Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Algo pasa en las noches


Cuentan que aún se escuchan ruidos y ocurren fenómenos extraños en el pueblo. Desde que desapareció el anciano, todos andan asustados y en sus casas más tiempo.
Era una anciano serio y enfurruñado, de aquellos que no dejan a los niños jugar en su jardín, de esos que no te sonríen al pasar, ni dan pan a los patos en primavera.
Un día cualquiera, nadie sabe que le sucedió, pero de repente, cambió por completo, era sumiso y ya no estaba serio, tampoco sonreía, de hecho, su expresión era más bien asustadiza y atenta.
Jamás había ocurrido nada semejante en el pequeño pueblo, nadie se atrevió a preguntar. Casi nadie había hablado con él. Algo importante debió ocurrir para que mostrara ese comportamiento tan poco habitual en él.
Decían que era el más viejo del pueblo y que llevaba allí antes que cualquiera de ellos, no tenía hijos ni tenía o habría tenido mujer. Tan sólo el perro, anciano como él, estaba a su lado, haciéndole compañía.
Era algo muy raro, porque el perro era un carácter contrariado a Gerardo, siempre estaba correteando por aquí y por allá, yendo a la panadería a ladrar a Jimena para que le brindara alguna golosina, o como habituaba, jugando con los niños que vivían allí.
Sin embargo, Gerardo quería mucho a ése perro, cuidándolo con sumo cariño y amables palabras, que parecía ser, solo guardaba para el dichoso perro.
-Algo muy raro sí señor, éste pueblo ya no es como era antaño...- decían las mujeres mayores del lugar.
Aquella tarde, el anciano se dispuso a salir de su casa, con Milo acompañándolo a su lado mientras movía el rabo de un lado a otro. Hacían ya dos días desde que andaba extraño.
Hugo, marido de la panadera, se acercó a él, curioso. Y preguntó:
-Gerardo, anda usted muy raro últimamente, ¿Le ha ocurrido algo? Sé que no suele tener mucho contacto con las gentes del pueblo, pero estamos preocupados. Si necesita algo no olvide que vivimos en el mismo pueblo, y que cuando quiera, puede contar conmigo, con nosotros más bien.-
El anciano, tardó en contestar. Al ver la cara de preocupación de Hugo, se apresuró a responder, pero sin dejar de mirar a todas partes:
-Yo..yo... si, contar con vosotros.Tengo prisa .-
E inmediatamente se alejó avanzando lo más rápido posible que le permitía su longevo cuerpo.
Milo, se dejó acariciar por el amable marido, y se alejó con Gerardo.
-Cuida bien a tu amo pequeño Milo, creo que el viejo ya está perdiendo la cabeza.- susurró Hugo antes de que se alejara.
Durante el resto del camino, Gerardo anduvo con cuidado y sigilo, observando atentamente cada árbol, cada esquina y cada sombra. Como si se intentara ocultar o pasar desapercibido de alguna fuerza maligna que se escondiera en aquel lugar.
Al llegar a la plazuela, los niños dejaron de jugar y las madres guardaron silencio.
-¿Qué le ocurre? Casi prefiero que sea callado a que se muestre de aquella manera asustadiza y extraña. ¡Me está asustando!- decía una de las mujeres.
-A éste hombre le ha pasado algo, creo que mucho está en el bosque. A saber que alimañas le están volviendo loco, tal vez le mordió uno de los lobos que aullan de noche.
De todas maneras todos tenemos claras las reglas del pueblo, y nunca nadie debe salir al bosque por la noche ...- contestaba otra.
El anciano entró en la panadería, sin darse cuenta de que todos lo habían observado en silencio mientras cruzaba la plazuela.
-Dame un barra de pan, por favor- dijo éste, temblando.
-¿Está usted bien? ¿Tiene frío?- contestó amablemente Jimena.
-Sólo le he pedido pan, tengo prisa, no frío- Gerardo parecía perder la paciencia que tenía, de hecho casi había gritado al terminar la frase.
Jimena, asustada, sacó la barra de pan rápidamente y se la acercó con cautela. Había esuchado los rumores y sabía que era un anciano, pero dudaba de él, por su avanzada edad y por esa forma de moverse que recordaba a una pequeña presa; le había causado miedo por un momento, además percibió cierto olor a quemado. Eso ya era demasiado raro.
Él perro que esperaba fuera, parecía no estar afectado.Tal vez se sentía feliz sólo por el hecho de estar al lado de su amo. Y dicen que los perros son capaces de sentir que les ocurre a sus amos, tal vez Milo también estaba demasiado mayor para preocuparse.
Un rato más tarde, Gerardo volvía a cruzar por la plazuela, con lo que parecían dos bolsas de carne cruda y media barra de pan seguramente comida por Milo.
Carmiho, había corrido a tiempo a coger a su hijo antes de que fuera a abrazar al perro:
-Ni se te ocurra ir de nuevo, ya sabes que es cuando no está el viejo cuando puedes jugar con Milo, y menos en éstos días en los que su dueño se está volviendo loco- exclamó con voz severa.
De vuelta a casa, el viejo camino a paso rápido y sin mirar atrás hasta llegar a su destino. Estaba oscureciendo muy deprisa.
-Vamos Milo, en las noches ocurren cosas horribles, vivimos muy cerca del bosque y bastante alejados del pueblo, sólo Hugo podría ayudarnos si nos ocurriera algo. Gracia a Dios que vive un poco mas cerca. Vamos, aprisa, bonito-
El perro miró a su dueño por un momento, y lo acompañó a su paso, aligerando en los trechos más oscuros.
La casa de la panadera estaba bastante cerca del anciano, aún así nunca les había dado oportunidad para hacerse poco más que conocidos. Ya en la noche, comentando con su marido los encuentros con él en el camino y en la panadería, decidieron ir a verlo ese mismo momento, en busca de explicaciones. Habían esperado durante mucho tiempo para ir a visitarlo. Ya era hora. Mientras, en la casa, Gerardo sacaba rápidamente la carne de la bolsa y la colocaba en el suelo. Sus manos envejecidas y manchadas de sangre dejaban notar sus venas marcadas por la edad, sus ojos grandes y grises miraban apurados cada rincón de la casa, casi parecía que se iban a salir de sus órbitas.
De pronto, escuchó unos golpes en la puerta, -¿Hola? ¿ Señor Gerardo?- se oyó fuera.
El mayor, sobresaltado dejó caer el último trozo de carne en el suelo y corrió casi resbalando para llegar a la puerta.
-Ayúndenme-gimió con la mirada llena de desesperación y de locura.
Dieron varios pasos hacia atrás, ése no era el anciano serio pero cuerdo y activo que solían ver por las mañanas.
Aquel hombre tenía las manos cubiertas de sangre, temblaba y parecía llorar. Bastaba desviar levemente la mirada para alcanzar a ver objetos oscuros o comida tirada por el suelo. Algo estaba pasando en ésa casa, algo ocurría con él. Volvía a oler a quemado.
Ambos salieron corriendo con intriga y miedo, presas del pánico. Sólo habían ido en busca de respuestas...
Cerró la puerta veloz, hacía frío. Le dolía la cabeza, no podía dejar de gemir y sollozar. Sólo podía esperar el momento en el que lo indeseado ocurriera.
Antes de poder hacer nada la puerta sonó de nuevo, pero ésta vez eran arañazos fuertes en la puerta, en las paredes y en el jardín. Milo se escondió debajo de la mesa y empezo a gemir.
Poco a poco a Gerardo le caía el pelo, sus brazos se tornaron rojizos, en las piernas se hinchaban las venas, incluso su cara parecía tornar rasgos animales y monstruosos.
Desesperado empezo a gritar, a gritar con todas sus fuerzas, cayó al suelo y empezó a retorcerse con espasmos violentos. Su débil cuerpo se encogía de bruscas maneras, haciéndolo rodar y aullar de dolor.
Ya desgarraba el suelo con sus fuertes y negras garras.

Ésa noche todo el pueblo acudió a asegurarse de qué mal ocurría allí. Jimena y Hugo habían corrido sin descando hasta llegar al pueblo, gritando y contando a los vecinos lo que habían visto sus desafortunados ojos.
Tal como acodaron, salieron todos juntos con antorchas y navajas. Nadie sabía a qué se enfrentaban.
Al cabo de media hora, aguardaban delante de la puerta, en silencio, intentándo no separarse lo más mínimo del grupo.
-¿Qué hacemos?- susurró Mariano con los ojos abiertos como platos.
Un silencio mayor que el anterior inundaba el ambiente. Sabían que el bosque estaba muy cerca de esa casa.
-Alguien tiene que entrar- dijo Amelia casi a apunto de llorar.
Y allí se habrían quedado mucho más tiempo si Federico, uno de los hombres más fuertes no se hubiera decidido a abrir la puerta, manchada aún con la sangre que dejaron las manos del anciano.
Entró con sigilo y verdadera aglidad para no hacer ruido, el suelo estaba pegajoso o con alguna sustancia extraña que formaba pequeñas formas de un marrón rojizo. Era sangre seca.
Vaciló un momento antes de alcanzar la luz que encendería la habitación. No sabía que podría haber allí, no sabía si estaría preparado para verlo.
Sobre suelo habían muchas manchas más como aquella, los muebles habían sido tirados por el suelo, los cojines habían sido desgarrados, al igual que las cortinas.
Parecía que un grupo de salvajes hubieran entrado allí a robar. Pero no faltaba nada.
De debajo de la mesa salió Milo, asustado de tal manera como si sus ojos hubieran presenciado algo horrible, esquivó a Federico y corrió dentro del bosque.
La gente sobresaltada por el perro entró, observando como había quedado la casa.
-Sea lo que sea lo que ha entrado aquí, ha salido por ésta ventana rota. Cuidado con los cristales- señaló uno de los hombres.
Nadie sabe lo que pasó allí, creo que todos volvieron a sus casas atormentados por las dudas.
Pero cuentan que aún se escuchan ruidos y ocurren fenómenos extraños en el pueblo.
Desde que desapareció el anciano, todos andan asustados y en sus casas más tiempo.

Autora: Natalie Flores 

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