Érase una vez, hace mucho tiempo, había una cascada en los Picos de
Europa donde la caída del agua escondía la entrada a un mundo
paralelo al nuestro. En este otro mundo, las familias vivían en
casas hechas de madera o de piedra. Las viviendas eran construidas
con gran distancia la una de la otra. Sobrevivían de la caza, pesca
y agricultura. No había guerras ni enfermedades. Cuando una persona
quedaba enferma, era llevada por el hechicero a un lugar llamado
Paraíso Espiritual, donde eran dejadas para que los Dioses les
recogieran y les sacrificaran.
En una de estas casas vivía una joven de melena marrón como la
tierra fértil, con unos ojos orgullosos que parecían haber robado
del cielo el color azul profundo. Sobre unos labios bien diseñados
quedaba una nariz respingona. Se llamaba Sindy y era una excelente
cazadora. Vivía con sus padres y hermanos menores, que labraban la
tierra y la sembraban.
Alrededor de su morada, que era de piedra, se levantaba un frondoso
bosque verde y florido, el cual le había visto nacer y crecer.
Conocía cada rincón, cada montaña, cada explanada, cada árbol,
cada especie.
Cierto día, Sindy decidió salir a cazar con su padre. Era su
responsabilidad, ya que era la mayor y tenía que cazar con el jefe
de la familia. Estaban acechando a un ciervo salvaje en unas montañas
lejanas, cerca de la naciente del río que atravesaba el bosque.
Mientras su padre se enfrentaba al animal de cara, ella lo rodeó y
antes de que pudiera llegar a su objetivo, cayó en un agujero.
Sentía un fuerte dolor en el tobillo, pero como nunca se había
hecho daño, no sabía que podría ser.
Miró su alrededor y certificó que estaba en una cueva. Con mucha
dificultad, logró incorporarse y caminó por un túnel. Escuchaba a
lo lejos el tranquilizador ruido del agua que le cantaba una dulce
melodía constantemente.
Para su sorpresa, el túnel terminaba en una bella pared de agua
azulada. Cuando quiso tocarla, una fuerza sobrenatural le atrapó
todo el cuerpo y momentos después estaba cayendo por una cascada.
Todo fue muy rápido y luchó contra la fuerza del agua que insistía
en mantenerla en el fondo del pozo. Cuando por fin logró llegar a la
orilla, Sindy pudo confirmar que la vegetación era más escasa que
la de su bosque, y el cielo estaba teñido de un triste color gris.
Intentó ponerse de pie y sintió un fuerte dolor en el tobillo.
Entonces recordó su caída, el túnel y el agua.
Buscó un palo que le sirviera de bastón y con gran sacrificio dio
sus primeros pasos en aquella tierra tan extraña.
No muy lejos de allí, había un ganadero y su hijo, pastando el
ganado. Como buena cazadora que era, Sindy se acercó sin hacer ruido
y los observó de cerca. Vio como aquellos dos hombres se vestían de
forma rara, las pieles que usaban eran de colores, como las plumas de
los pájaros de su bosque. El hombre mayor comía algo raro, que era
como una rama o hierba, luego soltaba por la boca y la nariz una
especie de humo mágico que desaparecía en seguida.
Allí estuvo un largo rato observando cómo el más joven caminaba
entre aquellos animales desconocidos para ella y que eran manchados.
Sus pieles eran blancas y tenían grandes manchas negras por todo el
cuerpo. Tenían cuernos y de sus cuellos colgaba algo que sonaba.
Estaba absorta en su observación al hombre mayor que no se percató
de que el más pequeño se le acercó.
—¿Señora, está bien? —preguntó el joven.
Ella se sobresaltó y lo miró asustada. Aunque era raro, tal como su
ropa, hablaba el mismo idioma.
—Me duele el pie —contestó ella—. ¿Puedes ayudarme, por
favor?
—Claro. Déjame ver —dijo el joven poniéndose de cuclillas para
examinar el pie de Sindy— ¿No eres de aquí verdad? ¿Vas a algún
baile de disfraz?
La verdad es que para el joven, Sindy era la extraña vestida con
pieles. Como si se tratara de una cavernícola. El padre, al ver que
su hijo ayudaba a una linda joven, no tardó en acercarse, en el
mismo momento en que Sindy se desmayó. El padre la cogió en brazos.
Era un hombre mayor, pero aún conservaba sus fuerzas.
Luego padre e hijo cubrieron la pequeña distancia que había entre
el pasto del ganado y la cabaña. Entraron y fueron directamente a la
única habitación de la casa. Allí, el padre colocó,
cuidadosamente a la joven sobre la cama, mientras que el más joven
la tapaba con una manta y una mujer de mediana edad entraba detrás
con una palangana de agua caliente.
Sindy fue despertando despacio. Pudo ver a sus salvadores y la mujer
al lado de su cama. Un delicioso olor le hizo rugir el estómago.
Entonces, la mujer le tocó la frente.
—¿Tienes hambre? —le preguntó con una sonrisa. Luego miró al
más joven— Ve a la cocina y trae un plato de guiso a la niña.
Inmediatamente el joven salió de la habitación y no tardó en
volver con un bol humeante. Sindy se sentó con la espalda recostada
en el cabecero y sin decir una palabra, dio cuenta del guiso en un
santiamén. Estaba lambiéndose los dedos cuando certificó que todos
los presentes la miraban, como si de un animal se tratara. Vio que el
joven tenía en la mano un artefacto raro. Un largo palito que
terminaba en forma de concha.
—No te gustan las cucharas… se nota —dijo el hombre mayor.
—Vamos. Dejémosla que descanse —dijo la mujer—. Se nota que
está muy cansada y a saber cuánto tiempo estuvo a la intemperie,
porque está totalmente desabrigada a estas fechas del año.
Todos salieron y dejaron a la joven sola.
Solo entonces, Sindy pudo inspeccionar, con la mirada, donde se
encontraba. Estaba en un lecho hecho de una piel extraña. Se
preguntó de qué animal podría ser. Además estaba mucho más alta
que el suelo. Las paredes no eran de piedra ni de madera. Eran de un
material desconocido de color azul. A un lado estaba un trozo de
árbol excepcional. Tenía la forma cuadrada y era hueca. Lo supo
porque una parte se estaba soltando y se podía ver el interior,
donde había mucha más piel de colores.
Al frente, en el hueco de la pared, un material como el aire no
permitía la entrada del agua que caía del cielo, pero permitía ver
afuera.
Sindy estaba confusa, con miedo y a la vez encantada por ver todas
aquellas maravillas. Pensaba estar soñando. Entonces intentó mover
el pie y sintió un pinchazo que le sacó una exclamación de dolor.
Miró y vio que los extraños le habían envuelto el pie en una de
aquellas pieles raras y le habían colocado la pierna sobre un animal
o mazo de pieles.
De repente, el cansancio dio paso al sueño. Sindy cerró los ojos y
todo quedó oscuro.
Autora: Noelichi
Categoría: Infantil
Autora: Noelichi
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