Ya ha terminado, de nuevo nadie se ha
percatado de mi presencia, siempre una del montón, una de las
decenas de chicas que pretenden ser iguales para no llamar la
atención y dejar paso a la primera bailarina. Creo que si encontrara
el valor de intentarlo, lo conseguiría, llegaría a ser la estrella
de la función. Siempre he creído que tenía algo especial, pero no
consigo mostrarlo. Cuando bailo siempre estoy demasiado preocupada
por la técnica, por la postura, por la primera impresión. Pero el
alma, el alma se me escapa, la pierdo como si de una mota de polvo se
tratara, ese espíritu que se muestra al bailar se ha quedado
encerrado, mi corazón es ahora una jaula que impide a mi imponente
canario volar. Nunca he podido mostrarlo al público. Creo que es
peor tenerlo, aprisionarlo, y sentir esa presión que te impide
disfrutar de tu pasión, que directamente, carecer de ello. Es tu
pura existencia encerrada.
Me quedo sentada en el camerino,
observándolo todo, hasta que el teatro comienza a vaciarse, se ha
quedado desierto, solo falta que pasen a limpiarlo para la próxima
función. Ahora, es mi momento, me dirijo al escenario, no hay nada
que respire en el lugar más mágico del universo, únicamente se
escuchan los latidos de mi corazón. Mi disco, aquel que llevo
siempre encima con mi canción favorita, está en mi bolsa, lo cojo y
lo pongo en el radiocasete que quedó abandonado una vez que la tan
esperada orquesta llegó. La música roba cada brizna de aire, lo
inunda todo.
Solo me dejo llevar, las manos se
mueven suavemente, mis pies comienzan a marcar el ritmo, mi cuerpo
comienza a retorcerse con unas ganas horribles de liberarse, cierro
los ojos, cada célula de mi cuerpo se convierte en música, corro,
giro, mi sangre no es ahora nada más que partituras que circulan por
mi ser, los glóbulos rojos son las notas y mi cuerpo el instrumento,
salto, soy arte. Noto como lágrimas comienzan a correr por mi rostro
humedeciéndolo. Ahora bailo una danza desenfrenada, los dedos de los
pies se aferran al suelo para luego liberarse de él en un salto
impresionante, vuelo.
Siento que comienzo a desaparecer, mi
esencia se está fundiendo con la de la música, ya no hay suficiente
espacio para mí. Algo comienza a desgarrarse dentro de mí, la jaula
de mi corazón se ha abierto y todo aquello que se encontraba entre
sus barrotes está saliendo, me mantengo en un equilibrio
imperturbable. Mi respiración es ahora acompasada, ya no veo mis
pies, ni mis manos, ni mi torso, me he desvanecido. Me he
transformado en un espíritu encerrado en la música, que se
introducirá en las entrañas de todo aquel que la escuche. Ahora soy
el perfume de la danza, sencillamente he pasado a formar parte de
otro mundo, aquel que solo se puede percatar con los más finos
sentidos, el del puro sentimiento.
Nadie me volvió a ver, me convertí en
una verdadera leyenda, la bailarina que quedó encerrada en las
entrañas del teatro. Pero al cabo de varios días, en la última
función de la temporada, cuando la primera bailarina salió a
ejecutar su solo estelar en el último acto, un canario salió del
patio de butacas y se posó en la cabeza de la bailarina. De allí no
se movió hasta los aplausos finales. Entre los vitorees y el
homenaje que parecía dirigido a la estrella despegó, y aquel
imponente canario se desvaneció en un vuelo sin fin.
Autora: Lúa Mayenco Cardenal
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