Yo empecé a putiar
a los quince años. A mí me tocó irme para el prostíbulo de las
gloriosas porque estaba necesitada de trabajo. Pensaba que la única
salvación para mí, era la de vivir de callejera. Por allá entonces
me fui de regalada a los hombres. Aún recuerdo que era un sábado de
fiestas en la ciudad. Al día de hoy, no puedo olvidar ese pasado ni
con dolencia a pesar de haberlo intentado. En la mala, me sufro es
sin la gracia y sin la juventud, que nunca tuve con alegría. Bueno,
pero si mal no estoy, llegué rápidamente a ese antro con la
ambición de ganar plata. Era eso de la media tarde en armenia. Yo
fui ingresando de seria a un salón amplio, mientras me recibía
entre risas, la doña del negocio, Esmeralda. Ella me saludó con
mucha felicidad al verme toda pollita. Claro que yo ya venía de
recomendada. Así que sin tanta escaramuza, me sentó en un mueble
rojo y a lo graciosa, me fue aceptando entre las putas.
Pasaron varios
minutos, entre los cuales ella me explicó como era el vuelto con los
clientes. Que había que tratarlos con ternura. Que aquí no se
toleraban las peleas. Del resto, que para ella era la mitad del
dinero, que yo recogiera por cada uno de mis visitantes, descontando
el alquiler del salón. Ya lo sobrante, sí me lo podía quedar para
mis gastos, lo cual fue medio cierto. Así bien, las cosas se me
quedaron claras, aparte de que dejaban tirar en especial a los manes,
que se pusieran el condón. Más a lo terco, si ellos no hacían
caso, pues que una podía negarse rápido, gritando tres veces nomás,
para que les tocaran a la puerta. Entre tanto a quienes les gustara
la mamada con la chorreada; simplemente que pagaran el doble de la
tarifa y por anticipado.
En fin, una vez
Esmeralda acabó de hablarme, las viejas pasaron a abrir ese chuzo.
Yo por mi parte, esperé casi media hora a solas, hasta cuando me
llegó el primero de la trajinada. Era un abogado de unos treinta
años, nada más que eso en su jeta. Olía a vicio y a cerveza.
Apenas pasó a la sala en donde estábamos las coquetas, se quedó
mirándome él por un largo rato, hasta cuando decidió llamar a
matrona, para que yo le hiciera el vuelto. Eso no dejaba de
morbosearme las tetas. En cuanto a mí, no dije ni una palabra, ni me
puse de necia. Sólo me tocó recibirlo con desgana. Para lo obvio,
me levanté del sofá y nos fuimos para la cobacha, sin la menor
tardanza. Eso allá se peló todo rápido. Eso se vino encima de mí
con violencia. Luego me bajó las tangas con descaro y me cogió por
las nalgas, según como me fue gritando; Sí, dame chocha, dale a eso
duro, dame más chocha de la rica, china rica, perrita, sí, dámela
toda ya, vente, perra, vente ya. Del otro desencanto, se sacó la
verga por un instante y sin pensarla ni nada, me la fue metiendo otra
vez, pero ahora por el culo, hasta cuando más no pudo hacerme
sangrar. Por supuesto que grité hasta donde me alcanzaron las
fuerzas. Pero ninguna de las viejas me puso cuidado, ni nadie me
salvó de sus garras. Entre los mismos actos, se botó hasta que se
mamó, babeando una vaina no blanca sino amarillenta. Ya la gonorrea,
cuando acabó de ser bestia, fue y recogió sus ropas del piso, se
vistió con frescura, se acomodó la camisa y despacio se fue yendo
del cuarto, fumándose un cigarrillo. En cuanto a mí, me quedé ahí
tirada en el camastro, llorando como si fuera una magdalena, durante
algo más de tres horas.
De las otras sobras
pesarosas, desde ahí desde ese abuso, pues vine a quedar preñada
del hijueputa. No me di ni cuenta de las cosas. Los cólicos
aparecieron lentamente y la barriga me creció. El chino nació y yo
no lo niego. Es mi hijo y lo amo de corazón. Ahora así, como medio
mal, desde ese episodio de oscuridad supe lo que es putiar y por eso
al que me la viola, lo voy es pero quebrado, partida de pirobos;
malparidos, los quiero matar.
Autor: Rusvelt Julián Nivia Castellanos
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