A los pocos meses de nacer Michel,
más o menos el tiempo que suele tardar la Tierra en dar vuelta y
media alrededor de su astro, nació mi otro sol. Sus padres
pensábamos que la cigüeña que tenía que traer al nuevo pimpollo
sería la misma que transportó a su hermanito y por eso nos lo
tomamos con tanta tranquilidad que la pobre criatura casi nace en las
escaleras que van de un tercero a la calle, en un puñetero edificio
sin ascensor.
—¡¡Ay Genín; me parece que
Mónica ya está aquí! —exclamó mi mujer a punto de posar su pie
sobre el primer escalón. Sólo le quedaban... ¿¡Cuántos escalones
le quedaban!?
—¡¡¡¿¿¿Qué???!!! ¡¡No
puede ser!! Si todavía mis padres no han llegado para quedarse con
el niño y a ti aun te faltan treinta y nueve escalones por bajar
—exclamé acongojado, pensando inconscientemente en una de mis
películas favoritas, por aquello del suspense que empezaba a tener
el asunto partero, mientras maldecía por dentro al encargado de
elegir a las cigüeñas por no enviarnos a la misma de hacía año y
medio.
Y la verdad es que mi intervención
no andaba coja de razón porque ¿¡cómo narices iba a atreverse a
nacer mi hija si todavía sus abuelos no habían tenido tiempo de
recorrer los sesenta kilómetros que separan Riveira de Santiago, a
pesar de que el seat Ronda que les traía venía con la lengua
arrastrando!? Tanto la debió arrastrar el pobre, que se la fundió
enterita sobre el asfalto... Desde aquel día, ya nunca más volvió
a decir ¡¡píiii!!, su palabra preferida.
Mientras tanto, Mónica había
conseguido entreabrir un poquito la puerta que le daba paso a este
lado de la vida. Su madre, que apenas había conseguido descender
cuatro peldaños, por aquello de empezar a poner las cosas en su
sitio, llevaba media hora empujando para cerrársela de un portazo.
Yo, que de puertas no entiendo mucho y en ese momento me arrepentía
de no haber hecho al menos un cursillo acelerado de carpintería,
asistía como un gilipollas a ese toma y daca sin decidirme a cuál
de las dos ayudar: si echaba una mano a mi querida esposa, seguro que
terminaba pillándole las narices a mi niña del alma; y si me
decidía por ayudar a Mónica, ¿quién podía asegurarme que mi
mujer no me hubiese asesinado allí mismo por no haberme sacado el
carné de taxista?; al fin y al cabo, todo el mundo sabe que lo
primero que les enseñan a los taxistas es a cortar el cordón
umbilical de un recién nacido. Como no me decidía por ninguna de
las dos, fue Marisa la que me tuvo que decir: “Genín, ¿no querrás
que la niña nazca en mitad de un rellano?” “¡¡¡Noooooooooo!!!”,
me oí exclamar bañado en sudor. “Pues ayúdame a bajar antes de
que tus padres lleguen”. Y no sé si en brazos, a cuestas, a
caballito, en volandas o, simplemente, arrastrándola peldaño a
peldaño, el caso que la imagen de mi hija naciendo en una
contrahuella, hizo que, cuando el seat ronda pronunció su último
“piiiii” agónico, nosotros tres ya estábamos al final de la
escalera, otro de mis títulos favoritos que mi pasión cinéfila
trajo a mi mente en aquel momento de suspense y que iba a hacer que
durante al menos un par de años, cada vez que yo tuviera que bajar
un par de peldaños, apretase con fuerza las ingles.
—¡Uy, chica! ¡Estás ya muy
adelantada! —fue lo primero que dijo mi madre cuando observó con
preocupación el rostro sudoroso de su nuera.
—Sí, mamá. Ya casi estamos en el
porche —añadí yo, creyendo que se refería a nuestra heroica
bajada.
Autor: El
caballero del Verde Gabán
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