Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

Heroica bajada


A los pocos meses de nacer Michel, más o menos el tiempo que suele tardar la Tierra en dar vuelta y media alrededor de su astro, nació mi otro sol. Sus padres pensábamos que la cigüeña que tenía que traer al nuevo pimpollo sería la misma que transportó a su hermanito y por eso nos lo tomamos con tanta tranquilidad que la pobre criatura casi nace en las escaleras que van de un tercero a la calle, en un puñetero edificio sin ascensor.
¡¡Ay Genín; me parece que Mónica ya está aquí! —exclamó mi mujer a punto de posar su pie sobre el primer escalón. Sólo le quedaban... ¿¡Cuántos escalones le quedaban!?
¡¡¡¿¿¿Qué???!!! ¡¡No puede ser!! Si todavía mis padres no han llegado para quedarse con el niño y a ti aun te faltan treinta y nueve escalones por bajar —exclamé acongojado, pensando inconscientemente en una de mis películas favoritas, por aquello del suspense que empezaba a tener el asunto partero, mientras maldecía por dentro al encargado de elegir a las cigüeñas por no enviarnos a la misma de hacía año y medio.
Y la verdad es que mi intervención no andaba coja de razón porque ¿¡cómo narices iba a atreverse a nacer mi hija si todavía sus abuelos no habían tenido tiempo de recorrer los sesenta kilómetros que separan Riveira de Santiago, a pesar de que el seat Ronda que les traía venía con la lengua arrastrando!? Tanto la debió arrastrar el pobre, que se la fundió enterita sobre el asfalto... Desde aquel día, ya nunca más volvió a decir ¡¡píiii!!, su palabra preferida.
Mientras tanto, Mónica había conseguido entreabrir un poquito la puerta que le daba paso a este lado de la vida. Su madre, que apenas había conseguido descender cuatro peldaños, por aquello de empezar a poner las cosas en su sitio, llevaba media hora empujando para cerrársela de un portazo. Yo, que de puertas no entiendo mucho y en ese momento me arrepentía de no haber hecho al menos un cursillo acelerado de carpintería, asistía como un gilipollas a ese toma y daca sin decidirme a cuál de las dos ayudar: si echaba una mano a mi querida esposa, seguro que terminaba pillándole las narices a mi niña del alma; y si me decidía por ayudar a Mónica, ¿quién podía asegurarme que mi mujer no me hubiese asesinado allí mismo por no haberme sacado el carné de taxista?; al fin y al cabo, todo el mundo sabe que lo primero que les enseñan a los taxistas es a cortar el cordón umbilical de un recién nacido. Como no me decidía por ninguna de las dos, fue Marisa la que me tuvo que decir: “Genín, ¿no querrás que la niña nazca en mitad de un rellano?” “¡¡¡Noooooooooo!!!”, me oí exclamar bañado en sudor. “Pues ayúdame a bajar antes de que tus padres lleguen”. Y no sé si en brazos, a cuestas, a caballito, en volandas o, simplemente, arrastrándola peldaño a peldaño, el caso que la imagen de mi hija naciendo en una contrahuella, hizo que, cuando el seat ronda pronunció su último “piiiii” agónico, nosotros tres ya estábamos al final de la escalera, otro de mis títulos favoritos que mi pasión cinéfila trajo a mi mente en aquel momento de suspense y que iba a hacer que durante al menos un par de años, cada vez que yo tuviera que bajar un par de peldaños, apretase con fuerza las ingles.
¡Uy, chica! ¡Estás ya muy adelantada! —fue lo primero que dijo mi madre cuando observó con preocupación el rostro sudoroso de su nuera.
Sí, mamá. Ya casi estamos en el porche —añadí yo, creyendo que se refería a nuestra heroica bajada.

Autor: El caballero del Verde Gabán

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