Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Más raro que una abeja verde


Hola soy May una abeja diferente, despreciada, abandonada, maltratada, por ser yo, por ser diferente, por ser verde.
No le doy importancia por miedo a ser más maltratada aún, lo reconozco, no puedo seguir así. Veo a los humanos, el maltrato entre ellos y creo que nosotras también hacemos lo mismo.
Mi colmena me ignora, pero no me importa por que tengo el apoyo de Pat, mi mejor amigo desde larva. Él es el único que se acerca a entenderme ya que, al tener un color normal, piensa y sueña diferente.
Las otras abejas solo ven el físico, por que sino se fijarían en que soy la que hace el mayor trabajo en la colmena y los humanos prefieren mi miel. La miel que fabrico es suave, dulce, dorada, delicada y la más apetitosa por la vista humana.
También se fijarían en que soy la que recolecta más polen, ya que paso desapercibida entre la multitud de gente, mientras que ellas tienen que esquivarlas o afrontar el destino; picar y morir en un intento de recolección de néctar para la fabricación de miel.
También han pasado por alto que soy la abeja favorita del señor Alfonso, nuestro apicultor, pero prefiero llamarlo padre ya que, gracias a él estoy viva. Él se asegura de que estemos bien a cambio de que hagamos paneles de cera en una caseta que el mismo construyó, hace cinco años. Antes de que construyera esa caseta muchas abejas morían en verano por las altas temperaturas y en invierno por el frío.
Ahora que tiene la caseta, a principios de otoño el señor Alfonso cava una fosa en la cual nos protege del frío hasta principios de primavera, cuando saca la caseta de la fosa y la coloca encima de una plataforma de madera, a la sombra de un sauce llorón de unos quince años. La sombra de las ramas y las hojas nos protege del calor sofocante.
El señor Alfonso, cada vez que me ve dice:
¡Hola pequeña verde discreta! ¿Ya vas a revolotear por ahí?
Yo, con un simple aleteo le contesto y él tras una risotada sonora me comenta.
Acabo de mirar mi jardín y las flores parecen muy buenas. ¿Por qué no te pasas por allí después y hablamos un rato?
Luego se gira hacia la caseta, le quita el tejado rojo rubí y extrae los paneles de cera.
Más tarde como siempre, me paso por el jardín del señor Alfonso a recoger polen y allí esta, en su vieja silla y su mesa de jardín sobre la cual hay una tostada untada con mi miel y un vaso de zumo de manzana recién exprimido.
Me acerco con un revoloteo casi insonoro como el viento, hay veces que lo oyes y otras que no.
El señor Alfonso siempre que me oye, se le dibuja una sonrisa en su rostro y comienza un diálogo.
Al final has podido venir Discreta.
Así me llama el señor Alfonso, yo soy su pequeña discreta de color verde, rara, única, irremplazable.
También me encanta oírlo cuando habla de su infancia, cuando su madre Doña Eugenia le llevaba de la mano hasta un campo lleno de flores, en el que se sentaba sobre la hierba a mirar el pasar del tiempo observando a su gran pasión, las abejas, las amigas de la naturaleza. Siempre me dice que las abejas son lo más bonito, su color amarillo reluciente como el sol y el negro tan oscuro como la noche misma.
Sus palabras son tan bonitas y me llenan tanto, que me da la sensación de que el tiempo se paró y no tuviese que preocuparme de nada en este mundo, ni en ningún otro. Es una sensación tan cálida que incluso se podría decir que es imaginada.
También me suele comentar sus viajes al pueblo en el cual vende la miel que produzco. Me dice que a la gente le encanta mi miel, tanto que cada vez compran más y que les encanta los distintos sabores.
Estas cosas, por muy insignificantes que sean para otras abejas o humanos, para mí y el señor Alfonso valen más que la vida misma, ya que sin ellas ¿que seria la vida?, nada que contar y nada que te cuenten.
Somos seres diferentes, pero semejantes en el interior y de eso muchos seres vivos no se dan cuenta. ¿Es triste?, la verdad es que sí, pero ellos prefieren esconderlo, algunos con agresividad, otros con materiales artificiales y otros tras un manto de soledad y autocompasión. Este tipo de seres no serán felices hasta que se encuentren a ellos mismos o alguien como el señor Alfonso.
Él me demostró que no hace falta ser una abeja amarilla y negra para ser auténtica. Y como se dice en mi panal, “no importa ni el color y la cantidad de miel fabricada si la calidad es mala”.
Ahora que lo pienso, soy especial. Tanto las abejas como los humanos, debemos orgullecernos de lo que somos por que esto nos hará felices. 

Autora: Monikichi
Categoría: Juvenil 

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