Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

Día de dolor


¿Quién soy yo? Yo era uno de esos individuos a los que la sociedad ha dado la espalda. Yo era uno de esos tipos detestables que, como cucarachas, invadíamos las calles de Nueva York perturbando la tranquilidad de sus calles. Yo era un simple carterista, un hombre cuyo único hogar era la calle y cuya única religión era la navaja. Mis padres murieron y nunca soporté los estudios (un defecto que, parece ser, es imperdonable). Fue la propia sociedad la que me empujó a esa vida y la que luego me condenó. Tampoco era nada extraño, dada la vida que llevaba: robos, atracos y alguna que otra violación, tráfico de drogas, multas de aparcamiento… era solo cuestión de tiempo acabar frente a un juez.
A mis escasos veintitrés años a lo máximo a lo que podía aspirar era a ser carne de presidio y la perspectiva de pasar los mejores años de mi vida en un antro asqueroso, rodeado de criminales y asesinos, vigilado constantemente, comiendo bazofia y encerrado en una sucia celda, privado de la libertad de las calles, me parecía entonces lo peor que podía pasarme. En estos momentos nada anhela más mi alma de oveja negra de la sociedad es estar en esa detestable celda…Aún recuerdo las palabras del juez, aunque también era de esperar, un carterista y delincuente callejero, sin familia, sin amigos, sin contactos con ninguna mafia ni nada que pudiera interesar lo más mínimo a nadie, estaba escrito que mi destino era morir en la más absoluta ignorancia y para morir nada mejor que meterse de cabeza en la mayor locura que el hombre ha podido imaginar de las muchas que pueden pasar por su mente: la guerra, en mi caso, esa que se libraba en Europa y que llamaban Segunda Guerra Mundial.
Así fue como me vi metido en esto. Es cierto que cuando estás al borde de la muerte toda tu vida pasa ante tus ojos como una película de cine, de otro modo jamás hubiera pensado en todo esto en la situación en la que me encontraba. Perdido en un bosque de Normandía, en Francia, herido en un brazo, empapado, calado hasta los huesos, con un fusil que se caía a pedazos y aislado completamente de mi pelotón. A mi espalda, una playa cuyas aguas azules se hallaban teñidas del rojo de la sangre y cubiertas por la mugre y el polvo de las explosiones y la metralla de la que aún no me explico cómo logré salir. Ante mí, un bosque muy seguramente lleno de esos demonios nazis de los que tantos me habían hablado
. ´´El Día D´´, nos decían ´´El día en que cambiaremos el destino de Europa´´ ´´El día en que libraremos al mundo de la tiranía del mal´´ Maldita sea, por un momento en mi vida me creí alguien, me sentí como un noble caballero de brillante armadura que lucha valientemente por el bien y que, inexplicablemente, siempre gana y se queda con la princesa guapa. Creo que eso es lo que querían que sintiésemos y eso hicimos hasta que las balas nos arrancaron la sangre y las esperanzas. La verdad es que yo solo era un joven perdido en un país extranjero, en una guerra que yo, ni provoqué ni quise pero en la que iba a morir. No me sentía un héroe, solo afortunado por seguir vivo y por mi madre muerta que eso iba a hacer. Determiné dejar la matanza y la gloria a los otros, yo, tranquilamente, me tumbé contra un árbol con el fusil sobre mi pecho, deseando no encontrarme con ningún enemigo. El cielo estaba ennegrecido por el humo, las explosiones de artillería retumbaban como auténticos terremotos y emitían un sonido ensordecedor.
Sobreviví a la playa de pura suerte y me refugié en el bosque, yo solo no podría ganar esa guerra, ni podía ni quería. Y parece ser que algo así pensó el nazi que me encontré. Le vi antes que él a mí, Era un joven, más o menos de mi misma edad, pero rubio y de ojos azules, llevaba un uniforme gris desgarrado y descolocado y una metralleta en las manos. Vi el temor en sus ojos. Desde luego aquel joven n o era el prototipo de demonio que nos habían inculcado, todo lo contrario, parecía tan confuso y desorientado como yo. De todos modos era enemigo. Miré mi fusil, estaba empapado y, en mi huida, lo golpeé contra una trampa antitanque, se le había soltado el cerrojo. Lo único que podía hacer ese cacharro era explotarme en la mano si intentase disparar con él. Pensé en pasar desapercibido pero el nazi me vio y, emitiendo un grito de sorpresa y miedo, preparó su metralleta y disparó. Yo me agazapé contra el árbol mientras las balas silbaban en todas direcciones. El pobre estaba tan nervioso que no podía apuntar siquiera pero él, al menos, tenía un arma y yo no pero, carterista como era, estaba acostumbrado a las peleas callejeras. Cuando el chorro de balas cesó, me asomé y vi que el pobre joven estaba intentando recargar el arma. Sin dejarle tiempo y gritando salvajemente, me abalancé contra él y le tiré al suelo, quitándole el arma. Como en mis peleas de bandas, le agarré por la chaqueta, dispuesto a descargar un puñetazo sobre su cara cuando una explosión de mortero se oyó cerca, muy cerca. No sé en qué estarían pensando los puñeteros artilleros pero estaban disparando al bosque. La metralla nos pasó muy cerca, demasiado. Pronto, cayeron dos o tres proyectiles más. Olvidé al nazi, lo que me importaba era escapar. Me levanté y corrí pero, apenas di dos pasos, me tropecé y caí de bruces al suelo. Me vi perdido. Entonces, unos brazos me agarraron y me ayudaron a levantarme, era el nazi, que me decía cosas en su idioma, algo como ´´Schnell, schnell!´
Los dos salimos corriendo, escapando de la artillería que martillaba nuestros oídos y hacía saltar tierra y metralla por todos lados. Encontramos un pliegue del terreno y, por señas, nos pusimos de acuerdo para refugiarnos bajo él, era una concavidad natural de tierra formada por las raíces de varios árboles. Nos protegería de la metralla. Rápidamente nos refugiamos allí. Era un hueco pequeño así que acabamos sentados uno junto al otro, heridos, agotados y perdidos. Entonces recordé que era un enemigo y tuve la intención de darle el pretendido puñetazo pero entonces recordé cómo me había ayudado a levantarme pudiendo haberme dejado allí o pudiendo haberme dado un pisotón en el cuello. Por otra parte, yo no tenía nada en contra de él, ni él nada en contra de mí. Le sonreí en muestra de amistad y él me sonrió y me tendió su mano. ´´Hans´´ Dijo, supuse que era su nombre, le estreché la mano y le dije ´´Nathaniel´´. La lluvia de artillería, lejos de parar, se hacía cada vez más intensa. Hans se llevó la mano al bolsillo, tratándose de un demonio como me habían dicho, pensé que sacaría una navaja, pero solo sacó una billetera y un par de fotos, arrugadas. En una de ellas se veía una familia como la que yo nunca tuve. El padre, la madre, el abuelo, la abuela, la hija y el hijo, que era Hans, incluso tenían un perro. La otra foto era de una joven de cabellos largos y rizados y una sonrisa que, incluso a través del papel, deslumbraba. Miré a Hans y él me hizo un gesto, como poniéndose un anillo en el dedo, asentí, había entendido, aquella mujer era su prometida. Le devolví las fotos y él me hizo un gesto interrogativo con la cabeza, preguntándome por mi familia. Yo le sonreí y, con gestos, desplegué de nuevo la imagen de su familia. Señalé a sus padres y le dije por señas que los míos estaban muertos, que no tenía ni hermanas ni abuelos y, mucho menos, prometida. Él puso gesto de pena y me dio un amistoso golpe en la espada. No sé cuánto tiempo estuvimos refugiados allí, callados, quizá minutos, quizá horas…
No se lo indiqué por gestos, pero pensé que el pobre Hans tenía mucho más que perder en esta guerra que yo. Me hizo un par de gestos, como indicando algo que pasó antes y luego el indiscutible gesto de alguien que escribe. Me entregó, luego, una hoja llena de tachones y correcciones. Parecía un poema. Hans era un poeta antes de la guerra. Le fui a hacer un gesto en contestación pero entonces nos dimos cuenta de que el bombardeo de artillería había cesado. Nos callamos los dos. La tierra temblaba ligeramente movida por el enorme peso y el poderío de las orugas de los blindados. Era hora de irse. Salimos de nuestro refugio y nos miramos fijamente. Hans me sonrió y me dio la mano pero yo, directamente, le di un abrazo, que él me devolvió. Le deseé de corazón que pudiese volver a ver a su familia y a casarse con su prometida y nos despedimos. Cada uno fue corriendo hacia sus líneas. Me parecía increíble que, hace no tanto tiempo, había querido matar a ese hombre solo porque un oficial me lo dijo.
Yo no tardé en encontrarme con un reducido grupo de los míos que habían logrado salvar un tanque Sherman de la playa. Poco a poco fuimos reuniéndonos y quitándoles terreno a nuestros enemigos. Mi grupo nunca entró en combate directamente, solo intercambiamos unos escasos tiros. Los nazis que encontrábamos estaban desabastecidos y sin mando, no tardaban en rendirse.
No merece la pena describir todo lo que pasé en aquella guerra. Baste decir que sobreviví, aunque muchos me tildaron de cobarde por no haber tenido ninguna baja enemiga confirmada. Bajo mi punto de vista, los cobardes eran ellos por arrebatar las vidas a otros solo porque los jefes se lo decían. Sé que es raro, pero creo que Hans, el ´´demonio nazi´´ ha sido el único amigo que he tenido, ha sido el único que me ha enseñado algo de él, ha sido el único que ha compartido conmigo momentos difíciles pese a ser, teóricamente, enemigos.
A mí me han llamado estúpido millones de veces por no acabar siquiera el colegio pero yo creo que los estúpidos son esa pandilla de generales, comandantes y políticos de todos los países que obligan a la gente a matarse por motivos que solamente ellos comprenden o valoran. Estoy completamente seguro que, si cada persona conociera a la que va a disparar, no lo haría. Estoy convencido de que, si nos preocupásemos un poco más por hablar y un poco menos por matar, evitaríamos que muchísimas jóvenes prometidas y muchísimas familias derramasen mares de lágrimas porque un ser querido ha muerto en una guerra sin sentido.
Cuando acabó la guerra abandoné las calles y me busqué empleo como albañil y me juré no herir a nadie más en toda mi vida.
No volví a saber de Hans, deseo que esté ahora abrazado a su prometida, ya esposa, rodeado por su familia. No sé si volveré a verle, quizá en ese Cielo al que, dicen, vamos al morir, pero sé que aquel momento nos marcó a ambos de por vida. A mí, desde luego, me enseño algo que nadie me podría haber enseñado. Si todos amamos la paz ¿por qué la guerra? También me enseñó lo fácil que es la paz, basta con que cada uno de nosotros intentemos ser amigos del que tenemos al lado, o de frente. Si cada soldado tuviera a un Hans como yo lo tuve, no habría guerras por gestos tan pequeños como enseñar una foto o un poema.

Autor: Edgar Jiménez García

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho. Acción bélica bien descrita y una enseñanza muy bonita. Un saludo y a seguir escribiendo

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