Amor
mio:
Después de tanto meses sin saber el uno del otro te
sorprenderá que en esta carta quiera ahora escribirte sobre la casa
grande de tres pisos inmensos, blanquísima, a la que yo de niña iba
sin faltar cada verano. ¡Qué poco te he hablado de ella! Pensarás,
sin embargo, que en nuestra situación no es algo que pueda
interesarte. Leeme, no obstante, y sólo entonces dime si he cometido
un error enviándote estas líneas.
Con
impaciencia, querido mío, yo esperaba a que llegara el mes de julio
para ir a esa casa. Y es que estaba convencida de que por sus
rincones vagaban las almas de los que allí vivieron algún día.
Jamás me asustaron. Al revés, yo mantenía con esas almas largas
conversaciones. Ellas, no creo habertelo confesado nunca, fueron en
realidad la únicas amigas de mi infancia. Yo prefería esas
existencias incorpóreas a la compañía y a los juegos con muchachas
de mi edad. Tal vez era mi modo de huir, de no enfrentarme a la vida.
Ahora sé que nunca he sido capaz de superar ese temor infantil al
contacto personal. Me lo han demostrado los años que hemos convivido
tú y yo juntos. Encerrada en mi mundo particular, silenciosa, nunca
he sido una buena compañera para tí. No puedo, por lo tanto,
reprocharte que hayas decidido alejarte de mi lado. Pero deja que me
refiera a esos seres errabundos, aliados invisibles de mi niñez,
para que entiendas las razones de esta carta.
Recuerdo, por encima de los demás, a Don Pío Baroja,
sentado en un banco del Retiro, con su sombrero oscuro y un bastón
en la mano. La vieja foto con marco de plata, colgada en la pared del
comedor, me mostraba, como si estuviera vivo, a un anciano frágil de
mirada sabia y bondadosa. Yo entonces ignoraba quien era. Tan solo
sabía que había residido en la casa hacía tiempo, mucho tiempo. Y
eso me bastaba para considerarle muy cercano, para atreverme a
preguntarle sobre mis problemas, sobre mis pequeños odios y
egoismos. No dudes de que oía sus respuestas, sus palabras
afectuosas y clarividentes, mientras sus débiles huesos se
calentaban a la luz del sol que entraba por una ventana que se abría
a la plaza. Tenue y sosegada, muy tranquila, como un rumor, esa voz
que imaginaba escuchar templaba mis miedos, esos con los que se crece
y a los que no es bueno permitir que se apoderen de uno demasiado
Junto a él, oyéndole y entendiéndole, más apaciguada, yo apuraba
la tacita de chocolate preparada por la abuela para mi desayuno y
pellizcaba trozos de bizcocho recien salido del horno, que guardaba
dentro del pijama para disfrutar de su blanda tibieza junto al pecho.
No
eramos muchos en esa casa los veranos. Mis abuelos y yo y,
esporádicamente, unos primos lejanos con los que de tarde en tarde
jugaba en el gran patio central, lleno de geranios, por el que
revoloteaban los jilgueros. Hasta ese patio llegaba, todas las
mañanas, el perfume a pan tierno desde la tahona, en los sótanos
del edificio. Panes riquísimos alineados en largas bandejas de
madera, pero también bollos de diferentes formas y tamaños, unos
con azúcar, otros con calabaza o crema, que acechaba golosa para, al
menor descuido, robar unos pocos y correr escaleras arriba, hacia las
buhardas, donde los devoraba entre baúles enormes y polvorientos
cerrados con candados. En ocasiones mi abuelo me perseguía enojado,
abría la puerta del desván de un golpe y se plantaba en medio de la
estancia con los brazos en jarras y en el rostro una expresión de
extrema severidad. Era un hombre alto, de manos amplias y vellosas y
cabellos canos, imagino que de tanto trabajar con harina. La mayoría
de las veces, sin embargo, al verme asustada y sucia de migas, con
los labios y la naricita embadurnados de relleno, su gesto adusto se
transformaba en una sonrisa de carcajadas condescendientes y mofletes
coloradotes. Entonces daba media vuelta y se iba sin decir una sola
palabra.
Te
explico eso porque era allá arriba a donde yo acostumbraba a subir.
Sobre todo los días lluviosos. La lluvia sobre los tejados es un
espectáculo hermoso. En esa buharda habitaban muchos de los seres de
los que te hablo, de los que acompañaron mi infancia. Pero yo no me
estaba mucho rato. Enseguida me acordaba de Don Pío, solo en el
parque y sin una bufanda alrededor del cuello para protegerse del
frío. Don Pío, tan quebradizo, seguramente nunca soportó bien la
humedad de aquel lugar y un día alguien trasladó su foto al comedor
donde, sin embargo, también el fresco se dejaba notar durante los
días de mal tiempo. Yo lo sabía, y preocupada bajaba enseguida a
cerrar la ventana, a sentarme a sus pies y a conversar con él,
cediéndole con mi proximidad parte del calor de mi cuerpo. Me lo
agradecía hablándome del dios de las pequeñas cosas, ¿sabes?, de
ese dios de lo cotidiano y de lo amable, pero también de las
minúsculas travesuras y disgustos pasajeros, de las leves heridas
que forjan el carácter, de todo lo que, en suma, debe hacer de la
infancia un tránsito colmado de sensaciones, buenas y menos buenas
pero siempre agradables para ser recordadas más tarde.
Eso
fue una parte de mi vida, de mi niñez solitaria. Un brevísimo
apunte que, junto a otros, he intentado compartir contigo.
Regalándotelos, para desprenderme de ellos, como regala el árbol
sus hojas al otoño: plácida y suavemente. Pues aunque ya no haya
nadie de entonces, ni la casa exista, ni sean iguales los campos que
contemplaron mis ojos, y la lluvia que cae en los tejados tenga un
acento distinto, yo he ansiado siempre, de verdad, que tu mirada
viera lo que yo vi para que tu corazón latiera a mi ritmo y
consiguieras liberarme. Abriendo a tu imaginación ventanas y
balcones, exigiendo que de nuevo se encendieran los hornos para que
olieras el aroma del pan y de los bollos, haciendo colocar el piano
en el mismo sitio donde de niña aprendí las primeras notas y
pidiendo a mi abuela que depositase sobre tus piernas, calladita, con
sus pasos cortos y precisos, el más rico desayuno que hayas probado
en tu vida mientras, en la buhardilla, tus palabras me ayudaban a
enfrentarme a la vida. He deseado hacerlo, te lo juro, para de tu
mano saltar el cerco que separa mis recuerdos de los tuyos. Es
remontándose al pasado, mostrando al otro tus raíces, como el amor
se afianza.
Pero nunca fue posible mi deseo. No supe transmitirtelo.
Quedó todo, el esfuerzo, en una simple intención. La presencia es
en ocasiones una puerta cerrada con cien llaves. La culpa, si es de
alguien, sólo es mía por arrastrar desde tan lejos, desde mis años
de niñez, un mundo irreal poblado de sombras. ¿Te había dicho que,
cuando vendieron la casa, perdí a Don Pío y hace poco lo recuperé
en una almoneda? He puesto su foto en el lugar más soleado de mi
piso. Le he contado lo nuestro y él me ha dicho que te busque de
nuevo, que nada es imposible, que en algún lugar, de alguna forma,
vendrás otra vez a mi. Le hago caso, sueño que te encuentro, y me
arrimo a ti frente a la ventana que da al patio, por la que vemos al
atardecer un trozo de cielo y algo de Madrid. No hablamos,
escuchamos... Una tos, un ruido de cisterna, el canto de un grillo
tardío, el sonido de un tenedor batiendo un huevo sobre el plato de
cristal... Es una bonita noche. Pero no me basta. Nada hay cierto
detrás de esto. Vuelve. Sé por fin que anhelo tu presencia. Y es
que me doy cuenta de que ya no puedo conformarme con los sueños.
Será cosa de la edad, de que he decidido dejar de ser una niña.
Porque es la ausencia la que ahora me resulta dolorosa. Tu ausencia.
¿Lo intentamos de nuevo? Va ser posible. Definitivamente me he
despedido de Don Pío Baroja. Le dejo que duerma, que descanse, que
siga viviendo a su manera con sus verdaderos amigos: los inmortales
personajes de sus libros. Y es que yo deseo compartir la vida
contigo.
Te quiere, Lucía
Autor: Ramón Cabrera Naveiras
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