Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

La jaula de mi corazón


Ya ha terminado, de nuevo nadie se ha percatado de mi presencia, siempre una del montón, una de las decenas de chicas que pretenden ser iguales para no llamar la atención y dejar paso a la primera bailarina. Creo que si encontrara el valor de intentarlo, lo conseguiría, llegaría a ser la estrella de la función. Siempre he creído que tenía algo especial, pero no consigo mostrarlo. Cuando bailo siempre estoy demasiado preocupada por la técnica, por la postura, por la primera impresión. Pero el alma, el alma se me escapa, la pierdo como si de una mota de polvo se tratara, ese espíritu que se muestra al bailar se ha quedado encerrado, mi corazón es ahora una jaula que impide a mi imponente canario volar. Nunca he podido mostrarlo al público. Creo que es peor tenerlo, aprisionarlo, y sentir esa presión que te impide disfrutar de tu pasión, que directamente, carecer de ello. Es tu pura existencia encerrada.

Me quedo sentada en el camerino, observándolo todo, hasta que el teatro comienza a vaciarse, se ha quedado desierto, solo falta que pasen a limpiarlo para la próxima función. Ahora, es mi momento, me dirijo al escenario, no hay nada que respire en el lugar más mágico del universo, únicamente se escuchan los latidos de mi corazón. Mi disco, aquel que llevo siempre encima con mi canción favorita, está en mi bolsa, lo cojo y lo pongo en el radiocasete que quedó abandonado una vez que la tan esperada orquesta llegó. La música roba cada brizna de aire, lo inunda todo.

Solo me dejo llevar, las manos se mueven suavemente, mis pies comienzan a marcar el ritmo, mi cuerpo comienza a retorcerse con unas ganas horribles de liberarse, cierro los ojos, cada célula de mi cuerpo se convierte en música, corro, giro, mi sangre no es ahora nada más que partituras que circulan por mi ser, los glóbulos rojos son las notas y mi cuerpo el instrumento, salto, soy arte. Noto como lágrimas comienzan a correr por mi rostro humedeciéndolo. Ahora bailo una danza desenfrenada, los dedos de los pies se aferran al suelo para luego liberarse de él en un salto impresionante, vuelo.
Siento que comienzo a desaparecer, mi esencia se está fundiendo con la de la música, ya no hay suficiente espacio para mí. Algo comienza a desgarrarse dentro de mí, la jaula de mi corazón se ha abierto y todo aquello que se encontraba entre sus barrotes está saliendo, me mantengo en un equilibrio imperturbable. Mi respiración es ahora acompasada, ya no veo mis pies, ni mis manos, ni mi torso, me he desvanecido. Me he transformado en un espíritu encerrado en la música, que se introducirá en las entrañas de todo aquel que la escuche. Ahora soy el perfume de la danza, sencillamente he pasado a formar parte de otro mundo, aquel que solo se puede percatar con los más finos sentidos, el del puro sentimiento.

Nadie me volvió a ver, me convertí en una verdadera leyenda, la bailarina que quedó encerrada en las entrañas del teatro. Pero al cabo de varios días, en la última función de la temporada, cuando la primera bailarina salió a ejecutar su solo estelar en el último acto, un canario salió del patio de butacas y se posó en la cabeza de la bailarina. De allí no se movió hasta los aplausos finales. Entre los vitorees y el homenaje que parecía dirigido a la estrella despegó, y aquel imponente canario se desvaneció en un vuelo sin fin.

Autora: Lúa Mayenco Cardenal

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