Ayer,
una persona increpó a otra, tachándola de misántropa, por criticar
en público y con pasión, el salvajismo que sufre el toro en algunas
fiestas populares de nuestro país. Esas fiestas en las que algunos
humanos torturan a un ser vivo con el vacuo propósito de divertir, y
tal vez, insistir en mantener una ancestral “tradición” que
afortunadamente cada vez goza de menos adeptos.
Estoy
hablando, entre otras fiestas populares, del sacrificio del toro
bravo en la plaza. En mi opinión, una barbaridad que en pleno siglo
XXI todavía se practica en nuestro país, y que se politiza con el
término de “fiesta nacional” de tal forma que a los que rompemos
una lanza en contra de la misma, además de describirnos como
“ecologistas radicales” se nos acusa a veces y sin fundamento de
“anti-patriotas” Se nos tacha también de ignorantes,
aleccionándonos como si fuéramos niños, que si no existiera el
arte de la tauromaquia, los toros de lidia, maravillosos animales
mimados en exceso por sus ganaderos, tan solo se lucirían en los
zoos, como lastimosas reliquias de una raza desaparecida, y los
verdes pastos donde galopan en libertad tan bellos animales, estarían
salpicados de urbanizaciones o campos de golf.
Admito
con humildad pues, mi completa y absoluta ignorancia, porque siendo
incapaz de no sentir puro dolor al ver un espectáculo tan dantesco,
tampoco soy capaz de comprender como puede ser descrita como “arte”
la desesperada mirada de un inocente, el bramido de dolor acallado
por los vítores de un público enfebrecido, o los últimos
estertores de un glorioso ser vivo, otro tiempos divinizado por
múltiples culturas, que, ignorante como yo, no comprende por qué
motivo se encuentra en aquella desesperada situación, mientras muere
desangrado sobre la arena.
Solo
soy una ignorante, no fui a la universidad, ni tan solo acabé el
bachiller. Todo lo que sé lo he aprendido por mí misma, o puede que
tal vez haya interiorizado lo que realmente me interesaba. Por
ese motivo he buscado presurosa en wikipedia la definición de
“misantropía” (Debo confesar que no la conocía) y no me ha
dejado de sorprender su significado: “Actitud
social y psicológica caracterizada por una aversión general hacia
la especie humana”
Sí,
me he sorprendido, porque me resulta incomprensible, como se puede
calificar de misántropos a quienes piensan como yo. Pero voy a
intentar interiorizar el punto de vista del detractor. Según él,
nosotros los ignorantes y misántropos, creemos que la humanidad es
nociva para el resto de los seres que comparten con nosotros el
planeta, por consiguiente, odiar a nuestra propia especie, la humana,
es comprensible, ya que somos el colmo de todos los males y el mundo
sería mejor sin nosotros.
Pues
lo siento, no lo entiendo. Debo de ser demasiado simple y sigo sin
comprender tal adjetivo.
Sí
entiendo, no obstante, que alzar la voz, aunque sea de forma
apasionada y excesivamente crítica para con nosotros mismos, no nos
convierte en misántropos. Creo, firmemente además, que debemos ser
incisivos con las palabras, ante la injusticia y la barbarie humana.
Incisivos también con la mente, con la apertura de conciencia pero
no con las armas ni las imposiciones.
El
debate es importante, todos tenemos derecho a expresar nuestra
opinión libremente, pero no comprendo los argumentos que defienden
la tauromaquia. Mucho menos el argumento de la tradición. Las
tradiciones no son legítimas por el simple hecho de que se lleven
practicando desde tiempos atávicos. Debemos evolucionar como
especie, debemos abrir nuestra mente, afrontar un cambio de
conciencia. Pienso además, que los que temen la muerte de las
tradiciones, en realidad están asustados, porque temen el cambio y
son los primeros que se dejarán vencer por la cultura del miedo,
defendiendo sus argumentos a la vez que satanizan al resto por no
opinar de igual forma.
No
comprendo tampoco, que el ecologismo pueda ser comparable a esa
palabra tan horrible, “misantropía” Es imposible amar a la
naturaleza, a la tierra, a los animales y odiar a su vez al ser
humano, porque el ser humano forma parte de la tierra, que
compartimos con el resto de los seres vivos y nos guste o no, no
somos especiales ni diferentes del resto, ni tenemos el derecho ni el
permiso de Dios (o quien sea que está detrás de todo esto, si
existe) para torturar por diversión a los demás, por el simple
hecho de disfrutar de un espectáculo o mantener una tradición.
No
lo somos todo, y no tenemos derecho a todo y por supuesto, no debemos
creerlo así. La tierra y los animales que habitan en ella no son
nuestros, sino que somos una simple hebra que unida al resto,
conforma el tejido de todo lo que existe. Y si escupimos sobre ella y
los demás, escupimos sobre nosotros mismos. No somos más que un
grano de arena en la playa, y esa misma energía que da calor a la
arena, da calor al resto de sus hijos por igual.
Quienes
pensamos así no podemos odiar a la especie humana.
Pero
si el que nos difama, se empeña, prefiero entonces ser ignorante y
tener la estúpida manía de salvar, por ejemplo, avispas de morir
ahogadas en la piscina. Porque así siento que me salvo a mí misma.
Prefiero seguir amando a quien me ha hecho daño, porque así siento
que me amo a mí misma. Prefiero intentar comprender lo
incomprensible, porque tal vez así me comprenda mejor a mí misma. Y
sí, deseo fervientemente seguir siendo incapaz de odiar a nadie e
intentar respetar a las personas, aunque, algunas de sus opiniones,
para mí, no sean respetables.
Porque
soy incapaz de comprender, como alguien dotado de sensibilidad y
humanidad, no es capaz de sentir empatía, y califica de “arte”
“cultura” “dignidad” y “bravura” , el sacrificio público
de un inocente, que padece sin comprender, porque no está
en su naturaleza, el dolor y la muerte pública en mitad del ruedo.
Porque
esa sangre es la que mancha la arena y la que nos ensucia a todos
como seres humanos.
Autora: María
Olalla Pons García
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