Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

El niño y la calle


¡Ya tienes ocho años!, ¡sal a la calle y trae algo de dinero a este rancho!. A su padre los ojos se le salían de la cara y sobre la revoloteada cabellera bailaba una mosca. La madre estaba sentada al fondo, sobre una mesita atravesada por una rajadura en el medio, y miraba fríamente al hombre que obligaba a su hijo a salir a mendigar. Sus hermanos mayores estaban afuera lavando autos, robando y dándose trompadas con cualquiera que mire mal o le arrebatase algún cliente. Y los más chiquitos: chillando, pataleando en el barro, pidiendo comida a su madre.
Y como rayo que sale del cielo para estallar en un árbol, el niño y sus ocho años salían por primera vez a la calle a pedir monedas, billetes, ropa o lo que fuera. Caminaba por el barrio y miraba con nostalgia las postales que de allí emanaban: había jovencitos de su edad jugando al futbol, cazando con la gomera, riñendo amistosamente y una madre de enorme contextura se erigía imponente bajo la puerta de un ranchito que apenas se sostenía, señalaba y daba indicaciones a su hija que asentía sin vacilaciones y abría la manito, que recibía dos o tres moneditas.
Caminaba, caminaba. A veces ladridos de perros invisibles hacían que el niño apure un poco el paso. GUUUUAAUU, GUUUUAAUU, fuera, fuera, decía el pequeño corriendo con una ramita en la mano. A veces se detenía a descansar, se sentaba en algún cordón, sediento, fuertemente indignado, con el estómago vacío que chirriaba. Pensó que no sería tan difícil pedirle a la gente un poco de plata, que todos serían generosos y algo le darían. Se acordó de su padre diciendo que en el centro había gente adinerada y que, como nosotros no tenemos y ellos sí, están obligados a compartir una ración de su riqueza. Ese pensamiento lo alentó, su boca escupió una risita fugaz y de un salto ya estaba rodando en la calle otra vez, esta vez caminando más rápido y decidido.
2-
Ya un poco más cerca del centro, el contexto adquiría otras características: había casas bien erigidas con autos que relucían cuadrados en los cordones, hombres en mangas de camisa con aspecto grave y mujeres que retornaban a sus hogares con bolsas en sus manos. Las horas pasaban y la atmósfera también se modificaba: el cielo azulino se tornaba cada vez más oscuro, puntitos brillantes saludaban desde las alturas y una brisa fresca abrazaba a la ciudad. El niño se imaginaba el centro como un paraíso de felicidad, pensaba que una vez que llegue ahí las gentes le darían plata, abrigo y, por primera vez, iba a poder ir a un almacén a comprarse fiambre y algo rico para beber. 
Figuras sospechosas deambulaban por la ciudad. Una mujer se hallaban en una esquina, escotada, con la cabellera electrizante y explosiva, daba vueltas, iba y venía y algunos autos se detenían con viejos que le preguntaban cosas. La mujer fumaba un cigarrillo largo y con la punta enrojecida. Un coche se detuvo y el niño escuchaba que esta decía completo 40, simple 25 y vió que el viejo que conducía le abría la puerta sonriendo y ella subía. Se preguntaba que sería eso, a donde iban, se acercó a donde estaban la mujer y el hombre y encontró una colilla de un cigarrillo coloreada con pintura labial. Levantó el pucho lo chupó y comenzó a toser escupiendo humo casi asfixiado. Se acordó que una vez su padre había huido de unas sirenas con él en sus brazos y le había quemado la espalda con un cigarrillo y el lloraba, gritaba.
Seguía avanzando con las rodillas cansadas y los brazos colgando. La mirada se le perdía a medida que nuevas cuadras y nuevas calles aparecían. Vió autos que nunca había visto y escuchó voces que nunca había escuchado. Mientras caminaba por una calle perpendicular al centro, notó que a unos doscientos metros una luz salía despedida abarcándolo todo. ¿El centro? pensó y salió corriendo triunfalmente. Al llegar su suposición se confirmó por el peso de una imagen: un edificio enorme inauguraba la postal, era amarillento, repleto en su frente de foquitos encendidos y en el extremo superior vió que decía “Jefatura de Policía”. Oficiales con gorras negras y uniformes azules entraban y salían, fumaban, parloteaban y se subían a los autos con sirenas encendidas marchando a gran velocidad. 
Recordó que cuando era apenas un niño tres agentes de idénticas características se abrieron paso a cachiporrazos dentro de su casa con armas apuntando a su padre, sus hermanos escondidos debajo de la mesa y su madre llorando desconsolada con un bebé en sus brazos. Se acordó que el también lloraba y que se agarraba de la pollera de ella y que veía como le temblaba la mano. 
Un poco asustado por el recuerdo, abandonó la imagen para poner manos a la obra y comenzar a suplicar por algún dinero. Su padre le había dicho que lo primero que recibiese lo use para alimentarse y, a medida que el dinero que conseguía le iba sobrando, que se lo lleve a él. ¡Y no se te ocurra venir con las manos vacías!. El niño no sabía cómo comenzar hasta que trabó relaciones con otro que ya hacía un año que mendigaba por las calles. Éste tenía la mirada triste y las mejillas endurecidas como una manzana, pero una bondad inmensa lo llevó a enseñarle el oficio al chiquillo que apenas comenzaba. Le dijo que pidiera a las personas que salían de los bancos, que entrara a comedores y a tiendas de ropa, que si ninguna de esas estrategias funcionaba pidiera en los semáforos, aunque ahí te encontrarás con los más miserables, le aseguró. Lo palmeó en la espalda, le deseó suerte y le dijo adiós desapareciendo de forma fugaz. 
3-
La falta de alimento ya era preocupante y a ratitos se sentía desfallecer. También tengo sed, pensó. Decidido entró en un bar, la atmósfera era humo azul, se distinguían cabezas de ancianos barajando naipes, risas de borrachos resonando y maleantes apoyados en la barra ordenando cervezas y whisky. Atendía la barra un señor de sienes blanquecinas que tenía un pucho sostenido con los dientes, lavaba vasos y servía cervezas a seres viles que discutían sobre chimentos y política. El niño, con la inocencia de todo ser que por primera vez se encuentra ante un nuevo escenario, comenzó a saludar a todos los hombres que se encontraban allí adentro. Ninguno respondía, uno le tosía en la cara, otro le tiraba humo y este y aquel lo empujaban, le decían vete, no molestes. Entre insultos y trabas, el niño comenzó a huir indignado, y respirando nicotina y maní tostado. 
Salió escupido a la calle y sonrisas y carraspeos lo saludaron de forma lúgubre. Siguió caminando un tanto aliviado por escapar de ese asfixiante ambiente y recordó los consejos de su fugaz compañero. Comedores, pensó. Y ahí entraba a un lugar de puertas de cristal, mesas perfectamente acomodadas y gentes de modales refinados que con palabras sofisticadas intercambiaban impresiones. Este es el lugar, aquí, aquí me darán, pensó. Pensó: estas personas son las que mi padre decía que me tienen que dar porque ellos sí y nosotros no. Una vez dentro comenzó a deambular. Escuchó: papi ¿qué hace ese nene?, nada hijo, nada, sólo molesta. Y se dió vuelta, el padre le hizo una sonrisa falsa y el hijo lo miraba preocupado. Un hombre gordo cenaba con sus hijas y su mujer: ¿Señor tiene una moneda?, no querido, le dijo con un anillo dorado en el dedo. Un sujeto de bigotitos y voz chillona entrelazaba las manos con su prometida: ¿Señor tiene algo para mí?, no querido, todo lo que tengo es para ella, y la mujer estalló en una risita burlona y el flaco de bigotes le hacía señas para que se valla, no molestes, dijo entre dientes. El niño bajó la mirada resignado al observar con el desdén con el que era tratado y un hombre enorme con cadenas de plata en el cuello le tiró la oreja y le dijo que no volviera a aparecer.
Mientras, la cólera se empezó a apoderar de él, escuchó que la puerta de cristal se abría y una pequeña figurilla salía en su ayuda. El niño que lo miraba preocupado dentro del comedor tenía en sus manos una bolsita menuda, lo miró tristemente, se la entregó en sus manos y volvió corriendo a sentarse con su familia. Hambriento, el pequeño se sentó en un banco del cantero situado enfrente y abrió la bolsa: retazos de pan y sobras aún humeaban y expelían una fragancia bastante agradable a los sentidos excitados del niño. Comenzó a comer y con la carne satisfecha y el espíritu aplacado busco algún sitio reconfortante para dormir.
4
Caminó hasta la plaza y se acomodó debajo de una estatua hasta quedarse dormido. La noche estaba mansa y de vez en cuando el graznido de unas aves que descansaban en el naranjo contiguo a la efigie lo molestaban un poco. Eran ya las siete cuando la ciudad comenzó a vibrar, manos trasladaban portafolios y ruedas pisoteaban el empedrado. El niño se levantó con ganas de desayunar y observó ilusionado a los transeúntes que transitaban desdeñosos y confiados por las aceras del centro. Recordó los consejos de aquel niño de la calle: tiendas de ropa, bancos. 
Se levantó y bostezó con profundidad. Mientras caminaba desde la plaza hacia el centro, notó que había varias tiendas donde entraban y salían mujeres que portaban billeteras, bolsos y tarjetas de crédito. Decidió hacer su primera experiencia y entró a un local donde vendían prendas femeninas; aún no habían entrado clientes y el niño pensó que era una buena oportunidad para que la joven que atendía le diese algunas monedas. Se acercó tímidamente y observó que la muchacha estaba hablando por teléfono. ¡Ay! ¡Sí!, no puedo creer que siendo nuestra amiga sea tan egoísta. Señorita ¿tiene una moneda?, preguntó el niño. Ella lo miró y con ojos sin inteligencia prosiguió: si, si, no es capaz de compartir nada, siempre que le den que le den, como dice mi madre, para recibir hay que dar. Y el niño: por favor, quiero desayunar y no ten…….SHHHHHHH, no molestes, ¡no tengo nada! ¡no tengo nada! Disculpe, disculpe señorita, dijo el niño ante la impaciente vendedora del local. Cuando se estaba marchando, dos malvivientes lo empujaron fuertemente haciendo que callera al piso, desenfundaron dos revólveres y golpearon a la joven que se desvaneció con los ojos cerrados en el piso. Abrieron la caja fuerte, tomaron el dinero y huyeron despavoridos, todo en un instante veloz, donde el tiempo se detuvo para el niño que absorto no creía lo que veía. ¡Qué fácil es!, pensó con un dolor en la espalda. 
Salió nuevamente a la calle y se sentó afuera de un almacén. Se sentía verdaderamente dolido, tenía hambre y sed, y pensaba que dentro de poco tenía que volver a su casa y darle lo que le había sobrado al padre, y él sabía que no había sobras porque no había ni para él. Mientras tanto, la gente pasaba por sus ojos con total indiferencia, caminaban como ciudadanos parisinos, bien vestidos, perfumados, con narices respingadas incapaces de apiadarse de nadie. El niño, que era paciente y tolerante, comenzaba a rabiarse con furia. El hambre contribuía a su inquietud y la falta de hospitalidad lo impulsaba a un odio indescriptible. No es como dijo mi padre, pensó, a nadie le importa una mierda que yo no tenga nada.
Estaba con los ojos cerrados cuando una viejecita bondadosa salió del almacén con una bandeja de sándwiches y una gaseosa. Toma, toma, come y bebe chiquillo, le dijo. El niño no alcanzó a agradecer y la mujer cerró la puerta. Sorprendido y con los ojos humedecidos por la calidad del gesto, comenzó a deglutir el alimento. Cuando terminó pensó en que, si bien se había alimentado, todavía no había ni un centavo para su padre que seguramente ya se estaría impacientando ante la ausencia de su nuevo sirviente. Bancos, pensó. 
Se levantó y caminó hasta la esquina donde se hallaba la entidad bancaria. Adentro había una larga cola de gente limpiándose la frente con pañuelos, criticando entre dientes y avanzando con lentos pasos hacia las cajas. La atmósfera era opresiva, hacía un calor agobiante y olores picantes penetraban las fosas nasales. La fila de personas daba tres vueltas y se respiraba una tensión desesperante, daba la sensación de que en cualquier momento la cosa iba a estallar. El murmullo se elevó, el guardia de seguridad se dio la vuelta y un viejo de camisa desabrochada estalló en insultos y comenzó a vituperar con los brazos elevados. ¡Qué mierda!. ¡Nos tienen como animales!. ¡Terminemos con esta porquería!. Y comenzó a abrirse paso a través de las personas. 
Un joven que leía un libro lo intentó calmar y el hombre le respondió con un puñetazo. La madre del joven golpeado tiró de los pelos al viejo y toda la gente entró en pánico tumbando asientos, rompiendo los vidrios de los cajeros, gritando, corriendo. Todo era un caos; comenzaron a bajar los empleados del segundo piso tratando de defender las pertenecías del banco, golpeándose con las enloquecidas personas que estallaban de ira. El niño observó que, mientras un tipo de corbata intentaba huir de rodillas, otro lo pateó en el estómago haciéndole escupir sangre de la boca. Ante esta acción, el jovencito se escondió detrás de una maceta que portaba una gran palmera y desde allí observaba piernas escapando, bocas insultando y objetos volando por el aire.
Luego de que una tropa de policías pusiera fin a la conflagración, el niño se deslizó con sutileza hacia la calle y comenzó a pensar que el último recurso para llevar algo de dinero a su hogar sería pararse en un semáforo a pedir monedas.
5-
Y ahí estaban los semáforos. Amarillos, alargados, metálicos. Y ahí estaba el niño, su corto cabello, los bolsillos vacíos, la carita suplicante. Sujetos diversos conducían, pero sus caras eran el reflejo de una lineal similitud: ceños fruncidos, bocas torcidas, manos en el volante. El niño esperaba el rojo para zigzaguear entre los vehículos; las respuestas eran mayoritariamente negativas. Ni siquiera bajan los vidrios, pensó. Iban muy cómodos y ni siquiera se detenían a observar la cara del niño. Hombres y mujeres de lujosos autos decían que no con la cabeza, o las manos, o simplemente se leía en sus labios la palabra no. Algunos trataban de disimular su falta de ternura y humanidad y decían no queridito, moneditas no, no amor le acabo de dar a otro chiquillo. Pensó: no. Y el niño desesperaba, se imaginaba a su padre dándole golpes mortales de cinto lacerantes y a su madre llorando, tratando de detener al viejo emborrachado, colérico. 
El crepúsculo se asomaba y el sol se perdía en el horizonte anaranjado y enorme. El niño pateaba botellas de gaseosas, acariciaba desilusiones. Las gentes retornaban a sus hogares satisfechas de comprar y vender. Pensó que la gente era mala que estaba muy ocupada. El bello paisaje de felicidad que se había imaginado cuando pensaba en el centro se había transformado en una horrida postal caracterizada por la indiferencia. Pensaba en que en su barrio estaría mejor, que podría jugar a las bolitas y al fútbol con sus amigos, tal vez ir a la escuela dos o tres días. 
Aunque la película de su padre enfurecido lo perseguía una y otra vez, decidió retornar una vez más a su hogar y enfrentar la realidad tal como su destino se la sugería. Del centro hacia su barrio, una vez más, enfrentó el camino. Los perros ya no lo asustaban, la duda se disipaba, ya conozco el camino, pensó. Todo se volvía más vil, más corriente. La sonrisa que trasladó en el primer viaje se había borrado, no había más novedades. Las luces del centro ya eran la oscuridad de su manzana. Los autos de lujo eran bicicletas maltrechas de cadena floja y chirriante pedal. La abundancia de la ciudad era la carestía del suburbio. Y ahí andaba con las manos en los bolsillos saludando a sus amigos Cholito, Juan, Maxi. 

De repente sirenas, bocinazos, ladridos, todos los vecinos saliendo de su hogar. Mi madre está llorando, pensó. Se fué acercando sigilosamente escondido entre sombras y árboles y observó con mayor claridad lo que estaba sucediendo. ¡Señor!, está arrestado por maltrato infantil. Haga silencio, súbase al patrullero. Serán al menos unos cinco años de prisión, mandar a sus hijos a trabajar a la calle es un delito que le costará demasiado si le sumamos a esto su largo prontuario, dijo el jefe de operaciones. 
Cuando todo pasó, volvió a su casa, su madre estaba afuera esperándolo. ¡Mami! ¡Mami!, prorrumpió en sollozos. ¡Hijo mío!, ¡has vuelto!. Después de escuchar las cosas que el desgraciado de tu padre te iba a hacer si no regresabas con dinero, no pude aguantar sin denunciarlo a la policía. ¡Me salvaste, mami!, no conseguí nada, dijo el niño. Y se abrazaron, y ella dijo, no importa mi chiquito seremos felices así. Si mami, ahora sí, sin papi.

Autor: Ignacio Drubich
Categoría: Adulto

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