Hola soy May una abeja diferente, despreciada, abandonada,
maltratada, por ser yo, por ser diferente, por ser verde.
No le doy importancia por miedo a
ser más maltratada aún, lo reconozco, no puedo seguir así. Veo a
los humanos, el maltrato entre ellos y creo que nosotras también
hacemos lo mismo.
Mi colmena me ignora, pero no me
importa por que tengo el apoyo de Pat, mi mejor amigo desde larva.
Él es el único que se acerca a entenderme ya que, al tener un color
normal, piensa y sueña diferente.
Las otras abejas solo ven el físico,
por que sino se fijarían en que soy la que hace el mayor trabajo en
la colmena y los humanos prefieren mi miel. La miel que fabrico es
suave, dulce, dorada, delicada y la más apetitosa por la vista
humana.
También se fijarían en que soy la
que recolecta más polen, ya que paso desapercibida entre la multitud
de gente, mientras que ellas tienen que esquivarlas o afrontar el
destino; picar y morir en un intento de recolección de néctar para
la fabricación de miel.
También han pasado por alto que soy
la abeja favorita del señor Alfonso, nuestro apicultor, pero
prefiero llamarlo padre ya que, gracias a él estoy viva. Él se
asegura de que estemos bien a cambio de que hagamos paneles de cera
en una caseta que el mismo construyó, hace cinco años. Antes de que
construyera esa caseta muchas abejas morían en verano por las altas
temperaturas y en invierno por el frío.
Ahora que tiene la caseta, a
principios de otoño el señor Alfonso cava una fosa en la cual nos
protege del frío hasta principios de primavera, cuando saca la
caseta de la fosa y la coloca encima de una plataforma de madera, a
la sombra de un sauce llorón de unos quince años. La sombra de las
ramas y las hojas nos protege del calor sofocante.
El señor Alfonso, cada vez que me
ve dice:
¡Hola pequeña verde discreta!
¿Ya vas a revolotear por ahí?
Yo, con un simple aleteo le contesto
y él tras una risotada sonora me comenta.
Acabo de mirar mi jardín y las
flores parecen muy buenas. ¿Por qué no te pasas por allí después
y hablamos un rato?
Luego se gira hacia la caseta, le
quita el tejado rojo rubí y extrae los paneles de cera.
Más tarde como siempre, me paso por
el jardín del señor Alfonso a recoger polen y allí esta, en su
vieja silla y su mesa de jardín sobre la cual hay una tostada untada
con mi miel y un vaso de zumo de manzana recién exprimido.
Me acerco con un revoloteo casi
insonoro como el viento, hay veces que lo oyes y otras que no.
El señor Alfonso siempre que me
oye, se le dibuja una sonrisa en su rostro y comienza un diálogo.
Al final has podido venir
Discreta.
Así me llama el señor Alfonso, yo
soy su pequeña discreta de color verde, rara, única, irremplazable.
También me encanta oírlo cuando
habla de su infancia, cuando su madre Doña Eugenia le llevaba de la
mano hasta un campo lleno de flores, en el que se sentaba sobre la
hierba a mirar el pasar del tiempo observando a su gran pasión, las
abejas, las amigas de la naturaleza. Siempre me dice que las abejas
son lo más bonito, su color amarillo reluciente como el sol y el
negro tan oscuro como la noche misma.
Sus palabras son tan bonitas y me
llenan tanto, que me da la sensación de que el tiempo se paró y no
tuviese que preocuparme de nada en este mundo, ni en ningún otro. Es
una sensación tan cálida que incluso se podría decir que es
imaginada.
También me suele comentar sus
viajes al pueblo en el cual vende la miel que produzco. Me dice que a
la gente le encanta mi miel, tanto que cada vez compran más y que
les encanta los distintos sabores.
Estas cosas, por muy insignificantes
que sean para otras abejas o humanos, para mí y el señor Alfonso
valen más que la vida misma, ya que sin ellas ¿que seria la vida?,
nada que contar y nada que te cuenten.
Somos seres diferentes, pero
semejantes en el interior y de eso muchos seres vivos no se dan
cuenta. ¿Es triste?, la verdad es que sí, pero ellos prefieren
esconderlo, algunos con agresividad, otros con materiales
artificiales y otros tras un manto de soledad y autocompasión. Este
tipo de seres no serán felices hasta que se encuentren a ellos
mismos o alguien como el señor Alfonso.
Él me demostró que no hace falta
ser una abeja amarilla y negra para ser auténtica. Y como se dice en
mi panal, “no importa ni el color y la cantidad de miel fabricada
si la calidad es mala”.
Ahora que lo pienso, soy especial.
Tanto las abejas como los humanos, debemos orgullecernos de lo que
somos por que esto nos hará felices.
Autora: Monikichi
Categoría: Juvenil
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