Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Ausencias y presencias


Amor mio:

Después de tanto meses sin saber el uno del otro te sorprenderá que en esta carta quiera ahora escribirte sobre la casa grande de tres pisos inmensos, blanquísima, a la que yo de niña iba sin faltar cada verano. ¡Qué poco te he hablado de ella! Pensarás, sin embargo, que en nuestra situación no es algo que pueda interesarte. Leeme, no obstante, y sólo entonces dime si he cometido un error enviándote estas líneas.
Con impaciencia, querido mío, yo esperaba a que llegara el mes de julio para ir a esa casa. Y es que estaba convencida de que por sus rincones vagaban las almas de los que allí vivieron algún día. Jamás me asustaron. Al revés, yo mantenía con esas almas largas conversaciones. Ellas, no creo habertelo confesado nunca, fueron en realidad la únicas amigas de mi infancia. Yo prefería esas existencias incorpóreas a la compañía y a los juegos con muchachas de mi edad. Tal vez era mi modo de huir, de no enfrentarme a la vida. Ahora sé que nunca he sido capaz de superar ese temor infantil al contacto personal. Me lo han demostrado los años que hemos convivido tú y yo juntos. Encerrada en mi mundo particular, silenciosa, nunca he sido una buena compañera para tí. No puedo, por lo tanto, reprocharte que hayas decidido alejarte de mi lado. Pero deja que me refiera a esos seres errabundos, aliados invisibles de mi niñez, para que entiendas las razones de esta carta.
Recuerdo, por encima de los demás, a Don Pío Baroja, sentado en un banco del Retiro, con su sombrero oscuro y un bastón en la mano. La vieja foto con marco de plata, colgada en la pared del comedor, me mostraba, como si estuviera vivo, a un anciano frágil de mirada sabia y bondadosa. Yo entonces ignoraba quien era. Tan solo sabía que había residido en la casa hacía tiempo, mucho tiempo. Y eso me bastaba para considerarle muy cercano, para atreverme a preguntarle sobre mis problemas, sobre mis pequeños odios y egoismos. No dudes de que oía sus respuestas, sus palabras afectuosas y clarividentes, mientras sus débiles huesos se calentaban a la luz del sol que entraba por una ventana que se abría a la plaza. Tenue y sosegada, muy tranquila, como un rumor, esa voz que imaginaba escuchar templaba mis miedos, esos con los que se crece y a los que no es bueno permitir que se apoderen de uno demasiado Junto a él, oyéndole y entendiéndole, más apaciguada, yo apuraba la tacita de chocolate preparada por la abuela para mi desayuno y pellizcaba trozos de bizcocho recien salido del horno, que guardaba dentro del pijama para disfrutar de su blanda tibieza junto al pecho.
No eramos muchos en esa casa los veranos. Mis abuelos y yo y, esporádicamente, unos primos lejanos con los que de tarde en tarde jugaba en el gran patio central, lleno de geranios, por el que revoloteaban los jilgueros. Hasta ese patio llegaba, todas las mañanas, el perfume a pan tierno desde la tahona, en los sótanos del edificio. Panes riquísimos alineados en largas bandejas de madera, pero también bollos de diferentes formas y tamaños, unos con azúcar, otros con calabaza o crema, que acechaba golosa para, al menor descuido, robar unos pocos y correr escaleras arriba, hacia las buhardas, donde los devoraba entre baúles enormes y polvorientos cerrados con candados. En ocasiones mi abuelo me perseguía enojado, abría la puerta del desván de un golpe y se plantaba en medio de la estancia con los brazos en jarras y en el rostro una expresión de extrema severidad. Era un hombre alto, de manos amplias y vellosas y cabellos canos, imagino que de tanto trabajar con harina. La mayoría de las veces, sin embargo, al verme asustada y sucia de migas, con los labios y la naricita embadurnados de relleno, su gesto adusto se transformaba en una sonrisa de carcajadas condescendientes y mofletes coloradotes. Entonces daba media vuelta y se iba sin decir una sola palabra.
Te explico eso porque era allá arriba a donde yo acostumbraba a subir. Sobre todo los días lluviosos. La lluvia sobre los tejados es un espectáculo hermoso. En esa buharda habitaban muchos de los seres de los que te hablo, de los que acompañaron mi infancia. Pero yo no me estaba mucho rato. Enseguida me acordaba de Don Pío, solo en el parque y sin una bufanda alrededor del cuello para protegerse del frío. Don Pío, tan quebradizo, seguramente nunca soportó bien la humedad de aquel lugar y un día alguien trasladó su foto al comedor donde, sin embargo, también el fresco se dejaba notar durante los días de mal tiempo. Yo lo sabía, y preocupada bajaba enseguida a cerrar la ventana, a sentarme a sus pies y a conversar con él, cediéndole con mi proximidad parte del calor de mi cuerpo. Me lo agradecía hablándome del dios de las pequeñas cosas, ¿sabes?, de ese dios de lo cotidiano y de lo amable, pero también de las minúsculas travesuras y disgustos pasajeros, de las leves heridas que forjan el carácter, de todo lo que, en suma, debe hacer de la infancia un tránsito colmado de sensaciones, buenas y menos buenas pero siempre agradables para ser recordadas más tarde.
Eso fue una parte de mi vida, de mi niñez solitaria. Un brevísimo apunte que, junto a otros, he intentado compartir contigo. Regalándotelos, para desprenderme de ellos, como regala el árbol sus hojas al otoño: plácida y suavemente. Pues aunque ya no haya nadie de entonces, ni la casa exista, ni sean iguales los campos que contemplaron mis ojos, y la lluvia que cae en los tejados tenga un acento distinto, yo he ansiado siempre, de verdad, que tu mirada viera lo que yo vi para que tu corazón latiera a mi ritmo y consiguieras liberarme. Abriendo a tu imaginación ventanas y balcones, exigiendo que de nuevo se encendieran los hornos para que olieras el aroma del pan y de los bollos, haciendo colocar el piano en el mismo sitio donde de niña aprendí las primeras notas y pidiendo a mi abuela que depositase sobre tus piernas, calladita, con sus pasos cortos y precisos, el más rico desayuno que hayas probado en tu vida mientras, en la buhardilla, tus palabras me ayudaban a enfrentarme a la vida. He deseado hacerlo, te lo juro, para de tu mano saltar el cerco que separa mis recuerdos de los tuyos. Es remontándose al pasado, mostrando al otro tus raíces, como el amor se afianza.
Pero nunca fue posible mi deseo. No supe transmitirtelo. Quedó todo, el esfuerzo, en una simple intención. La presencia es en ocasiones una puerta cerrada con cien llaves. La culpa, si es de alguien, sólo es mía por arrastrar desde tan lejos, desde mis años de niñez, un mundo irreal poblado de sombras. ¿Te había dicho que, cuando vendieron la casa, perdí a Don Pío y hace poco lo recuperé en una almoneda? He puesto su foto en el lugar más soleado de mi piso. Le he contado lo nuestro y él me ha dicho que te busque de nuevo, que nada es imposible, que en algún lugar, de alguna forma, vendrás otra vez a mi. Le hago caso, sueño que te encuentro, y me arrimo a ti frente a la ventana que da al patio, por la que vemos al atardecer un trozo de cielo y algo de Madrid. No hablamos, escuchamos... Una tos, un ruido de cisterna, el canto de un grillo tardío, el sonido de un tenedor batiendo un huevo sobre el plato de cristal... Es una bonita noche. Pero no me basta. Nada hay cierto detrás de esto. Vuelve. Sé por fin que anhelo tu presencia. Y es que me doy cuenta de que ya no puedo conformarme con los sueños. Será cosa de la edad, de que he decidido dejar de ser una niña. Porque es la ausencia la que ahora me resulta dolorosa. Tu ausencia. ¿Lo intentamos de nuevo? Va ser posible. Definitivamente me he despedido de Don Pío Baroja. Le dejo que duerma, que descanse, que siga viviendo a su manera con sus verdaderos amigos: los inmortales personajes de sus libros. Y es que yo deseo compartir la vida contigo.

Te quiere, Lucía

 Autor: Ramón Cabrera Naveiras

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