La
búsqueda de aquel olor sin memoria le hizo recordar vívidamente
aquellos atardeceres en los que hundía sus dos pequeños brazos en
las hambrientas fauces del sillón del comedor en busca de alguna
extraviada moneda que le diera la posibilidad de visitar por fin a la
señora F.
Esos pocos días de
fortuna recorría con avidez y presteza las empinadas callejuelas que
separaban su casa de aquella dulce mansión. Cuando llegaba, aún
exhausto, hacía sonar el timbre envuelto todo de un sudor palpitante
que humedecía su corazón. Invariablemente tras unos segundos que
semejaban un lustro, la señora F. abría la puerta tranquila y
cuidadosamente como sólo las señoras F. saben hacer, acariciando
aquella puerta de palés robados a la noche con sus ajadas manos
cubiertas de antiguas, secretas y dolorosas marcas. El aroma de laca
N. lo impregnaba todo y se podían observar las gotitas flotando
espesamente en el aire que siempre le producían un picor casi
irresistible en la nariz. Tras unas breves miradas cómplices que
jamás se encontraban, la señora F. lo invitaba a pasar al pequeño
y mágico cuartito mezcla de sabores postreros y olores presentes que
estimulaban la desmesurada imaginación de su fino olfato.
Durante toda su
vida adolescente y adulta intentó recordar con precisión la
composición de aquel esquivo aroma y decenas de veces casi lo sintió
completo en su memoria, aunque siempre le restaba un fugitivo
ingrediente que no alcanzaba a atrapar. Tal fue su obsesión por
encontrar el último elemento de aquella fragancia que un día
decidió de nuevo reunir en un pequeño habitáculo todos los
productos que antaño se encontraron en el de la Señora F.: aquellas
gominolas de fresa ácida destructoras que hacían brotar la
oscuridad entre las muelas, el crepitante Petazeta,
los fabulosos Geyperman
siempre en busca de aventuras, las moras, la regaliz…
Algunos de estos
artículos le fueron difíciles de conseguir, pues el paso del tiempo
suele acabar sin avisar con las cosas que nuestra niñez cree
imperecederas. Como recordaba en casa de la Señora F., amontonó los
objetos en la pequeña habitación sin orden ni licencia, y después
de rociar aquella pequeña instancia con la laca N. cerró la puerta
y dejó durante un interminable día que aquellos exiliados se
contaran nuevamente sus viejas historias y lograran mediante su
aromático lenguaje la mezcla original que tanto perseguía y
añoraba.
Finalmente, pasada
la visita de un Sol, abrió la puerta de aquel pequeño Hotel
de los Líos con
el corazón sudoroso de entonces. Su sonrisa se difuminó cuando su
infalible nariz constató el fracaso, no era aquel el aroma esperado,
seguía faltando aquella esencia perdida que no era capaz de
recordar.
Hizo un último
esfuerzo y rememoró hasta el más minúsculo detalle del ya lejano
cuartito de la Señora F., con todos sus artículos apelmazados sobre
las roídas estanterías. Nada, nada, nada, nada, todos estaban ahora
ahí presentes, ninguno faltaba en su obsesivo experimento de dar
vida a un aroma del pasado más lejano.
Cuando todo parecía
perdido un picor producido por la laca N. hizo que se pasara,
inconsciente, el brazo por su nariz, y se dio cuenta, en un segundo,
de la naturaleza del ingrediente perdido.
Era
el aroma de su niñez, aquella que había cambiado para siempre
aplastada fieramente por el fétido paso del tiempo.
Autor: Miguel García Oliver
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