Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Aquellos tiempos


Aquellos tiempos eran sinceros. Los días caminaban a paso de morrocoy. No había esfuerzos mal dirigidos. La mera pronunciación de la palabra muerte producía espanto. No había confusión de razas. Todo era demasiado natural. La espontaneidad surgía como la flor de los caminos, tapizada por la picaresca criolla. Los difuntos seguían vivos deambulando en las memorias de los callejones, moviendo el sentido del buen proceder. Cada perro buscaba la condecoración del amo enfrentando su valor a los aparatos de media noche. Con la misma muda de ropa se iba varias veces al pueblo antes de ser brillada en el estrujo de la batea.
La verdadera atención se concentraba en terminar la faena de campo y esperar el llanto del cielo para que la tierra nos embriagara de alimentos. Era una pobreza sin carestía. Los pañoles, chiqueros y patios de los pobres permanecían llenos. Escuchábase el bullicio de las gallinas, pavos, cerdos y cocás. “Cuando no había nada que comer, se comía gallina”. Los hacendados y finqueros permitían que los desprotegidos cultivaran en sus tierras al tercio, con esto mantenían el ambiente en tranquilidad y laboriosidad.
En medio de la pobreza sobresalía la abundancia. Abundancia en la pobreza. Abundaban los hijos que desde pequeños ingresaban a la universidad del trabajo donde aprendían a sumar esfuerzos, a restar dolores, a multiplicar esperanzas y a dividir los quehaceres. De adultos se especializaban en el manejo del rejo o de la palanca. Todo era bello. Bello los campos sembrados, las aves y animales silvestres queriendo compartir con el hombre. Bello ver los corrales derramando ese olor especial, desenterrando los recuerdos de la infancia. Olían los caminos, las parcelas. Olían a flores, a espigas, a fruto maduro. Y maduraban los deseos. El amor brotaba tras el florecer del matarratón y sólo ahí se veía la prisa. Prisa por arrobar un corazón, el que terminaba haciendo pareja antes del nuevo barbecho, y cuando ya era hora, se cosechaban los frutos del suelo y del amor. La iglesia no era necesaria para bendecir tantos corazones anillados al libre albedrío. Cada mortal haciendo uso de su “libre libertad”. Todo era bello. Palabras serias, aún más que los documentos notariales. Corazones nobles. Nobleza en el alma, nobleza en el trato y el respeto. El patrón rico hacía uso de su poder económico comprando niñas apenas al florecer, amparado por el beneplácito de los padres y el de la costumbre social, a cambio de unos cuantos billetes. Billetes que casi no eran necesarios gracias al oficio de la mano de obra intercambiada. Se intercambiaba el trabajo, la semilla y la confianza.
¿Para qué dinero? ¿Dinero para qué? Casi ni los ricos tenían afugias de él. Un día cualquiera sacrificaban gustosos una vaca, un novillo o un cerdo para alimentar a las cuadrillas que cantaban himnos de labor en medio de los nutridos potreros. Los pobres nos apitonábamos de leche regalada los jueves y viernes santos.
¿Para qué dinero si cuando comprábamos la mano de chopo, nos encimaban el gajo entero, y si era la libra de yuca, nos encimaban los “rabos”?
¿Para qué dinero si a nosotros los pobres, para recibir la visita en la sala, que a la vez era cocina y comedor, nos bastaba una banqueta, una trojilla de pencas, un taburete, brillante del cutre, y una mariapalito, a la que le faltaba una balanza o un brazo, la cual sería arreglada “el día que amaneciera más temprano”? ¿Dinero para qué si nos bastaba con un baúl, un catre, una hamaca y una cama de viento? Esto era todo el ajuar. ¿Para qué? Si nos bastaba con la radio del dueño de la tienda en donde nos reuníamos por las noches a escuchar porros, cumbias y gaitas, alumbrando el rostro de nuestra ingenuidad con el esplendor azuloso de la “gasolina”. Escuchábamos “El primero con las Últimas” y nos íbamos a la cama moliendo el silencio de la tierra, desarrollando el espíritu de imaginación y la facultad de pensamiento para comprender e imaginar las otras esferas.
¿Para qué dinero? Si veíamos el propósito, profundidad y filosofía de las cosas a través de la gran pantalla, cuyo productor llamado natura, nos transmitía las verdades, sabidurías y escepticismos de la vida y el mundo. Esto era bello. Bello y gratis. Lo aprendíamos todo, todo, por medio de cada programa con que nos sorprendía el nuevo día.
Hoy me siento en el borde del recuerdo, me veo en un largo peregrinar buscando el sabor, color y textura de aquella vida y nada encuentro. 
¿Será que volverá?
  
Autor: Jairo Sánchez Hoyos

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