Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

La cita


Alguien me vigilaba; por el rabillo del ojo vislumbré un fulgor de plata; al volverme desapareció entre las olas.

Esa fue la primera vez que advertí su presencia. Notaba sus ojos en mi nuca; sabía que no debía volverme. Aguanté mi curiosidad y no lo hice. Era la única táctica que podría funcionar con la extraña y asustadiza criatura.

Luego comenzaron los regalos; más que presentes eran intercambios, y debo dar gracias a muchos de ellos, ya que ayudaron enormemente en mi trabajo de investigación. Como científico especialista en biología marina, recogía muestras para mi empresa. Todos los veranos mi destino variaba, unas veces alejado de la civilización a cientos de kilómetros; otras, las menos, cerca de lugares habitados; en esta ocasión el escenario era un pequeño pueblo pesquero que se ubicaba entre las altas rocas de una eterna costa embravecida.

Mi casa, situada en la cima de un enorme farallón, dominaba un área considerable de agua turquesa, animada de vez en cuando por racimos de pequeñas barcas envueltas en redes de pesca. Toda la costa se encontraba horadada, como una esponja, por un paraíso de cuevas socavadas por el vaivén del mar que hubieran hecho las delicias de los piratas. Entremezclándose con las rocas aparecían pequeñas calas de arenas de oro y sol.

Un día, sin más, empezaron los cambalaches. Mi primer obsequio, sin proponérmelo, consistió en la radio, mi eterna mascota cantarina, que siempre me acompañaba para hacerme el trabajo más ameno. Dejarla olvidada en un pequeño saliente no fue para nada intencionado. Cuando la eché de menos, el atardecer pintaba de rojos y naranjas el horizonte.

Cual fue mi sorpresa al comprobar que la radio había desparecido de su ubicación; su lugar había sido ocupado por una preciosa estrella de mar. Con mimo la deposité en una bolsa y me encaminé a mi residencia, no sin antes exclamar en voz alta:- ¡Gracias por el regalo!- Entendí el mensaje: Yo dejaba un objeto y a cambio tendría uno de los suyos. Notaba que alguien me observaba, pero por más que intenté descubrir al interfecto, no lo logré.

Los días se sucedieron velozmente; cada tarde colocaba alguna chuchería en la repisa rocosa que, a modo de buzón, nos comunicaba el uno con el otro. Primero fueron unas flores silvestres; seguidamente un bonito espejo lacado en colores; después un libro de versos; luego una diadema de zarcillos rojos; más tarde el lugar lo ocupó una pulsera y mil trastos más que ya no recuerdo.

El cambalache me transformó en el dueño de anémonas de colores; blancos corales; esponjas de variados tamaños; pequeños crustáceos. Una de las veces, incluso encontré una medusa, de unos 50 centímetros, balanceándose en una cesta de algas, el espécimen más preciado recolectado en esa costa.

Me volví más audaz y empecé a dejar notas. -¿Te gustan los libros?- ¿Cómo te llamas?-
Para mi asombro, los mensajes fueron contestados: – Sí, ¿Y a ti? – Mi nombre es Mar-

Después de unas cuantas misivas, la confianza hizo su aparición. Mi siguiente nota fue más atrevida - ¿Nos vemos?... Elige el sitio y el momento, tú decides… – acompañé el escrito con un regalo: un vaporoso vestido rosa y una cinta para el pelo –

La respuesta no se hizo esperar: – “¡Lo estoy deseando! Cuando haya oscurecido, sigue el camino de las antorchas. Te invito a cenar”.

¡Una cena! Con la mujer que me tenía obsesionado, o eso creía yo. Releí la misiva varias veces para asegurarme de que había entendido la nota. ¿Y si quien me esperaba era algún novio celoso, hermano o padre dispuesto a darme una lección? Las gentes de por allá eran bastante amables pero cerradas para con los suyos. El enigma del lugar me tenía en ascuas: ¿camino de antorchas?; estaba seguro de que el atardecer me daría la respuesta.

Cuando el sol se puso, comencé a distinguir pequeñas luces en la playa. Me convencí de que quienquiera que me esperaba no quería causarme ningún daño. Me encaminé hacia los destellos luminosos. Un sendero de diminutas hogueras me condujo a la entrada de una gigantesca y centelleante gruta que había quedado al descubierto en la pleamar. Un agradable fuego bailaba en el centro de la misma; el resplandor se reflejaba en las paredes de la cueva como en un espejo.
Allí estaba ella. Casi como la había imaginado.
-¡Hola, Alberto! –
El roce de sus labios en los míos, su olor a algas me dejaron completamente a su merced.
– ¡Hola Mar! – Fue todo lo que pude articular paralizado por la sorpresa. Me sentó a su lado. Una roca, que hacía las veces de mesa, exponía a modo de escaparate, toda clase de ricos frutos marinos; erizos, gambas; ensaladas de exóticas algas; cangrejos; ostras. Comí con gran apetito al igual que mi anfitriona, acompañaba a los alimentos un extraño licor, de sabor exótico, que ligaba muy bien con tan exquisitas viandas.

Radiante en su seda rosa se acercó a mí. Resplandecía como una joya. Su cabello irisado caía en ondas por su espalda. Su soberbia y sinuosa silueta se movía al compás de una dulce melodía que entonaba con sus preciosos labios entreabiertos. Su figura se pegó a la mía. Sus manos, suaves y aterciopeladas, recorrieron mi cuerpo.

Perdí la noción del tiempo y del espacio. Me uní a ella una y mil veces perdido entre su olor de algas y sus besos de sal. Las palabras de amor flotaban en mi mente, unas susurradas, otras insinuadas. Había música en cada hueco de su cuerpo, en cada curva de sus senos y caderas. Era tan bella que parecía irreal.

La noche terminó diluyéndose entre los dedos de luz que rasgaban el velo de las tinieblas. Con gran pesar la acompañé a la orilla de la playa. Me incliné para alcanzar a oír sus postreras palabras: – ¡Vendré a buscarte, amor mío, la próxima luna llena! – Y se alejó de mí con un último y apasionado beso. Pude ver el reflejo de las escamas de su cola mientras se perdía en la bruma del amanecer.

Autora: María Teresa Echeverría Sánchez

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