Aquel caballero que en vida, por ver apartada su suerte de la de su
amada, se adentró en la habitación (apartándose de la gente, que
le cedió el paso) y se acercó al lecho de la moribunda. Allí se
inclinó un poco, tanto que casi sentía el resuello de ésta en la
propia piel:
-Aún me has de dar el último beso- le explicó ella rodeándolo por
el cuello.
-María, tú estás casada. Tu marido…
Y no quiso acceder al deseo de ella; aunque ésta, llevada por el
delirio de las fiebres que tarde o temprano la llevarían al otro
mundo, proseguía con sus ruegos:
-Me debes dar ese beso que me negaste hace mucho, si no, no iré al
Cielo.
Él se negaba y volvía el rostro hacia el marido; éste le hizo un
gesto con la cabeza accediendo a la petición.
Aquel beso sacrílego se produjo cuando él posó sus labios en los
de ella y un suspiro de alivio apagó en su boca el ansia que tenía.
Después murió con toda calma.
Mas el caballero, que seguía enamorado de ella, la tomó entre las
sábanas de holanda y la atrajo hacia sí; no quería separarse de
ella.
-Vida mía- musitaba-, ¿por qué me abandonaste? ¡Si no hubiera
sido tu capricho dejar mis brazos por los de otro, hoy podríamos ser
felices! Tú y tu deseo de enriquecerte tienen la culpa de que ahora
estemos así.
Los asistentes al fallecimiento de la joven lo miraban impertérritos,
conmovidos por sus sentimientos de pasión y dolor. Él no dejaba ni
un momento de mirarla con ternura; se acordaba del tiempo en que
habían sido felices y aún no era consciente de que lo que tenía
entre sus brazos era un cuerpo inerte, un cuerpo muerto y no una
mujer enamorada.
Se hizo el silencio en el cuarto. Salvo por alguna tos que otra,
hubiera pensado aquel enamorado que se encontraba solo.
El esposo, no pudiendo soportar más la situación indicó a los
presentes que lo auxiliaran.
-María, María- repetía él sin separarse un minuto de su amada.
Ella caía lánguida, con sus brazos extendidos y la mirada fija en
el techo: una mirada extraviada y yerta.
Lo apartaron como pudieron de la difunta, a la que besaba todo el
cuerpo.
Y el marido, celoso, lo hizo arrojar de allí a la calle, sin más
consuelo para aquel hidalgo que aquel último y profano beso.
Autora: Silvia Patón Cordero
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