Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

3/4/12

Respiración en la oscuridad


Finalmente lo habían atrapado. Lo tenían. En la prensa lo habían apodado como el nuevo “Jack el destripador” o el “caníbal de Rotenburg local”, intentando ser creativos. La mayoría, sin embargo, lo había llamado simplemente “Willy”. Se vendía el doble cuando ese nombre aparecía en las tapas de los diarios. La sed de sangre de los lectores no tenía fin y los medios decidieron ser los proveedores para satisfacer esa necesidad.

El detective responsable del arresto era un hombre joven, de pelo corto y uniforme impoluto. Era fanático de Agatha Christie, y pese a que todo el mundo adoraba a Poirot, él, idolatraba a Hastings. “El talento puede hacer mucho, pero no se llega a nada sin trabajo duro”, una frase que podía resumirse como su filosofía. Konig era su nombre.

Willy estaba encerrado en el quinto sótano de la prisión, únicamente él, con las más sofisticadas tecnologías para mantenerlo controlado. Se necesitaban los códigos de acceso de diez personas para acceder a ese lugar y tener un contacto lejano con el detenido. Quince efectivos trabajaban en el lugar y ninguno estaba contento de estar ahí.

El ambiente en la prisión era tenso. El miedo que se sentía en el recinto era tangible. La seguridad que los técnicos profesaban no daban ninguna tranquilidad. Por lo que se contaba de Willy, ese hombre había asesinado a más de 200 personas de las maneras más crueles. La creatividad de sus métodos era lo que causaba terror en las mentes de todos los trabajadores del lugar. Mutilaciones, torturas e incluso canibalismo era lo que se creía que Willy había hecho. Un hombre capaz de tanto no tenía límites y claramente, a la idea de todos, códigos, cables y puertas de metal no iban a detenerlo.

Konig había llegado al lugar y estaba bajando las escaleras. Lo habían llamado ya que necesitaban al hombre que había podido atrapar al maníaco Willy. Los investigadores y psicólogos no habían logrado ningún avance al intentar sacarle alguna información al detenido. Ahora era el turno de Konig.

Los diez hombres estaban esperando para abrir la puerta más segura jamás creada. Uno por uno fueron ingresando sus códigos a la computadora central con una tarjeta especial. La puerta se abrió y Konig entró a la zona restringida. “Es importante saber no sólo la cantidad de personas que asesinó”, repasaba el detective en su cabeza las palabras de su superior, “sino también cómo lo hizo. Eso podría facilitarnos las cosas luego durante la calculación de su condena”. Claves, códigos, puertas, rejas y guardias. Todo eso tuvo que atravesar el detective para llegar a su hombre. Para poder empezar a trabajar.

Al entrar en la sala de interrogación, Willy estaba sentado en una silla, atado de pies y manos como si fuera un esquizofrénico peligroso. Tenía el pelo rapado y una barba de unos días. No tenía ningún rasgo facial característico salvo una arruga un poco marcada al costado de la cara. Nada denotaba la edad del recluso. Podría tener 20 como 40 años. Konig le hizo una señal de asentimiento al guardia y éste se retiró del lugar. Había una silla y un escritorio. El detective tomó asiento y miró directamente a los ojos del detenido. Los ojos de Willy estaban inmóviles, fijos, concentrados únicamente en quien tenía delante, la persona que lo había detenido.

Konig preguntó para romper el hielo y hostigar un poco al acusado, “mal clima, ¿no es cierto? Pronostican lluvia”. Willy no movió ni un músculo y su mirada clavada en el detective no se había movido ni un grado en otra dirección. Entonces Konig empezó con el interrogatorio. “¿Cuántas personas has asesinado? ¿Cuántos hombres y cuántas mujeres?”. De Willy no se escuchó ninguna respuesta. “Los cuerpos muestran señales de canibalismo y abusos de varios tipos, ¿Qué has hecho con tus víctimas?”. Ninguna respuesta. Luego de varias horas Konig perdió la paciencia y le asestó un golpe en la cara. “¿Has disfrutado causar tanto dolor?”, gritó Konig con toda la potencia de su voz.

Pero de repente, en el medio del interrogatorio, algo inesperado sucedió. Algo que nadie, y sobretodo Konig, jamás pensó que pasaría. La energía tuvo una bajada de tensión que duró sólamente por unos segundos. Unidades de tiempo en las cuales el detective pudo ver el rostro impasible de Willy. Sus ojos se posaron sobre los suyos. Fue a penas un instante, pero todo el sudor del cuerpo de Konig se congeló.

La electricidad dio un último respiro de vida para luego morir y dejar toda la sala a oscuras. Afuera se escuchaban a lo lejos gritos y movimiento de pies alejados a causa de los vidrios protectores. Pero ninguna ayuda serviría. Nadie podría acercarse. Toda la seguridad que habían puesto para protegerse de Willy ahora les impedía aproximarse al detective Konig.

Dentro de la sala no se veía absolutamente nada. La oscuridad era total. El subsuelo no tenía ninguna ventana y el aire se sentía pesado. La tensión crecía a cada segundo. El detective Konig había saltado de su silla ni bien la luz había desaparecido y entre las penumbras pudo ir gateando hasta chocar contra un muro lo más alejado del recluso posible. Sólo se escuchaba la respiración de Willy. Los latidos del corazón del hombre de la ley golpeaban su pecho de manera violenta, sentía en sus oídos las percusiones más fuertes que jamás oiría: el miedo, en su estado más puro.

Pese al tornado de sensaciones que se sucedían en la cabeza del detective, en la habitación sólo reinaba el silencio. Pero era simplemente la calma que antecede a una tormenta. De pronto todo se detuvo en la cabeza de Konig y sus miedos fueron interrumpidos. Metal. Las cadenas que mantenían inmóviles a los brazos de Willy empezaron a hacer ruido. Inocentemente al principio, fuertemente luego. Estaba probando. No había ningún peligro. Todo se había apagado. Luego todo fue descontrol. Al verse libre de sus ataduras la locura contenida de Willy fue completamente liberada. Ruidos, golpes y jadeos. No solo estaba libre sino que estaba destruyendo todos esos artefactos que alguna vez fueran sus cadenas. Y luego el silencio.

Unos pasos hicieron eco en la nada, y un suave susurro rompió la ausencia de ruido. “Ahora podré responderte a todas tus preguntas. Y te darás cuenta si disfruté lo que hice. Puedo mostrarte todo lo que hice. Tenemos tiempo”. Y su respiración fue acercándose lentamente…

Autor: Guillermo Gustavo Klimt

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