Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

Entre perras y asesinos

Yo empecé a putiar a los quince años. A mí me tocó irme para el prostíbulo de las gloriosas porque estaba necesitada de trabajo. Pensaba que la única salvación para mí, era la de vivir de callejera. Por allá entonces me fui de regalada a los hombres. Aún recuerdo que era un sábado de fiestas en la ciudad. Al día de hoy, no puedo olvidar ese pasado ni con dolencia a pesar de haberlo intentado. En la mala, me sufro es sin la gracia y sin la juventud, que nunca tuve con alegría. Bueno, pero si mal no estoy, llegué rápidamente a ese antro con la ambición de ganar plata. Era eso de la media tarde en armenia. Yo fui ingresando de seria a un salón amplio, mientras me recibía entre risas, la doña del negocio, Esmeralda. Ella me saludó con mucha felicidad al verme toda pollita. Claro que yo ya venía de recomendada. Así que sin tanta escaramuza, me sentó en un mueble rojo y a lo graciosa, me fue aceptando entre las putas.
Pasaron varios minutos, entre los cuales ella me explicó como era el vuelto con los clientes. Que había que tratarlos con ternura. Que aquí no se toleraban las peleas. Del resto, que para ella era la mitad del dinero, que yo recogiera por cada uno de mis visitantes, descontando el alquiler del salón. Ya lo sobrante, sí me lo podía quedar para mis gastos, lo cual fue medio cierto. Así bien, las cosas se me quedaron claras, aparte de que dejaban tirar en especial a los manes, que se pusieran el condón. Más a lo terco, si ellos no hacían caso, pues que una podía negarse rápido, gritando tres veces nomás, para que les tocaran a la puerta. Entre tanto a quienes les gustara la mamada con la chorreada; simplemente que pagaran el doble de la tarifa y por anticipado.
En fin, una vez Esmeralda acabó de hablarme, las viejas pasaron a abrir ese chuzo. Yo por mi parte, esperé casi media hora a solas, hasta cuando me llegó el primero de la trajinada. Era un abogado de unos treinta años, nada más que eso en su jeta. Olía a vicio y a cerveza. Apenas pasó a la sala en donde estábamos las coquetas, se quedó mirándome él por un largo rato, hasta cuando decidió llamar a matrona, para que yo le hiciera el vuelto. Eso no dejaba de morbosearme las tetas. En cuanto a mí, no dije ni una palabra, ni me puse de necia. Sólo me tocó recibirlo con desgana. Para lo obvio, me levanté del sofá y nos fuimos para la cobacha, sin la menor tardanza. Eso allá se peló todo rápido. Eso se vino encima de mí con violencia. Luego me bajó las tangas con descaro y me cogió por las nalgas, según como me fue gritando; Sí, dame chocha, dale a eso duro, dame más chocha de la rica, china rica, perrita, sí, dámela toda ya, vente, perra, vente ya. Del otro desencanto, se sacó la verga por un instante y sin pensarla ni nada, me la fue metiendo otra vez, pero ahora por el culo, hasta cuando más no pudo hacerme sangrar. Por supuesto que grité hasta donde me alcanzaron las fuerzas. Pero ninguna de las viejas me puso cuidado, ni nadie me salvó de sus garras. Entre los mismos actos, se botó hasta que se mamó, babeando una vaina no blanca sino amarillenta. Ya la gonorrea, cuando acabó de ser bestia, fue y recogió sus ropas del piso, se vistió con frescura, se acomodó la camisa y despacio se fue yendo del cuarto, fumándose un cigarrillo. En cuanto a mí, me quedé ahí tirada en el camastro, llorando como si fuera una magdalena, durante algo más de tres horas.
De las otras sobras pesarosas, desde ahí desde ese abuso, pues vine a quedar preñada del hijueputa. No me di ni cuenta de las cosas. Los cólicos aparecieron lentamente y la barriga me creció. El chino nació y yo no lo niego. Es mi hijo y lo amo de corazón. Ahora así, como medio mal, desde ese episodio de oscuridad supe lo que es putiar y por eso al que me la viola, lo voy es pero quebrado, partida de pirobos; malparidos, los quiero matar.

Autor:  Rusvelt Julián Nivia Castellanos

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