Finalmente lo habían
atrapado. Lo tenían. En la prensa lo habían apodado como el nuevo
“Jack el destripador” o el “caníbal de Rotenburg local”,
intentando ser creativos. La mayoría, sin embargo, lo había llamado
simplemente “Willy”. Se vendía el doble cuando ese nombre
aparecía en las tapas de los diarios. La sed de sangre de los
lectores no tenía fin y los medios decidieron ser los proveedores
para satisfacer esa necesidad.
El detective responsable
del arresto era un hombre joven, de pelo corto y uniforme impoluto.
Era fanático de Agatha Christie, y pese a que todo el mundo adoraba
a Poirot, él, idolatraba a Hastings. “El talento puede hacer
mucho, pero no se llega a nada sin trabajo duro”, una frase que
podía resumirse como su filosofía. Konig era su nombre.
Willy estaba encerrado en
el quinto sótano de la prisión, únicamente él, con las más
sofisticadas tecnologías para mantenerlo controlado. Se necesitaban
los códigos de acceso de diez personas para acceder a ese lugar y
tener un contacto lejano con el detenido. Quince efectivos trabajaban
en el lugar y ninguno estaba contento de estar ahí.
El ambiente en la prisión
era tenso. El miedo que se sentía en el recinto era tangible. La
seguridad que los técnicos profesaban no daban ninguna tranquilidad.
Por lo que se contaba de Willy, ese hombre había asesinado a más de
200 personas de las maneras más crueles. La creatividad de sus
métodos era lo que causaba terror en las mentes de todos los
trabajadores del lugar. Mutilaciones, torturas e incluso canibalismo
era lo que se creía que Willy había hecho. Un hombre capaz de tanto
no tenía límites y claramente, a la idea de todos, códigos, cables
y puertas de metal no iban a detenerlo.
Konig había llegado al
lugar y estaba bajando las escaleras. Lo habían llamado ya que
necesitaban al hombre que había podido atrapar al maníaco Willy.
Los investigadores y psicólogos no habían logrado ningún avance al
intentar sacarle alguna información al detenido. Ahora era el turno
de Konig.
Los diez hombres estaban
esperando para abrir la puerta más segura jamás creada. Uno por uno
fueron ingresando sus códigos a la computadora central con una
tarjeta especial. La puerta se abrió y Konig entró a la zona
restringida. “Es importante saber no sólo la cantidad de personas
que asesinó”, repasaba el detective en su cabeza las palabras de
su superior, “sino también cómo lo hizo. Eso podría facilitarnos
las cosas luego durante la calculación de su condena”. Claves,
códigos, puertas, rejas y guardias. Todo eso tuvo que atravesar el
detective para llegar a su hombre. Para poder empezar a trabajar.
Al entrar en la sala de
interrogación, Willy estaba sentado en una silla, atado de pies y
manos como si fuera un esquizofrénico peligroso. Tenía el pelo
rapado y una barba de unos días. No tenía ningún rasgo facial
característico salvo una arruga un poco marcada al costado de la
cara. Nada denotaba la edad del recluso. Podría tener 20 como 40
años. Konig le hizo una señal de asentimiento al guardia y éste se
retiró del lugar. Había una silla y un escritorio. El detective
tomó asiento y miró directamente a los ojos del detenido. Los ojos
de Willy estaban inmóviles, fijos, concentrados únicamente en quien
tenía delante, la persona que lo había detenido.
Konig preguntó para
romper el hielo y hostigar un poco al acusado, “mal clima, ¿no es
cierto? Pronostican lluvia”. Willy no movió ni un músculo y su
mirada clavada en el detective no se había movido ni un grado en
otra dirección. Entonces Konig empezó con el interrogatorio.
“¿Cuántas personas has asesinado? ¿Cuántos hombres y cuántas
mujeres?”. De Willy no se escuchó ninguna respuesta. “Los
cuerpos muestran señales de canibalismo y abusos de varios tipos,
¿Qué has hecho con tus víctimas?”. Ninguna respuesta. Luego de
varias horas Konig perdió la paciencia y le asestó un golpe en la
cara. “¿Has disfrutado causar tanto dolor?”, gritó Konig con
toda la potencia de su voz.
Pero de repente, en el
medio del interrogatorio, algo inesperado sucedió. Algo que nadie, y
sobretodo Konig, jamás pensó que pasaría. La energía tuvo una
bajada de tensión que duró sólamente por unos segundos. Unidades
de tiempo en las cuales el detective pudo ver el rostro impasible de
Willy. Sus ojos se posaron sobre los suyos. Fue a penas un instante,
pero todo el sudor del cuerpo de Konig se congeló.
La electricidad dio un
último respiro de vida para luego morir y dejar toda la sala a
oscuras. Afuera se escuchaban a lo lejos gritos y movimiento de pies
alejados a causa de los vidrios protectores. Pero ninguna ayuda
serviría. Nadie podría acercarse. Toda la seguridad que habían
puesto para protegerse de Willy ahora les impedía aproximarse al
detective Konig.
Dentro de la sala no se
veía absolutamente nada. La oscuridad era total. El subsuelo no
tenía ninguna ventana y el aire se sentía pesado. La tensión
crecía a cada segundo. El detective Konig había saltado de su silla
ni bien la luz había desaparecido y entre las penumbras pudo ir
gateando hasta chocar contra un muro lo más alejado del recluso
posible. Sólo se escuchaba la respiración de Willy. Los latidos del
corazón del hombre de la ley golpeaban su pecho de manera violenta,
sentía en sus oídos las percusiones más fuertes que jamás oiría:
el miedo, en su estado más puro.
Pese al tornado de
sensaciones que se sucedían en la cabeza del detective, en la
habitación sólo reinaba el silencio. Pero era simplemente la calma
que antecede a una tormenta. De pronto todo se detuvo en la cabeza de
Konig y sus miedos fueron interrumpidos. Metal. Las cadenas que
mantenían inmóviles a los brazos de Willy empezaron a hacer ruido.
Inocentemente al principio, fuertemente luego. Estaba probando. No
había ningún peligro. Todo se había apagado. Luego todo fue
descontrol. Al verse libre de sus ataduras la locura contenida de
Willy fue completamente liberada. Ruidos, golpes y jadeos. No solo
estaba libre sino que estaba destruyendo todos esos artefactos que
alguna vez fueran sus cadenas. Y luego el silencio.
Unos pasos hicieron eco
en la nada, y un suave susurro rompió la ausencia de ruido. “Ahora
podré responderte a todas tus preguntas. Y te darás cuenta si
disfruté lo que hice. Puedo mostrarte todo lo que hice. Tenemos
tiempo”. Y su respiración fue acercándose lentamente…
Autor: Guillermo Gustavo Klimt
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