Te digo:
¿adónde vamos con esta pobreza vaciándonos de lágrimas a la hora
de la pordiosera desdicha cuando ya no regresa ni una vendimia de
ratas?
¿Adónde,
vida
mía?, ¿adónde vamos con todo, con este mando desesperado, con esta
soledad, incluso con este estiércol luminoso hacia la inoportuna
tempestad y hacia el oleaje de las frías piedras como…
supervivientes?
Sí,
vida mía, intento ver, elucubro además con sueños solemnes, ¡los
más solemnes porque quiero al fin luz!, ¡quiero ya luz!; no sé…,
juego con grietas afiladas de caos y perros desengañados, y grito
como un dios que a amor arranca esas superórdenes establecidas,
¡siempre ahí!
Pero
dímelo,
vida mía, ¿adónde vamos? , ¿adónde?
Nunca
más el desamparo, ¡oh nunca!, puesto que… ¿con cuántas lágrimas
se tiene ya que decir, ante esa tirantez, ante ese hartazgo, ante
esos demonios gordos que se disputan cualquier dignidad, ante los
gigantes siempre de la mala sangre que escriben nuestros nombres para
simplemente… olvidarlos, olvidarlos junto al silencio, junto al de
los gatos equivocados, nerviosos de pesadilla, y también al de esos
tristísimos niños con las manos mordidas por el barro y por el
dolor?; ¡oh!, nunca más el desamparo –te juro- como la fiebre
caída o negro frío a ojos desvariados de murciélago.
¿Qué
somos?,
¡oh sí!, ¿somos nosotros algo piadosamente de la pequeñez
logarítmica de uno u otro olvido?
Nunca
por una ilusión,
nunca más el desamparo porque tantas cosas, tantas ya… acorralan cuando solamente no esperan; y, después, se aplastan, sí, se niegan
porque van con el ansia hacia fuera -a todo riesgo-, porque van a
amor desmigajándose por un desorbitante y ausente destiempo,
¡perdido y perdido!, porque van fermentando ceguedad y dulcísima
esperanza.
Autor: José
Repiso Moyano
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