Aquellos
tiempos eran sinceros. Los días caminaban a paso de morrocoy. No
había esfuerzos mal dirigidos. La mera pronunciación de la palabra
muerte producía espanto. No había confusión de razas. Todo era
demasiado natural. La espontaneidad surgía como la flor de los
caminos, tapizada por la picaresca criolla. Los difuntos seguían
vivos deambulando en las memorias de los callejones, moviendo el
sentido del buen proceder. Cada perro buscaba la condecoración del
amo enfrentando su valor a los aparatos de media noche. Con la misma
muda de ropa se iba varias veces al pueblo antes de ser brillada en
el estrujo de la batea.
La
verdadera atención se concentraba en terminar la faena de campo y
esperar el llanto del cielo para que la tierra nos embriagara de
alimentos. Era una pobreza sin carestía. Los pañoles, chiqueros y
patios de los pobres permanecían llenos. Escuchábase el bullicio de
las gallinas, pavos, cerdos y cocás. “Cuando no había nada que
comer, se comía gallina”. Los hacendados y finqueros permitían
que los desprotegidos cultivaran en sus tierras al tercio, con esto
mantenían el ambiente en tranquilidad y laboriosidad.
En
medio de la pobreza sobresalía la abundancia. Abundancia en la
pobreza. Abundaban los hijos que desde pequeños ingresaban a la
universidad del trabajo donde aprendían a sumar esfuerzos, a restar
dolores, a multiplicar esperanzas y a dividir los quehaceres. De
adultos se especializaban en el manejo del rejo o de la palanca. Todo
era bello. Bello los campos sembrados, las aves y animales silvestres
queriendo compartir con el hombre. Bello ver los corrales derramando
ese olor especial, desenterrando los recuerdos de la infancia. Olían
los caminos, las parcelas. Olían a flores, a espigas, a fruto
maduro. Y maduraban los deseos. El amor brotaba tras el florecer del
matarratón y sólo ahí se veía la prisa. Prisa por arrobar un
corazón, el que terminaba haciendo pareja antes del nuevo barbecho,
y cuando ya era hora, se cosechaban los frutos del suelo y del amor.
La iglesia no era necesaria para bendecir tantos corazones anillados
al libre albedrío. Cada mortal haciendo uso de su “libre
libertad”. Todo era bello. Palabras serias, aún más que los
documentos notariales. Corazones nobles. Nobleza en el alma, nobleza
en el trato y el respeto. El patrón rico hacía uso de su poder
económico comprando niñas apenas al florecer, amparado por el
beneplácito de los padres y el de la costumbre social, a cambio de
unos cuantos billetes. Billetes que casi no eran necesarios gracias
al oficio de la mano de obra intercambiada. Se intercambiaba el
trabajo, la semilla y la confianza.
¿Para
qué dinero? ¿Dinero para qué? Casi ni los ricos tenían afugias de
él. Un día cualquiera sacrificaban gustosos una vaca, un novillo o
un cerdo para alimentar a las cuadrillas que cantaban himnos de labor
en medio de los nutridos potreros. Los pobres nos apitonábamos de
leche regalada los jueves y viernes santos.
¿Para
qué dinero si cuando comprábamos la mano de chopo, nos encimaban el
gajo entero, y si era la libra de yuca, nos encimaban los “rabos”?
¿Para
qué dinero si a nosotros los pobres, para recibir la visita en la
sala, que a la vez era cocina y comedor, nos bastaba una banqueta,
una trojilla de pencas, un taburete, brillante del cutre, y una
mariapalito, a la que le faltaba una balanza o un brazo, la cual
sería arreglada “el día que amaneciera más temprano”? ¿Dinero
para qué si nos bastaba con un baúl, un catre, una hamaca y una
cama de viento? Esto era todo el ajuar. ¿Para qué? Si nos bastaba
con la radio del dueño de la tienda en donde nos reuníamos por las
noches a escuchar porros, cumbias y gaitas, alumbrando el rostro de
nuestra ingenuidad con el esplendor azuloso de la “gasolina”.
Escuchábamos “El primero con las Últimas” y nos íbamos a la
cama moliendo el silencio de la tierra, desarrollando el espíritu de
imaginación y la facultad de pensamiento para comprender e imaginar
las otras esferas.
¿Para
qué dinero? Si veíamos el propósito, profundidad y filosofía de
las cosas a través de la gran pantalla, cuyo productor llamado
natura, nos transmitía las verdades, sabidurías y escepticismos de
la vida y el mundo. Esto era bello. Bello y gratis. Lo aprendíamos
todo, todo, por medio de cada programa con que nos sorprendía el
nuevo día.
Hoy
me siento en el borde del recuerdo, me veo en un largo peregrinar
buscando el sabor, color y textura de aquella vida y nada encuentro.
¿Será
que volverá?
Autor: Jairo
Sánchez Hoyos
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