Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

Buscando nada


La búsqueda de aquel olor sin memoria le hizo recordar vívidamente aquellos atardeceres en los que hundía sus dos pequeños brazos en las hambrientas fauces del sillón del comedor en busca de alguna extraviada moneda que le diera la posibilidad de visitar por fin a la señora F.
Esos pocos días de fortuna recorría con avidez y presteza las empinadas callejuelas que separaban su casa de aquella dulce mansión. Cuando llegaba, aún exhausto, hacía sonar el timbre envuelto todo de un sudor palpitante que humedecía su corazón. Invariablemente tras unos segundos que semejaban un lustro, la señora F. abría la puerta tranquila y cuidadosamente como sólo las señoras F. saben hacer, acariciando aquella puerta de palés robados a la noche con sus ajadas manos cubiertas de antiguas, secretas y dolorosas marcas. El aroma de laca N. lo impregnaba todo y se podían observar las gotitas flotando espesamente en el aire que siempre le producían un picor casi irresistible en la nariz. Tras unas breves miradas cómplices que jamás se encontraban, la señora F. lo invitaba a pasar al pequeño y mágico cuartito mezcla de sabores postreros y olores presentes que estimulaban la desmesurada imaginación de su fino olfato.
Durante toda su vida adolescente y adulta intentó recordar con precisión la composición de aquel esquivo aroma y decenas de veces casi lo sintió completo en su memoria, aunque siempre le restaba un fugitivo ingrediente que no alcanzaba a atrapar. Tal fue su obsesión por encontrar el último elemento de aquella fragancia que un día decidió de nuevo reunir en un pequeño habitáculo todos los productos que antaño se encontraron en el de la Señora F.: aquellas gominolas de fresa ácida destructoras que hacían brotar la oscuridad entre las muelas, el crepitante Petazeta, los fabulosos Geyperman siempre en busca de aventuras, las moras, la regaliz…
Algunos de estos artículos le fueron difíciles de conseguir, pues el paso del tiempo suele acabar sin avisar con las cosas que nuestra niñez cree imperecederas. Como recordaba en casa de la Señora F., amontonó los objetos en la pequeña habitación sin orden ni licencia, y después de rociar aquella pequeña instancia con la laca N. cerró la puerta y dejó durante un interminable día que aquellos exiliados se contaran nuevamente sus viejas historias y lograran mediante su aromático lenguaje la mezcla original que tanto perseguía y añoraba.
Finalmente, pasada la visita de un Sol, abrió la puerta de aquel pequeño Hotel de los Líos con el corazón sudoroso de entonces. Su sonrisa se difuminó cuando su infalible nariz constató el fracaso, no era aquel el aroma esperado, seguía faltando aquella esencia perdida que no era capaz de recordar.
Hizo un último esfuerzo y rememoró hasta el más minúsculo detalle del ya lejano cuartito de la Señora F., con todos sus artículos apelmazados sobre las roídas estanterías. Nada, nada, nada, nada, todos estaban ahora ahí presentes, ninguno faltaba en su obsesivo experimento de dar vida a un aroma del pasado más lejano.
Cuando todo parecía perdido un picor producido por la laca N. hizo que se pasara, inconsciente, el brazo por su nariz, y se dio cuenta, en un segundo, de la naturaleza del ingrediente perdido.
Era el aroma de su niñez, aquella que había cambiado para siempre aplastada fieramente por el fétido paso del tiempo. 

Autor: Miguel García Oliver 

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