Cuentan
que aún se escuchan ruidos y ocurren fenómenos extraños en el
pueblo. Desde que desapareció el anciano, todos andan asustados y
en sus casas más tiempo.
Era
una anciano serio y enfurruñado, de aquellos que no dejan a los
niños jugar en su jardín, de esos que no te sonríen al pasar, ni
dan pan a los patos en primavera.
Un
día cualquiera, nadie sabe que le sucedió, pero de repente,
cambió por completo, era sumiso y ya no estaba serio, tampoco
sonreía, de hecho, su expresión era más bien asustadiza y atenta.
Jamás
había ocurrido nada semejante en el pequeño pueblo, nadie se
atrevió a preguntar. Casi nadie había hablado con él. Algo
importante debió ocurrir para que mostrara ese comportamiento tan
poco habitual en él.
Decían
que era el más viejo del pueblo y que llevaba allí antes que
cualquiera de ellos, no tenía hijos ni tenía o habría tenido
mujer. Tan sólo el perro, anciano como él, estaba a su lado,
haciéndole compañía.
Era
algo muy raro, porque el perro era un carácter contrariado a
Gerardo, siempre estaba correteando por aquí y por allá, yendo a la
panadería a ladrar a Jimena para que le brindara alguna golosina, o
como habituaba, jugando con los niños que vivían allí.
Sin
embargo, Gerardo quería mucho a ése perro, cuidándolo con sumo
cariño y amables palabras, que parecía ser, solo guardaba para el
dichoso perro.
-Algo
muy raro sí señor, éste pueblo ya no es como era antaño...-
decían las mujeres mayores del lugar.
Aquella
tarde, el anciano se dispuso a salir de su casa, con Milo
acompañándolo a su lado mientras movía el rabo de un lado a otro.
Hacían ya dos días desde que andaba extraño.
Hugo,
marido de la panadera, se acercó a él, curioso. Y preguntó:
-Gerardo,
anda usted muy raro últimamente, ¿Le ha ocurrido algo? Sé que no
suele tener mucho contacto con las gentes del pueblo, pero estamos
preocupados. Si necesita algo no olvide que vivimos en el mismo
pueblo, y que cuando quiera, puede contar conmigo, con nosotros más
bien.-
El
anciano, tardó en contestar. Al ver la cara de preocupación de
Hugo, se apresuró a responder, pero sin dejar de mirar a todas
partes:
-Yo..yo...
si, contar con vosotros.Tengo prisa .-
E
inmediatamente se alejó avanzando lo más rápido posible que le
permitía su longevo cuerpo.
Milo,
se dejó acariciar por el amable marido, y se alejó con Gerardo.
-Cuida
bien a tu amo pequeño Milo, creo que el viejo ya está perdiendo la
cabeza.- susurró Hugo antes de que se alejara.
Durante
el resto del camino, Gerardo anduvo con cuidado y sigilo, observando
atentamente cada árbol, cada esquina y cada sombra. Como si se
intentara ocultar o pasar desapercibido de alguna fuerza maligna que
se escondiera en aquel lugar.
Al
llegar a la plazuela, los niños dejaron de jugar y las madres
guardaron silencio.
-¿Qué
le ocurre? Casi prefiero que sea callado a que se muestre de aquella
manera asustadiza y extraña. ¡Me está asustando!- decía una de
las mujeres.
-A
éste hombre le ha pasado algo, creo que mucho está en el bosque. A
saber que alimañas le están volviendo loco, tal vez le mordió uno
de los lobos que aullan de noche.
De
todas maneras todos tenemos claras las reglas del pueblo, y nunca
nadie debe salir al bosque por la noche ...- contestaba otra.
El
anciano entró en la panadería, sin darse cuenta de que todos lo
habían observado en silencio mientras cruzaba la plazuela.
-Dame
un barra de pan, por favor- dijo éste, temblando.
-¿Está
usted bien? ¿Tiene frío?- contestó amablemente Jimena.
-Sólo
le he pedido pan, tengo prisa, no frío- Gerardo parecía perder la
paciencia que tenía, de hecho casi había gritado al terminar la
frase.
Jimena,
asustada, sacó la barra de pan rápidamente y se la acercó con
cautela. Había esuchado los rumores y sabía que era un anciano,
pero dudaba de él, por su avanzada edad y por esa forma de moverse
que recordaba a una pequeña presa; le había causado miedo por un
momento, además percibió cierto olor a quemado. Eso
ya era demasiado raro.
Él
perro que esperaba fuera, parecía no estar afectado.Tal vez se
sentía feliz sólo por el hecho de estar al lado de su amo. Y dicen
que los perros son capaces de sentir que les ocurre a sus amos, tal
vez Milo también estaba demasiado mayor para preocuparse.
Un
rato más tarde, Gerardo volvía a cruzar por la plazuela, con lo que
parecían dos bolsas de carne cruda y media barra de pan seguramente
comida por Milo.
Carmiho,
había corrido a tiempo a coger a su hijo antes de que fuera a
abrazar al perro:
-Ni
se te ocurra ir de nuevo, ya sabes que es cuando no está el viejo
cuando puedes jugar con Milo, y menos en éstos días en los que su
dueño se está volviendo loco- exclamó con voz severa.
De
vuelta a casa, el viejo camino a paso rápido y sin mirar atrás
hasta llegar a su destino. Estaba oscureciendo muy deprisa.
-Vamos
Milo, en las noches ocurren cosas horribles, vivimos muy cerca del
bosque y bastante alejados del pueblo, sólo Hugo podría ayudarnos
si nos ocurriera algo. Gracia a Dios que vive un poco mas cerca.
Vamos, aprisa, bonito-
El
perro miró a su dueño por un momento, y lo acompañó a su paso,
aligerando en los trechos más oscuros.
La
casa de la panadera estaba bastante cerca del anciano, aún así
nunca les había dado oportunidad para hacerse poco más que
conocidos. Ya
en la noche, comentando con su marido los encuentros con él en el
camino y en la panadería, decidieron ir a verlo ese mismo momento,
en busca de explicaciones. Habían
esperado durante mucho tiempo para ir a visitarlo. Ya era hora. Mientras,
en la casa, Gerardo sacaba rápidamente la carne de la bolsa y la
colocaba en el suelo. Sus
manos envejecidas y manchadas de sangre dejaban notar sus venas
marcadas por la edad, sus ojos grandes y grises miraban apurados
cada rincón de la casa, casi parecía que se iban a salir de sus
órbitas.
De
pronto, escuchó unos golpes en la puerta, -¿Hola? ¿ Señor
Gerardo?- se oyó fuera.
El
mayor, sobresaltado dejó caer el último trozo de carne en el suelo
y corrió casi resbalando para llegar a la puerta.
-Ayúndenme-gimió
con la mirada llena de desesperación y de locura.
Dieron
varios pasos hacia atrás, ése no era el anciano serio pero cuerdo y
activo que solían ver por las mañanas.
Aquel
hombre tenía las manos cubiertas de sangre, temblaba y parecía
llorar. Bastaba desviar levemente la mirada para alcanzar a ver
objetos oscuros o comida tirada por el suelo. Algo estaba pasando en
ésa casa, algo ocurría con él. Volvía
a oler a quemado.
Ambos
salieron corriendo con intriga y miedo, presas del pánico. Sólo
habían ido en busca de respuestas...
Cerró
la puerta veloz, hacía frío. Le dolía la cabeza, no podía dejar
de gemir y sollozar. Sólo podía esperar el momento en el que lo
indeseado ocurriera.
Antes
de poder hacer nada la puerta sonó de nuevo, pero ésta vez eran
arañazos fuertes en la puerta, en las paredes y en el jardín. Milo
se escondió debajo de la mesa y empezo a gemir.
Poco
a poco a Gerardo le caía el pelo, sus brazos se tornaron rojizos, en
las piernas se hinchaban las venas, incluso su cara parecía tornar
rasgos animales y monstruosos.
Desesperado
empezo a gritar, a gritar con todas sus fuerzas, cayó al suelo y
empezó a retorcerse con espasmos violentos. Su débil cuerpo se
encogía de bruscas maneras, haciéndolo rodar y aullar de dolor.
Ya
desgarraba el suelo con sus fuertes y negras garras.
Ésa
noche todo el pueblo acudió a asegurarse de qué mal ocurría allí.
Jimena y Hugo habían corrido sin descando hasta llegar al pueblo,
gritando y contando a los vecinos lo que habían visto sus
desafortunados ojos.
Tal
como acodaron, salieron todos juntos con antorchas y navajas. Nadie
sabía a qué se enfrentaban.
Al
cabo de media hora, aguardaban delante de la puerta, en silencio,
intentándo no separarse lo más mínimo del grupo.
-¿Qué
hacemos?- susurró Mariano con los ojos abiertos como platos.
Un
silencio mayor que el anterior inundaba el ambiente. Sabían que el
bosque estaba muy cerca de esa casa.
-Alguien
tiene que entrar- dijo Amelia casi a apunto de llorar.
Y
allí se habrían quedado mucho más tiempo si Federico, uno de los
hombres más fuertes no se hubiera decidido a abrir la puerta,
manchada aún con la sangre que dejaron las manos del anciano.
Entró
con sigilo y verdadera aglidad para no hacer ruido, el suelo estaba
pegajoso o con alguna sustancia extraña que formaba pequeñas formas
de un marrón rojizo. Era sangre seca.
Vaciló
un momento antes de alcanzar la luz que encendería la habitación.
No sabía que podría haber allí, no sabía si estaría preparado
para verlo.
Sobre
suelo habían muchas manchas más como aquella, los muebles habían
sido tirados por el suelo, los cojines habían sido desgarrados, al
igual que las cortinas.
Parecía
que un grupo de salvajes hubieran entrado allí a robar. Pero no
faltaba nada.
De
debajo de la mesa salió Milo, asustado de tal manera como si sus
ojos hubieran presenciado algo horrible, esquivó a Federico y corrió
dentro del bosque.
La
gente sobresaltada por el perro entró, observando como había
quedado la casa.
-Sea
lo que sea lo que ha entrado aquí, ha salido por ésta ventana rota.
Cuidado con los cristales- señaló uno de los hombres.
Nadie
sabe lo que pasó allí, creo que todos volvieron a sus casas
atormentados por las dudas.
Pero
cuentan que aún se escuchan ruidos y ocurren fenómenos extraños en
el pueblo.
Desde
que desapareció el anciano, todos andan asustados y en sus casas más
tiempo.
Autora: Natalie Flores
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