Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

El accidente


Cuando por fin, ella abrió los ojos, lo primero que vio fue un techo blanco. Tardó algunos minutos en razonar de donde se encontraba. Recordó que, en aquella mañana, llegaba tarde a una importante reunión de negocios, la cual nunca llegó.
Recordó el coche rojo invadiendo su carril y le había dado de frente. De repente, se dio cuenta de algo, llevó las manos en el vientre y susurró, “Mi bebe”.
El médico, un hombre de mediana edad, de rasgos campesinos, grandes entradas en el pelo, y gafas de culo de botella, se acercó con una sonrisa forzada.
—Lo siento, pero, no fue posible salvarle. Has quedado usted atrapada entre los hierros del volante y la puerta del conductor y una barra le atravesó el vientre matando al feto de inmediato.
Las palabras murieron en su garganta, solo pudo pronunciar un sonido doloroso mientras una lágrima se abría camino por la comisura de su ojo derecho parando en la almohada.
No volvió a preguntar por su hijo. No volvió a preguntar nada de nada, aunque su médico, día tras día le explicaba su evolución. Le informó que ya no volvería a embarazar, ni a caminar. Su vida había sido confinada a una silla de ruedas.
Ella guardó silencio. Un silencio doloroso. En el fondo de su alma, sentía como la muerte le tomaba poco a poco. Tanto habían luchado, su marido y ella, para conseguir comprar el chalet y terminar lo antes posible con la hipoteca. Pasaron años ahorrando para dar una buena educación cuando decidiesen conceder una descendencia, y en cuestión de segundos, su vida había cambiado completamente.
Cierta mañana, estaba su marido sentado al lado de su cama, leyendo el periódico, cuando ella preguntó por el conductor del coche rojo.
—Verás —comenzó hablando el marido—, era un hombre de 42 años. Iba borracho. Esta cumpliendo pena en la cárcel porque ya había tenido problemas con un delito similar. Conducción temeraria a causa de ingestión de sustancias alcohólicas.
Ella giró la cabeza y miró vagamente por la ventana.
—Estuvo ingresado aquí antes de ingresar en prisión —dijo el marido—. Tú estabas en coma.
Sus días eran iguales, en una total rutina aburrida entre idas y venidas, ejercicios de fisioterapia y pastillas.
La levantaban todos los días después de asearla y la sentaban en una silla frente a la ventana que daba a la calle principal. Desde allí, veía los autobuses, los coches y el constante movimiento de los peatones. Personas desconocidas que vivían con las prisas metidas en el cuerpo, de la misma manera que, meses antes, vivía ella. Ahora solo su silencio le acompañaba.
“Pasaba horas, pensando en un sueño que, desde que estaba en coma le perseguía. Caminaba por verdes prados con su hijo. La paz que sentía en aquel lugar le era suficiente, no necesitaba nada más, ni comida, ni bebida, ni su propio cuerpo mutilado.”
Su marido la acompañaba todos los días desde que había despertado del coma. También se había ocupado de las debidas reformas en la casa, con la esperanza de que pronto, ella estaría allí. Cosa que le tardó cinco meses más.
Sólo el ascensor de la escalera fueron ocho mil euros. Y la reforma no paró allí, también anchó todas las puertas y cambió el baño, adaptándolo a las necesidades de ella y contrató una enfermera.
Cuando el médico le dio el alta, todo estaba preparado para recibirla. Todos los días después del baño, la enfermera le sacaba a la terraza de la habitación.
En los días de sol, le adaptaba una sombrilla para que no le quemase la piel, que ahora era como la de un bebe. Desde su silla de ruedas, podía ver a los niños cuando pasaban, camino del colegio. Sabía que esto le había sido arrebatado para siempre por un conductor irresponsable.
Con el tiempo, su silencio se hizo mayor y permanente.
Su marido comenzó a hacer constantes viajes de “negocios”, pero en el fondo, ella sabía que él había encontrado en otra persona, lo que ella ya no podía ofrecer. Su vida estaba destinada a la primera planta de su chalet. La enfermera ya no la bajaba, ni la llevaba de paseo como antes. Entonces fue cuando todo ocurrió.
Coincidió en un día en que su marido estaba en casa. Ella se encontraba sentada en la terraza, bajo la sombrilla. El sol brillaba alto cuando aquel coche granate aparcó delante de su portilla y de él apeó un hombre de mediana edad.
Luego escuchó sonar al timbre. Tardaron varios minutos, hasta que su marido apareció en la puerta de la terraza. No venía solo. El extraño le acompañaba.
Ella seguía con la mirada perdida, aunque lo conocía lo suficientemente bien para saber que algo ocurría.
—Cariño — dijo el marido con ternura—, alguien ha venido a verte. Le dije que no era posible, pero la insistido y después de explicarme sus motivos, decidí que era mejor que hablaras con él.
El hombre se acercó. Tenía grandes entradas en el pelo casi gris por completo, sus mofletes estaban colorados, la boca bastante pequeña para una cara redonda, y enormes ojeras que intentaba esconder detrás de las gafas.
—Señora, buenos días —tartamudeó el extraño—, he investigado mucho para llegar hasta usted. Tenemos el mismo médico y éste me ha explicado su condición.
Ella lo miró, pero como no lo conocía, volvió a perder la mirada en el horizonte.
—Mi hija de 26 años —comenzó por segunda vez—, hace dos meses se ha muerto a causa de un accidente de tráfico. El médico me ha dicho que si sobreviviera, se quedaría tetraplégica. ¿Sabe quien conducía el coche? —hizo una pausa— Yo, yo conducía el coche. Veníamos de una barbacoa familiar, y una vez más invadí el carril contrario. Lo más triste es que hace tres meses salí de prisión por buena conducta. Estaba pagando varias penas por otros accidentes similares.
De esta vez la pausa fue prolongada, como si el extraño esperara alguna reacción por parte de ella. Al ver que no había ningún movimiento, resolvió proseguir.
—Soy el hombre que le dejó en esta silla de ruedas —espetó el extraño.
De esta vez hubo reacción. Ella lo miró. Sus ojos adquirieron un brillo extraño, y por primera vez, desde hacía mucho tiempo, las palabras brotaron en su garganta y salieron de su boca como un tornado que consume toda una casa en segundos.
—¡Tú! Asesino. Fuiste tú el ser humano despreciable que me ha arrebatado la vida y todos mis sueños —sus palabras eran como cutillos afilados entrando en carne tierna. Sus manos se aferraron a los reposabrazos de la silla de ruedas— Márchate asesino. Mataste a mi hijo. Mataste a mi juventud y a mi misma y aun tienes la capacidad de presentarte aquí….
Su marido intentó tranquilizarla, pero fue inútil. Mientras tanto, el hombre de cabeza baja, escuchaba todas aquellas palabras callado, aceptando su culpa.
—Sabe, me alegro que tu hija haya muerto, espero que sufras y mucho por tu pérdida y aun así, no será lo bastante.
Los ojos del extraño se llenaron de lágrimas. Se giró en los talones y se marchó.
Desde aquel día, ella comenzó a luchar por su vida y su mejora. Fue como si, al saber que, su malhechor estaba sufriendo por una pérdida similar a la suya, fuera la vitamina que necesitara para volver a la vida. Durante los dos años siguientes, ella se divorció de su marido, lanzó su primer libro y fundó una asociación de apoyo a las víctimas de accidentes con alcoholismo.

Autora: Pandora Coelho

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