial
siguen y seguirán siendo de carácter infernal, pobre diablo.
En ese
preciso instante que duro una milésima de segundo, notó como era
absorbido sin opción a huir, aunque tampoco opuso mucha resistencia,
tras estar algún tiempo caminando en las tristezas que peor le
podía pasar, al fin y al cabo era Dios.
Vueltas y
vueltas y más vueltas hasta que se vio rodeado de un escenario que
no era el suyo, un paraje soñado por él, sobrevolaban notas
musicales, melodías, también vio el mar, mientras caminaba hacia
adelante le pasó rozando el Amor perseguido de un modo juguetón por
la alegría, un tremendo estruendo y pasaron sobrevolando misiles de
amistad disparados desde el avión de la complicidad y la belleza, a
lo lejos pudo vislumbrar la figura erguida de Dios junto a una cabina
de teléfonos, una mesa alta con un par de taburetes y tres copas de
vino. A medida que se iba acercando más pudo ver a un tipo alto con
sombrero de ala blanca y veta negra, pantalón tejano y camiseta,
llevaba colgando algún amuleto de bolas al cuello. A parte de las
copas de vino en la mesa había un contrato en el que se dejaba ver:
“Haz de Luz”.
Él
sorprendido dijo: -Perdón me ha llamado Ud.
- Sí,
siéntese contestó, le ofreció una copa de vino , la que estaba
llena, la otra estaba casi vacía y lloraba porque aún recordaba los
labios bebiendo de ella y el carmín rojo en el borde era la prueba
irrefutable ante el juez .
Estuvieron
conversando un rato no demasiado largo, Dios le volvió a ofrecer “
El Haz de Luz”, sin más él firmó el contrato, justo en aquel
momento en que dejó la pluma con la que había firmado todo
desaparecía y volvía a ser sorprendido por aquella espiral
dejándolo de vuelta en la misma posición en la que se marchó,
con el teléfono en la oreja comunicando y de pie, en aquel día
cualquiera del mes de noviembre.
Pasaron los
días, miraba por las calles, observaba todo a su alrededor, incluso
probó con la lotería, pero nada. A veces se despertaba de
madrugada, abría la ventana, pero ni rastro de la “Luz” solo la
de las lunas llenas que hacían que pasará inevitable el tiempo.
Volvían a
pasar los días convirtiéndose en meses, ya casi ni se acordaba de
todo aquel suceso, siempre que sonaba el teléfono respondía con
respeto esperando que al otro lado estuviera Dios.
Ya dejó de
preguntarse y de buscar, quizás todo fue un efecto secundario del
Prozac que ya había dejado de tomar.
El frío del
invierno se instaló en las retinas de aquellos que madrugan buscando
el tan preciado “Dorado” y en aquel mes de febrero, como era
costumbre de una manera esporádica se fue a cenar con varios amigos
a los que hacía tiempo que no reunía, recordaban la batallas que
cada uno lidió y a los ejércitos a los que capitaneó, decidieron
seguir en la batalla yendo a conquistar botines de muchachas
indefensas ante el verbo que desarma hasta el más voraz de los
secuaces del mismísimo Furrier.
Todo fluía
de una manera natural entre copas, los diálogos se entrelazaban en
aquel lugar sitiado por el humo del tabaco, en uno de esos momento de
una manera causal o casual alzó la mirada y en el recorrido se cruzó
con otra mirada, o era la suya? El caso es que le sonaba aquel
cliché. Sintió que todo había cambiado, ya no escuchaba el
murmullo, el humo dejo de serlo, soltó una sonrisa, casi una mueca
que fue totalmente recompensada con otra sonrisa y un ademán que
decía, hola qué tal estás?.
Era un
soldado y había ido a batallar y a la batalla se dirigió,
conversaron, tomaron copas, reían, la complicidad era evidente, y
cuando la conversación pasó a otro estadio ella le dijo, no sé
porque pero parece que te conozco desde siempre. Y era curioso porque
a él le atentaba la misma sensación, estaban demasiado cómodos,
pero el tiempo inexorable decidió por ellos cerrando aquel lugar de
copas, se despidieron sabiendo que aquel día de Febrero era el
inicio de todo un camino, aún así no se besaron, no les era
necesario estaban por encima de todo eso y sabían que volverían a
verse, era genéticamente necesario, porque ya estaba escrito.
Quizás era
la cara B de las tablas sagradas donde Moisés escribió para toda
la humanidad los diez mandamientos y ahora eran ellos los que
tendrían que escribir para Moisés aquella historia de amor que hoy
comenzaba en el extrarradio de toda religión y demostrarle que no se
equivocó.
Volvieron a
encontrarse, ahora no esperaba que Dios contestará al otro lado del
teléfono, para certificar que lo que sintieron era real, tomaron
vino y continuaron la conversación donde la dejaron, volvieron a
despedirse, para volver a encontrarse y como la evidencia es
complicado que no haga su trabajo, tras varios encuentros comenzaron
una relación que les transportaba al infinito lleno de luz cada vez
que se encontraban, él recorría de un modo frenético sus montes de
Venus, ella miraba desde lo alto del iceberg que poco a poco se
derretía debido al volumen increchendo de los grados Farenhait.
Lluvia,
alegrías, complicidad, verbos, energía, sol, te quieros, caminos,
nubes, abrazos, viajes, latidos, llantos, música, paisajes, olores,
cafés, creatividad, amor, sueños, penas, sonidos y un largo
etcétera de vida es lo que sucedió hasta que se hicieron mayores y
disfrutaban de largos paseos y cafés en terrazas de verano, aquella
noche de Agosto a sus recién cumplidos 75 años pudo explicarle lo
que le había sucedido muchos años atrás, que no imaginaba como un
ángel entraría en su vida y que en uno de esos días recibió una
extraña llamada de un tipo que aseguró ser Dios para ofrecerle un
“Haz de Luz” y que ahora lo entendía todo.
Ella lo
miraba fijamente y lo escuchaba, pero no se sorprendió, sacó de su
bolso una barra de carmín rojo se pintó los labios, le dio un
abrazo, un beso, un te quiero tanto y con voz temblorosa dijo: Yo
también recuerdo esa llamada.
Autor: Iván Vilches
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