Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

El último beso


Aquel caballero que en vida, por ver apartada su suerte de la de su amada, se adentró en la habitación (apartándose de la gente, que le cedió el paso) y se acercó al lecho de la moribunda. Allí se inclinó un poco, tanto que casi sentía el resuello de ésta en la propia piel:
-Aún me has de dar el último beso- le explicó ella rodeándolo por el cuello.
-María, tú estás casada. Tu marido…
Y no quiso acceder al deseo de ella; aunque ésta, llevada por el delirio de las fiebres que tarde o temprano la llevarían al otro mundo, proseguía con sus ruegos:
-Me debes dar ese beso que me negaste hace mucho, si no, no iré al Cielo.
Él se negaba y volvía el rostro hacia el marido; éste le hizo un gesto con la cabeza accediendo a la petición.
Aquel beso sacrílego se produjo cuando él posó sus labios en los de ella y un suspiro de alivio apagó en su boca el ansia que tenía. Después murió con toda calma.
Mas el caballero, que seguía enamorado de ella, la tomó entre las sábanas de holanda y la atrajo hacia sí; no quería separarse de ella.
-Vida mía- musitaba-, ¿por qué me abandonaste? ¡Si no hubiera sido tu capricho dejar mis brazos por los de otro, hoy podríamos ser felices! Tú y tu deseo de enriquecerte tienen la culpa de que ahora estemos así.
Los asistentes al fallecimiento de la joven lo miraban impertérritos, conmovidos por sus sentimientos de pasión y dolor. Él no dejaba ni un momento de mirarla con ternura; se acordaba del tiempo en que habían sido felices y aún no era consciente de que lo que tenía entre sus brazos era un cuerpo inerte, un cuerpo muerto y no una mujer enamorada.
Se hizo el silencio en el cuarto. Salvo por alguna tos que otra, hubiera pensado aquel enamorado que se encontraba solo.
El esposo, no pudiendo soportar más la situación indicó a los presentes que lo auxiliaran.
-María, María- repetía él sin separarse un minuto de su amada.
Ella caía lánguida, con sus brazos extendidos y la mirada fija en el techo: una mirada extraviada y yerta.
Lo apartaron como pudieron de la difunta, a la que besaba todo el cuerpo.
Y el marido, celoso, lo hizo arrojar de allí a la calle, sin más consuelo para aquel hidalgo que aquel último y profano beso.

Autora: Silvia Patón Cordero

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