Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

3/4/12

Un reno... cualquiera


Otro año más… he vuelto a despertar. Balanceo mi cuello hacia delante y hacia atrás, una y otra vez, una y otra vez… 

Otro año más, por desgracia, vuelvo a despertar. 

Brillo con centenares de luces azules; pequeñas y brillantes, llamativas, todas alineadas en los miles de cables que, entrelazados unos con otros como la inmensa tela de una araña, componen todo mi cuerpo: cabeza, cuello, torso y patas. 

Cabeza sin ojos que puedan ver, sin nariz que pueda oler, y con artificiales orejas que no puede escuchar; torso hueco, sin pulmones que capten el aire y muevan mi pecho simulando una respiración natural; patas inmóviles y fijas en un suelo donde se deposita el polvo por doquier menos en los pequeños huecos ocupados por mis cables. No hablo, no respiro, no veo… pero pienso. Únicamente puedo notar el movimiento de mi cuello, hacia delante y hacia atrás, y capaz soy de percibir movimientos y lejanos sonidos que me rodean: me despierto con el sonido de un pequeño “click”, me duermo con el lejano sonido de un “tack”, y en el periodo de tiempo comprendido entre estos dos sonidos percibo movimiento a mi alrededor: siento un cristal frío y rígido cerca de mí, en ocasiones golpeado suavemente, y, tras él, en lugares que jamás podré conocer, risas, coches, pasos, lloros, gritos…

Otro año más, igual que todos los anteriores. Gracias a esta repetición he llegado a comprender lo que soy y lo que es todo cuanto me rodea. Sé que soy el mayor y más espectacular adorno de un escaparate; no sé lo que se vende en la tienda, sólo sé que estoy en su escaparate. Vivo y duermo a voluntad de los dueños, e incapaz soy de poder cambiar mis funciones: fui diseñado para brillar, sin poder ver mi propio brillo; fui diseñado para moverme, sin poder controlar mis movimientos; fui hecho para decorar, y eso es lo que hago, año tras año, y siempre en la misma época: en Navidad.
Los niños me adoran, golpeando el cristal del escaparate para señalarme con sus rechonchos y grasientos dedos, pidiéndoles a sus padres que les compren uno como yo. Los adultos me odian, llamándome reno esquelético o, simplemente, cosa horrenda, cosa desagradable, cosa horrible… y eso es lo que soy: una cosa. Una cosa que no conoce a los que le quieren, que no conoce a los que le odian, sabiendo que hay gente en ambos bandos. Soy una cosa que actúa a voluntad de alguien desconocido. 

Me enchufan y vuelvo a sentir mi triste y repetitivo movimiento; gustándoles a unos y desagradándoles a otros. Deseando que pase el tiempo para poder oír de nuevo el “tack” y volver a sumirme de nuevo en mi pacífico sueño, sumergido en el silencio y la oscuridad, pero fuera de la humillación, fuera de comentarios anónimos que manifiestan lo horrible que soy, sin estar en mí el poder de cambiar ese horrible aspecto, y sin ser yo la causa de tenerlo.

Y viene el “click”: mis luces se encienden y mi movimiento da comienzo. Y me agrada saber que a unos les gusta verme actuar, pero no soporto a los que me odian por mi aspecto. Yo no tuve la oportunidad de elegir cómo ser, no estaba en mí el poder de elegir cómo ser; no es mi culpa el ser un patético reno de escaparate que brilla en navidad con millones y millones de luces azules sujetadas por delgados hilos blancos y que sólo mueve su cuello hacia delante y hacia detrás, ni habla, ni ríe, ni juega… no es mi culpa el no poder hacer otra cosa. ¿Y es esto motivo para que se me humille? ¿Tengo que pagar por algo que yo no decidí? Yo sólo cumplo mi función, me limito a hacer lo que estoy diseñado para hacer, ¿y por eso tienen que reírse de mí? 

Sin saber que me siento solo, sin saber que me siento triste, viviendo a intervalos de tiempo cuya duración ni yo mismo puedo controlar; y se ríen de mí, y me critican y me odian, preguntando a aquellos que me adoran por qué les gusto. ¿Y por qué les preguntáis? La pregunta no es por qué les gusto, sino por qué no os gusto a vosotros. Desde que se me ve en el escaparate no se me debería ni querer ni odiar, porque en el escaparate sólo se ve mi apariencia y mi función, y no pude elegir ninguna de las dos. 

Año tras año, navidad tras navidad, hacia delante y hacia atrás, “click” y “tack”, qué bonito y qué horrendo. No poder elegir, simplemente… cumplir.

Apagadme por favor; que cese esta humillación. No me expongáis ante ojos criticones amantes de los prejuicios, no me expongáis como un monstruo de feria cuando yo no quise serlo, no hagáis que de inicio mi movimiento cuando yo mismo me siento ridículo haciéndolo. Por favor… haced “tack”. No quiero oír las risas malévolas y crueles que a mí van dirigidas, no quiero oír los comentarios que hacen crecer mi sentimiento de vergüenza como una larga y cruel enredadera, ocupando mi vacío y hueco pecho.

Por favor, haced “tack”; haced “tack” y no volváis a hacer “click”. Anhelo la oscuridad en la que me oculto al estar apagado, anhelo el silencio que me envuelve cundo oigo el “tack”, disfruto en esa soledad, en ese vacío, en ese lugar donde nadie me juzga por mi aspecto y donde ni mi propio aspecto me preocupa. Anhelo el estado de apagado.

Soy un triste y patético reno de escaparate que anhela estar apagado eternamente; pero nadie escuchará mis lamentos, nadie oirá mi llanto, nadie verá mis lágrimas ni verá en mis ojos la melancolía que sufro en esta vida, ni la soledad que en ella me acompaña. Nadie se fijará en mi triste mirada y nadie oirá mis palabras de dolor… simplemente porque soy un reno de escaparate, y no tengo ojos que me dejen ver, ni labios que me permitan hablar. 

Existiré… y me mirarán, pero no me verán… ni me escucharán.

Autor: María Mateo López

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