Otro año más… he
vuelto a despertar. Balanceo mi cuello hacia delante y hacia atrás,
una y otra vez, una y otra vez…
Otro año más, por
desgracia, vuelvo a despertar.
Brillo con centenares de
luces azules; pequeñas y brillantes, llamativas, todas alineadas en
los miles de cables que, entrelazados unos con otros como la inmensa
tela de una araña, componen todo mi cuerpo: cabeza, cuello, torso y
patas.
Cabeza sin ojos que
puedan ver, sin nariz que pueda oler, y con artificiales orejas que
no puede escuchar; torso hueco, sin pulmones que capten el aire y
muevan mi pecho simulando una respiración natural; patas inmóviles
y fijas en un suelo donde se deposita el polvo por doquier menos en
los pequeños huecos ocupados por mis cables. No hablo, no respiro,
no veo… pero pienso. Únicamente puedo notar el movimiento de mi
cuello, hacia delante y hacia atrás, y capaz soy de percibir
movimientos y lejanos sonidos que me rodean: me despierto con el
sonido de un pequeño “click”, me duermo con el lejano sonido de
un “tack”, y en el periodo de tiempo comprendido entre estos dos
sonidos percibo movimiento a mi alrededor: siento un cristal frío y
rígido cerca de mí, en ocasiones golpeado suavemente, y, tras él,
en lugares que jamás podré conocer, risas, coches, pasos, lloros,
gritos…
Otro año más, igual
que todos los anteriores. Gracias a esta repetición he llegado a
comprender lo que soy y lo que es todo cuanto me rodea. Sé que soy
el mayor y más espectacular adorno de un escaparate; no sé lo que
se vende en la tienda, sólo sé que estoy en su escaparate. Vivo y
duermo a voluntad de los dueños, e incapaz soy de poder cambiar mis
funciones: fui diseñado para brillar, sin poder ver mi propio
brillo; fui diseñado para moverme, sin poder controlar mis
movimientos; fui hecho para decorar, y eso es lo que hago, año tras
año, y siempre en la misma época: en Navidad.
Los niños me adoran,
golpeando el cristal del escaparate para señalarme con sus
rechonchos y grasientos dedos, pidiéndoles a sus padres que les
compren uno como yo. Los adultos me odian, llamándome reno
esquelético o, simplemente, cosa horrenda, cosa desagradable, cosa
horrible… y eso es lo que soy: una cosa. Una cosa que no conoce a
los que le quieren, que no conoce a los que le odian, sabiendo que
hay gente en ambos bandos. Soy una cosa que actúa a voluntad de
alguien desconocido.
Me enchufan y vuelvo a
sentir mi triste y repetitivo movimiento; gustándoles a unos y
desagradándoles a otros. Deseando que pase el tiempo para poder oír
de nuevo el “tack” y volver a sumirme de nuevo en mi pacífico
sueño, sumergido en el silencio y la oscuridad, pero fuera de la
humillación, fuera de comentarios anónimos que manifiestan lo
horrible que soy, sin estar en mí el poder de cambiar ese horrible
aspecto, y sin ser yo la causa de tenerlo.
Y viene el “click”:
mis luces se encienden y mi movimiento da comienzo. Y me agrada saber
que a unos les gusta verme actuar, pero no soporto a los que me odian
por mi aspecto. Yo no tuve la oportunidad de elegir cómo ser, no
estaba en mí el poder de elegir cómo ser; no es mi culpa el ser un
patético reno de escaparate que brilla en navidad con millones y
millones de luces azules sujetadas por delgados hilos blancos y que
sólo mueve su cuello hacia delante y hacia detrás, ni habla, ni
ríe, ni juega… no es mi culpa el no poder hacer otra cosa. ¿Y es
esto motivo para que se me humille? ¿Tengo que pagar por algo que yo
no decidí? Yo sólo cumplo mi función, me limito a hacer lo que
estoy diseñado para hacer, ¿y por eso tienen que reírse de mí?
Sin saber que me siento
solo, sin saber que me siento triste, viviendo a intervalos de tiempo
cuya duración ni yo mismo puedo controlar; y se ríen de mí, y me
critican y me odian, preguntando a aquellos que me adoran por qué
les gusto. ¿Y por qué les preguntáis? La pregunta no es por qué
les gusto, sino por qué no os gusto a vosotros. Desde que se me ve
en el escaparate no se me debería ni querer ni odiar, porque en el
escaparate sólo se ve mi apariencia y mi función, y no pude elegir
ninguna de las dos.
Año tras año, navidad
tras navidad, hacia delante y hacia atrás, “click” y “tack”,
qué bonito y qué horrendo. No poder elegir, simplemente… cumplir.
Apagadme por favor; que
cese esta humillación. No me expongáis ante ojos criticones amantes
de los prejuicios, no me expongáis como un monstruo de feria cuando
yo no quise serlo, no hagáis que de inicio mi movimiento cuando yo
mismo me siento ridículo haciéndolo. Por favor… haced “tack”.
No quiero oír las risas malévolas y crueles que a mí van
dirigidas, no quiero oír los comentarios que hacen crecer mi
sentimiento de vergüenza como una larga y cruel enredadera, ocupando
mi vacío y hueco pecho.
Por favor, haced “tack”;
haced “tack” y no volváis a hacer “click”. Anhelo la
oscuridad en la que me oculto al estar apagado, anhelo el silencio
que me envuelve cundo oigo el “tack”, disfruto en esa soledad, en
ese vacío, en ese lugar donde nadie me juzga por mi aspecto y donde
ni mi propio aspecto me preocupa. Anhelo el estado de apagado.
Soy un triste y patético
reno de escaparate que anhela estar apagado eternamente; pero nadie
escuchará mis lamentos, nadie oirá mi llanto, nadie verá mis
lágrimas ni verá en mis ojos la melancolía que sufro en esta vida,
ni la soledad que en ella me acompaña. Nadie se fijará en mi triste
mirada y nadie oirá mis palabras de dolor… simplemente porque soy
un reno de escaparate, y no tengo ojos que me dejen ver, ni labios
que me permitan hablar.
Existiré… y me
mirarán, pero no me verán… ni me escucharán.
Autor: María Mateo López
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