Cuando por fin, ella abrió los ojos, lo primero que vio fue un techo
blanco. Tardó algunos minutos en razonar de donde se encontraba.
Recordó que, en aquella mañana, llegaba tarde a una importante
reunión de negocios, la cual nunca llegó.
Recordó el coche rojo invadiendo su carril y le había dado de
frente. De repente, se dio cuenta de algo, llevó las manos en el
vientre y susurró, “Mi bebe”.
El médico, un hombre de mediana edad, de rasgos campesinos, grandes
entradas en el pelo, y gafas de culo de botella, se acercó con una
sonrisa forzada.
—Lo siento, pero, no fue posible salvarle. Has quedado usted
atrapada entre los hierros del volante y la puerta del conductor y
una barra le atravesó el vientre matando al feto de inmediato.
Las palabras murieron en su garganta, solo pudo pronunciar un sonido
doloroso mientras una lágrima se abría camino por la comisura de su
ojo derecho parando en la almohada.
No volvió a preguntar por su hijo. No volvió a preguntar nada de
nada, aunque su médico, día tras día le explicaba su evolución.
Le informó que ya no volvería a embarazar, ni a caminar. Su vida
había sido confinada a una silla de ruedas.
Ella guardó silencio. Un silencio doloroso. En el fondo de su alma,
sentía como la muerte le tomaba poco a poco. Tanto habían luchado,
su marido y ella, para conseguir comprar el chalet y terminar lo
antes posible con la hipoteca. Pasaron años ahorrando para dar una
buena educación cuando decidiesen conceder una descendencia, y en
cuestión de segundos, su vida había cambiado completamente.
Cierta mañana, estaba su marido sentado al lado de su cama, leyendo
el periódico, cuando ella preguntó por el conductor del coche rojo.
—Verás —comenzó hablando el marido—, era un hombre de 42
años. Iba borracho. Esta cumpliendo pena en la cárcel porque ya
había tenido problemas con un delito similar. Conducción temeraria
a causa de ingestión de sustancias alcohólicas.
Ella giró la cabeza y miró vagamente por la ventana.
—Estuvo ingresado aquí antes de ingresar en prisión —dijo el
marido—. Tú estabas en coma.
Sus días eran iguales, en una total rutina aburrida entre idas y
venidas, ejercicios de fisioterapia y pastillas.
La levantaban todos los días después de asearla y la sentaban en
una silla frente a la ventana que daba a la calle principal. Desde
allí, veía los autobuses, los coches y el constante movimiento de
los peatones. Personas desconocidas que vivían con las prisas
metidas en el cuerpo, de la misma manera que, meses antes, vivía
ella. Ahora solo su silencio le acompañaba.
“Pasaba horas, pensando en un sueño que, desde que estaba en coma
le perseguía. Caminaba por verdes prados con su hijo. La paz que
sentía en aquel lugar le era suficiente, no necesitaba nada más, ni
comida, ni bebida, ni su propio cuerpo mutilado.”
Su marido la acompañaba todos los días desde que había despertado
del coma. También se había ocupado de las debidas reformas en la
casa, con la esperanza de que pronto, ella estaría allí. Cosa que
le tardó cinco meses más.
Sólo el ascensor de la escalera fueron ocho mil euros. Y la reforma
no paró allí, también anchó todas las puertas y cambió el baño,
adaptándolo a las necesidades de ella y contrató una enfermera.
Cuando el médico le dio el alta, todo estaba preparado para
recibirla. Todos los días después del baño, la enfermera le sacaba
a la terraza de la habitación.
En los días de sol, le adaptaba una sombrilla para que no le quemase
la piel, que ahora era como la de un bebe. Desde su silla de ruedas,
podía ver a los niños cuando pasaban, camino del colegio. Sabía
que esto le había sido arrebatado para siempre por un conductor
irresponsable.
Con el tiempo, su silencio se hizo mayor y permanente.
Su marido comenzó a hacer constantes viajes de “negocios”, pero
en el fondo, ella sabía que él había encontrado en otra persona,
lo que ella ya no podía ofrecer. Su vida estaba destinada a la
primera planta de su chalet. La enfermera ya no la bajaba, ni la
llevaba de paseo como antes. Entonces fue cuando todo ocurrió.
Coincidió en un día en que su marido estaba en casa. Ella se
encontraba sentada en la terraza, bajo la sombrilla. El sol brillaba
alto cuando aquel coche granate aparcó delante de su portilla y de
él apeó un hombre de mediana edad.
Luego escuchó sonar al timbre. Tardaron varios minutos, hasta que su
marido apareció en la puerta de la terraza. No venía solo. El
extraño le acompañaba.
Ella seguía con la mirada perdida, aunque lo conocía lo
suficientemente bien para saber que algo ocurría.
—Cariño — dijo el marido con ternura—, alguien ha venido a
verte. Le dije que no era posible, pero la insistido y después de
explicarme sus motivos, decidí que era mejor que hablaras con él.
El hombre se acercó. Tenía grandes entradas en el pelo casi gris
por completo, sus mofletes estaban colorados, la boca bastante
pequeña para una cara redonda, y enormes ojeras que intentaba
esconder detrás de las gafas.
—Señora, buenos días —tartamudeó el extraño—, he
investigado mucho para llegar hasta usted. Tenemos el mismo médico y
éste me ha explicado su condición.
Ella lo miró, pero como no lo conocía, volvió a perder la mirada
en el horizonte.
—Mi hija de 26 años —comenzó por segunda vez—, hace dos meses
se ha muerto a causa de un accidente de tráfico. El médico me ha
dicho que si sobreviviera, se quedaría tetraplégica. ¿Sabe quien
conducía el coche? —hizo una pausa— Yo, yo conducía el coche.
Veníamos de una barbacoa familiar, y una vez más invadí el carril
contrario. Lo más triste es que hace tres meses salí de prisión
por buena conducta. Estaba pagando varias penas por otros accidentes
similares.
De esta vez la pausa fue prolongada, como si el extraño esperara
alguna reacción por parte de ella. Al ver que no había ningún
movimiento, resolvió proseguir.
—Soy el hombre que le dejó en esta silla de ruedas —espetó el
extraño.
De esta vez hubo reacción. Ella lo miró. Sus ojos adquirieron un
brillo extraño, y por primera vez, desde hacía mucho tiempo, las
palabras brotaron en su garganta y salieron de su boca como un
tornado que consume toda una casa en segundos.
—¡Tú! Asesino. Fuiste tú el ser humano despreciable que me ha
arrebatado la vida y todos mis sueños —sus palabras eran como
cutillos afilados entrando en carne tierna. Sus manos se aferraron a
los reposabrazos de la silla de ruedas— Márchate asesino. Mataste
a mi hijo. Mataste a mi juventud y a mi misma y aun tienes la
capacidad de presentarte aquí….
Su marido intentó tranquilizarla, pero fue inútil. Mientras tanto,
el hombre de cabeza baja, escuchaba todas aquellas palabras callado,
aceptando su culpa.
—Sabe, me alegro que tu hija haya muerto, espero que sufras y mucho
por tu pérdida y aun así, no será lo bastante.
Los ojos del extraño se llenaron de lágrimas. Se giró en los
talones y se marchó.
Desde aquel día, ella comenzó a luchar por su vida y su mejora. Fue
como si, al saber que, su malhechor estaba sufriendo por una pérdida
similar a la suya, fuera la vitamina que necesitara para volver a la
vida. Durante los dos años siguientes, ella se divorció de su
marido, lanzó su primer libro y fundó una asociación de apoyo a
las víctimas de accidentes con alcoholismo.
Autora: Pandora Coelho
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