Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

3/4/12

Sangre sobre la arena


Ayer, una persona increpó a otra, tachándola de misántropa, por criticar en público y con pasión, el salvajismo que sufre el toro en algunas fiestas populares de nuestro país. Esas fiestas en las que algunos humanos torturan a un ser vivo con el vacuo propósito de divertir, y tal vez, insistir en mantener una ancestral “tradición” que afortunadamente cada vez goza de menos adeptos.
Estoy hablando, entre otras fiestas populares, del sacrificio del toro bravo en la plaza. En mi opinión, una barbaridad que en pleno siglo XXI todavía se practica en nuestro país, y que se politiza con el término de “fiesta nacional” de tal forma que a los que rompemos una lanza en contra de la misma, además de describirnos como “ecologistas radicales” se nos acusa a veces y sin fundamento de “anti-patriotas” Se nos tacha también de ignorantes, aleccionándonos como si fuéramos niños, que si no existiera el arte de la tauromaquia, los toros de lidia, maravillosos animales mimados en exceso por sus ganaderos, tan solo se lucirían en los zoos, como lastimosas reliquias de una raza desaparecida, y los verdes pastos donde galopan en libertad tan bellos animales, estarían salpicados de urbanizaciones o campos de golf.
Admito con humildad pues, mi completa y absoluta ignorancia, porque siendo incapaz de no sentir puro dolor al ver un espectáculo tan dantesco, tampoco soy capaz de comprender como puede ser descrita como “arte” la desesperada mirada de un inocente, el bramido de dolor acallado por los vítores de un público enfebrecido, o los últimos estertores de un glorioso ser vivo, otro tiempos divinizado por múltiples culturas, que, ignorante como yo, no comprende por qué motivo se encuentra en aquella desesperada situación, mientras muere desangrado sobre la arena.
Solo soy una ignorante, no fui a la universidad, ni tan solo acabé el bachiller. Todo lo que sé lo he aprendido por mí misma, o puede que tal vez haya interiorizado lo que realmente me interesaba. Por ese motivo  he buscado presurosa en wikipedia la definición de “misantropía” (Debo confesar que no la conocía) y no me ha dejado de sorprender su significado: “Actitud social y psicológica caracterizada por una aversión general hacia la especie humana
Sí, me he sorprendido, porque me resulta incomprensible, como se puede calificar de misántropos a quienes piensan como yo. Pero voy a intentar interiorizar el punto de vista del detractor. Según él, nosotros los ignorantes y misántropos, creemos que la humanidad es nociva para el resto de los seres que comparten con nosotros el planeta, por consiguiente, odiar a nuestra propia especie, la humana, es comprensible, ya que somos el colmo de todos los males y el mundo sería mejor sin nosotros.
Pues lo siento, no lo entiendo. Debo de ser demasiado simple y sigo sin comprender tal adjetivo.

Sí entiendo, no obstante, que alzar la voz, aunque sea de forma apasionada y excesivamente crítica para con nosotros mismos, no nos convierte en misántropos. Creo, firmemente además, que debemos ser incisivos con las palabras, ante la injusticia y la barbarie humana. Incisivos también con la mente, con la apertura de conciencia pero no con las armas ni las imposiciones.
El debate es importante, todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión libremente, pero no comprendo los argumentos que defienden la tauromaquia. Mucho menos el argumento de la tradición. Las tradiciones no son legítimas por el simple hecho de que se lleven practicando desde tiempos atávicos. Debemos evolucionar como especie, debemos abrir nuestra mente, afrontar un cambio de conciencia. Pienso además, que los que temen la muerte de las tradiciones, en realidad están asustados, porque temen el cambio y son los primeros que se dejarán vencer por la cultura del miedo, defendiendo sus argumentos a la vez que satanizan al resto por no opinar de igual forma.
No comprendo tampoco, que el ecologismo pueda ser comparable a esa palabra tan horrible, “misantropía” Es imposible amar a la naturaleza, a la tierra, a los animales y odiar a su vez al ser humano, porque el ser humano forma parte de la tierra, que compartimos con el resto de los seres vivos y nos guste o no, no somos especiales ni diferentes del resto, ni tenemos el derecho ni el permiso de Dios (o quien sea que está detrás de todo esto, si existe) para torturar por diversión a los demás, por el simple hecho de disfrutar de un espectáculo o mantener una tradición.
No lo somos todo, y no tenemos derecho a todo y por supuesto, no debemos creerlo así. La tierra y los animales que habitan en ella no son nuestros, sino que somos una simple hebra que unida al resto, conforma el tejido de todo lo que existe. Y si escupimos sobre ella y los demás, escupimos sobre nosotros mismos. No somos más que un grano de arena en la playa, y esa misma energía que da calor a la arena, da calor al resto de sus hijos por igual.
  Quienes pensamos así no podemos odiar a la especie humana.
Pero si el que nos difama, se empeña, prefiero entonces ser ignorante y tener la estúpida manía de salvar, por ejemplo, avispas de morir ahogadas en la piscina. Porque así siento que me salvo a mí misma. Prefiero seguir amando a quien me ha hecho daño, porque así siento que me amo a mí misma. Prefiero intentar comprender lo incomprensible, porque tal vez así me comprenda mejor a mí misma. Y sí, deseo fervientemente seguir siendo incapaz de odiar a nadie e intentar respetar a las personas, aunque, algunas de sus opiniones, para mí, no sean respetables.
Porque soy incapaz de comprender, como alguien dotado de sensibilidad y humanidad, no es capaz de sentir empatía, y califica de “arte” “cultura” “dignidad” y “bravura” , el sacrificio público de un inocente,  que padece sin comprender, porque no está en su naturaleza, el dolor y la muerte pública en mitad del ruedo.
Porque esa sangre es la que mancha la arena y la que nos ensucia a todos como seres humanos.

Autora: María Olalla Pons García

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