¿Quién soy yo? Yo era uno de esos
individuos a los que la sociedad ha dado la espalda. Yo era uno de
esos tipos detestables que, como cucarachas, invadíamos las calles
de Nueva York perturbando la tranquilidad de sus calles. Yo era un
simple carterista, un hombre cuyo único hogar era la calle y cuya
única religión era la navaja. Mis padres murieron y nunca soporté
los estudios (un defecto que, parece ser, es imperdonable). Fue la
propia sociedad la que me empujó a esa vida y la que luego me
condenó. Tampoco era nada extraño, dada la vida que llevaba: robos,
atracos y alguna que otra violación, tráfico de drogas, multas de
aparcamiento… era solo cuestión de tiempo acabar frente a un juez.
A mis escasos
veintitrés años a lo máximo a lo que podía aspirar era a ser
carne de presidio y la perspectiva de pasar los mejores años de mi
vida en un antro asqueroso, rodeado de criminales y asesinos,
vigilado constantemente, comiendo bazofia y encerrado en una sucia
celda, privado de la libertad de las calles, me parecía entonces lo
peor que podía pasarme. En estos momentos nada anhela más mi alma
de oveja negra de la sociedad es estar en esa detestable celda…Aún
recuerdo las palabras del juez, aunque también era de esperar, un
carterista y delincuente callejero, sin familia, sin amigos, sin
contactos con ninguna mafia ni nada que pudiera interesar lo más
mínimo a nadie, estaba escrito que mi destino era morir en la más
absoluta ignorancia y para morir nada mejor que meterse de cabeza en
la mayor locura que el hombre ha podido imaginar de las muchas que
pueden pasar por su mente: la guerra, en mi caso, esa que se libraba
en Europa y que llamaban Segunda Guerra Mundial.
Así fue como me
vi metido en esto. Es cierto que cuando estás al borde de la muerte
toda tu vida pasa ante tus ojos como una película de cine, de otro
modo jamás hubiera pensado en todo esto en la situación en la que
me encontraba. Perdido en un bosque de Normandía, en Francia, herido
en un brazo, empapado, calado hasta los huesos, con un fusil que se
caía a pedazos y aislado completamente de mi pelotón. A mi
espalda, una playa cuyas aguas azules se hallaban teñidas del rojo
de la sangre y cubiertas por la mugre y el polvo de las explosiones y
la metralla de la que aún no me explico cómo logré salir. Ante mí,
un bosque muy seguramente lleno de esos demonios nazis de los que
tantos me habían hablado
. ´´El Día D´´,
nos decían ´´El día en que cambiaremos el destino de Europa´´
´´El día en que libraremos al mundo de la tiranía del mal´´
Maldita sea, por un momento en mi vida me creí alguien, me sentí
como un noble caballero de brillante armadura que lucha
valientemente por el bien y que, inexplicablemente, siempre gana y se
queda con la princesa guapa. Creo que eso es lo que querían que
sintiésemos y eso hicimos hasta que las balas nos arrancaron la
sangre y las esperanzas. La verdad es que yo solo era un joven
perdido en un país extranjero, en una guerra que yo, ni provoqué ni
quise pero en la que iba a morir. No me sentía un héroe, solo
afortunado por seguir vivo y por mi madre muerta que eso iba a hacer.
Determiné dejar la matanza y la gloria a los otros, yo,
tranquilamente, me tumbé contra un árbol con el fusil sobre mi
pecho, deseando no encontrarme con ningún enemigo. El cielo estaba
ennegrecido por el humo, las explosiones de artillería retumbaban
como auténticos terremotos y emitían un sonido ensordecedor.
Sobreviví a la
playa de pura suerte y me refugié en el bosque, yo solo no podría
ganar esa guerra, ni podía ni quería. Y parece ser que algo así
pensó el nazi que me encontré. Le vi antes que él a mí, Era un
joven, más o menos de mi misma edad, pero rubio y de ojos azules,
llevaba un uniforme gris desgarrado y descolocado y una metralleta en
las manos. Vi el temor en sus ojos. Desde luego aquel joven n o era
el prototipo de demonio que nos habían inculcado, todo lo contrario,
parecía tan confuso y desorientado como yo. De todos modos era
enemigo. Miré mi fusil, estaba empapado y, en mi huida, lo golpeé
contra una trampa antitanque, se le había soltado el cerrojo. Lo
único que podía hacer ese cacharro era explotarme en la mano si
intentase disparar con él. Pensé en pasar desapercibido pero el
nazi me vio y, emitiendo un grito de sorpresa y miedo, preparó su
metralleta y disparó. Yo me agazapé contra el árbol mientras las
balas silbaban en todas direcciones. El pobre estaba tan nervioso que
no podía apuntar siquiera pero él, al menos, tenía un arma y yo no
pero, carterista como era, estaba acostumbrado a las peleas
callejeras. Cuando el chorro de balas cesó, me asomé y vi que el
pobre joven estaba intentando recargar el arma. Sin dejarle tiempo y
gritando salvajemente, me abalancé contra él y le tiré al suelo,
quitándole el arma. Como en mis peleas de bandas, le agarré por la
chaqueta, dispuesto a descargar un puñetazo sobre su cara cuando una
explosión de mortero se oyó cerca, muy cerca. No sé en qué
estarían pensando los puñeteros artilleros pero estaban disparando
al bosque. La metralla nos pasó muy cerca, demasiado. Pronto,
cayeron dos o tres proyectiles más. Olvidé al nazi, lo que me
importaba era escapar. Me levanté y corrí pero, apenas di dos
pasos, me tropecé y caí de bruces al suelo. Me vi perdido.
Entonces, unos brazos me agarraron y me ayudaron a levantarme, era el
nazi, que me decía cosas en su idioma, algo como ´´Schnell,
schnell!´
Los dos salimos
corriendo, escapando de la artillería que martillaba nuestros oídos
y hacía saltar tierra y metralla por todos lados. Encontramos un
pliegue del terreno y, por señas, nos pusimos de acuerdo para
refugiarnos bajo él, era una concavidad natural de tierra formada
por las raíces de varios árboles. Nos protegería de la metralla.
Rápidamente nos refugiamos allí. Era un hueco pequeño así que
acabamos sentados uno junto al otro, heridos, agotados y perdidos.
Entonces recordé que era un enemigo y tuve la intención de darle el
pretendido puñetazo pero entonces recordé cómo me había ayudado a
levantarme pudiendo haberme dejado allí o pudiendo haberme dado un
pisotón en el cuello. Por otra parte, yo no tenía nada en contra de
él, ni él nada en contra de mí. Le sonreí en muestra de amistad y
él me sonrió y me tendió su mano. ´´Hans´´ Dijo, supuse
que era su nombre, le estreché la mano y le dije ´´Nathaniel´´.
La lluvia de artillería, lejos de parar, se hacía cada vez más
intensa. Hans se llevó la mano al bolsillo, tratándose de un
demonio como me habían dicho, pensé que sacaría una navaja, pero
solo sacó una billetera y un par de fotos, arrugadas. En una de
ellas se veía una familia como la que yo nunca tuve. El padre, la
madre, el abuelo, la abuela, la hija y el hijo, que era Hans, incluso
tenían un perro. La otra foto era de una joven de cabellos largos y
rizados y una sonrisa que, incluso a través del papel, deslumbraba.
Miré a Hans y él me hizo un gesto, como poniéndose un anillo en
el dedo, asentí, había entendido, aquella mujer era su prometida.
Le devolví las fotos y él me hizo un gesto interrogativo con la
cabeza, preguntándome por mi familia. Yo le sonreí y, con gestos,
desplegué de nuevo la imagen de su familia. Señalé a sus padres y
le dije por señas que los míos estaban muertos, que no tenía ni
hermanas ni abuelos y, mucho menos, prometida. Él puso gesto de
pena y me dio un amistoso golpe en la espada. No sé cuánto tiempo
estuvimos refugiados allí, callados, quizá minutos, quizá horas…
No se lo indiqué
por gestos, pero pensé que el pobre Hans tenía mucho más que
perder en esta guerra que yo. Me hizo un par de gestos, como
indicando algo que pasó antes y luego el indiscutible gesto de
alguien que escribe. Me entregó, luego, una hoja llena de tachones y
correcciones. Parecía un poema. Hans era un poeta antes de la
guerra. Le fui a hacer un gesto en contestación pero entonces nos
dimos cuenta de que el bombardeo de artillería había cesado. Nos
callamos los dos. La tierra temblaba ligeramente movida por el enorme
peso y el poderío de las orugas de los blindados. Era hora de irse.
Salimos de nuestro refugio y nos miramos fijamente. Hans me sonrió y
me dio la mano pero yo, directamente, le di un abrazo, que él me
devolvió. Le deseé de corazón que pudiese volver a ver a su
familia y a casarse con su prometida y nos despedimos. Cada uno fue
corriendo hacia sus líneas. Me parecía increíble que, hace no
tanto tiempo, había querido matar a ese hombre solo porque un
oficial me lo dijo.
Yo no tardé en
encontrarme con un reducido grupo de los míos que habían logrado
salvar un tanque Sherman de la playa. Poco a poco fuimos reuniéndonos
y quitándoles terreno a nuestros enemigos. Mi grupo nunca entró en
combate directamente, solo intercambiamos unos escasos tiros. Los
nazis que encontrábamos estaban desabastecidos y sin mando, no
tardaban en rendirse.
No merece la pena
describir todo lo que pasé en aquella guerra. Baste decir que
sobreviví, aunque muchos me tildaron de cobarde por no haber tenido
ninguna baja enemiga confirmada. Bajo mi punto de vista, los cobardes
eran ellos por arrebatar las vidas a otros solo porque los jefes se
lo decían. Sé que es raro, pero creo que Hans, el ´´demonio
nazi´´ ha sido el único amigo que he tenido, ha sido el único que
me ha enseñado algo de él, ha sido el único que ha compartido
conmigo momentos difíciles pese a ser, teóricamente, enemigos.
A mí me han
llamado estúpido millones de veces por no acabar siquiera el colegio
pero yo creo que los estúpidos son esa pandilla de generales,
comandantes y políticos de todos los países que obligan a la gente
a matarse por motivos que solamente ellos comprenden o valoran. Estoy
completamente seguro que, si cada persona conociera a la que va a
disparar, no lo haría. Estoy convencido de que, si nos preocupásemos
un poco más por hablar y un poco menos por matar, evitaríamos que
muchísimas jóvenes prometidas y muchísimas familias derramasen
mares de lágrimas porque un ser querido ha muerto en una guerra sin
sentido.
Cuando acabó la
guerra abandoné las calles y me busqué empleo como albañil y me
juré no herir a nadie más en toda mi vida.
No volví a saber
de Hans, deseo que esté ahora abrazado a su prometida, ya esposa,
rodeado por su familia. No sé si volveré a verle, quizá en ese
Cielo al que, dicen, vamos al morir, pero sé que aquel momento nos
marcó a ambos de por vida. A mí, desde luego, me enseño algo que
nadie me podría haber enseñado. Si todos amamos la paz ¿por qué
la guerra? También me enseñó lo fácil que es la paz, basta con
que cada uno de nosotros intentemos ser amigos del que tenemos al
lado, o de frente. Si cada soldado tuviera a un Hans como yo lo tuve,
no habría guerras por gestos tan pequeños como enseñar una foto o
un poema.
Autor: Edgar Jiménez García
Me ha gustado mucho. Acción bélica bien descrita y una enseñanza muy bonita. Un saludo y a seguir escribiendo
ResponderEliminar