“¿Dónde
encuentro el camino hacia la noche?” me pregunto. Miro las campanas
doradas de la Basílica de los Ángeles, que en lento movimiento,
retumban sus gritos hacia el cielo. Trato de seguir aquellos sonoros
repiqueteos entre las nubes, esperando que las atraviesen, que las
empujen o las ahuequen; o tal vez las moldeen y así me digan algo,
pero no veo nada. Miro hacia abajo, “tal vez el sonido tiene
sombra” pienso; pero no es así, solo veo la mía, que me dice que
son un poco más de las 3 de la tarde. Otro rugido metálico.
Nuevamente las campanas roban mi atención. Los árboles del parque
se sacuden en armonía, cualquiera pensaría que es a causa del
viento, pero yo, se que no es así. Los lamentos de las campanas
lastiman su follaje, sus ramas; ellos se sacuden el aturdimiento con
un suave vaivén. La gente camina junto a ellos y no les
interesa calmarlos, hablarles, y decirles que todo va a estar bien,
que solo son campanas, que solo es el llamado al culto, pero no, a
nadie le interesa. Pensar en ello me entristece. Me siento
entre las oquedades de la sombra del árbol más pequeño, un árbol
de escasas hojas y con un tronco pueril; lo se, es demasiado joven
para entender a sus homogéneos. Junto mis manos, mis dedos se
abrazan, los llevo cerca de boca, como si me dispusiera a rezar, y me
encorvo. Cierro los ojos y trato de entender por qué al hombre le
gusta ignorar ésta verdad; esta realidad. Y me doy cuenta que no se
que es eso, qué es la realidad. Pero, si un árbol vive,
¿dónde guarda su alma?, ¿por qué no habla como nosotros? No lo
se, tal vez yo soy el loco que no sabe donde está existiendo, o, tal
vez solo me gusta imaginar que nuestro planeta esta vivo y morirá.
Creo que es mejor pensar como los demás, y así, dejar de ser tan
tonto. Poder tirar basura donde sea. Gastar tanta luz como sea
posible y cuando yo quiera. Tirar las sobras al río, pues son
bracitos del mar y es imposible contaminar algo tan grande. Dejar de
ser un ser incivilizado y lograr vivir en la modernidad,
admirando los bosques en mi pantalla plasma, pues tiene mejor
resolución, y así logro ver mejor los detalles. Oler los aromas
florales mejorados y duraderos sin salir de casa, solo con conectar
un cuadrito de tecnología a un enchufe. Subir a la caminadora y
correr por horas, en lugar de soportar esos pestilentes olores de
color verde. Mirar estrellas a través de un monitor, pues se ven más
nítidas. Dejar de desvivirme por la naturaleza, que como piensan
todos, es estúpida, pues por algo, no se defiende y se ha vuelto
aburrida. Si, debe ser eso, yo vivo en un mundo imaginario, donde el
croar de los sapos y de las ranas me arrulla. Donde la lluvia me
refresca y revitaliza. Donde las nubes toman formas como se me
antoja. Donde el olor a tierra mojada penetra por la nariz y
nos obliga una sonrisa. Donde el cielo nocturno muestra sus
agujeritos penetrados por luz. Creo que imagino a nuestro planeta
enfurecido, hastiado de tanta indiferencia, de tanta apatía. Extraño
imaginar a las luciérnagas pintando la oscuridad de la noche, pues
si a nadie le preocupa su ausencia, entonces si estuvieron todo este
tiempo dentro de mi cabeza, jugando con mis ideas.
Otro grito de
campana me altera y me obliga a abrir los ojos. Ya no esta el sol. La
gente sigue caminando. Nada esta pasando. Solo siento mi cuerpo,
siendo abrazado por el frío del desdén social. Tengo cuatro
sombras, es muy confuso, pero es causa de las luces
artificiales del parque. Pobres árboles, no los dejan descansar,
extrañan a la desusada luna. Me doy cuenta que la noche que yo
recordaba, se fue hace muchos años, o tal vez, algunos siglos. Solo
queda esta noche artificial, llena de coloridas luces de semáforos,
de estáticas luces guardianas, de intermitentes puntas rojas sobre
las torres, de melodías digitalizadas, de aislamiento
personalizado. Y me vuelvo a preguntar “¿Dónde encuentro el
camino hacia la noche?”, creo que ya no existe, la hemos
desterrado. Nos hemos creado otra noche en esta nueva realidad, llena
de progreso, de nubes color humo, con cantos de carros y el arrullo
de la tecnología, mascotas virtuales, amigos sin verdadero rostro o
maquillados , de necesidades arrogantes. Creo que prefiero la locura
de creer en un mundo vivo y agonizante, que tal vez solo yo, lo
escucho y lo entiendo, pero que ya no puedo abrazar, porque me lo
cambiaron por otro, uno frío e indiferente; un mundo virtual.
Autor: Alexandrum
Sinestésico
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