A las miles de
personas que deambulan
en
los campos de refugiados anhelando
ver
un rectángulo de cielo, un milagro
onírico que los
siga conectando con las
señales de la
vida.
Hacía tiempo que había
dejado de escucharse el ruido del tránsito que generaban
las caravanas de camiones que durante todo el día levantaron
polvareda entrando y saliendo del campamento de refugiados.
A lo lejos, aun de tanto
en tanto, se podían oír algunos disparos de fusil. La noche fría imponía
hacerse un ovillo y cubrirse con las mantas improvisadas
para amortiguar un poco el efecto de las duras temperaturas.
Tissina tenía a su hijo
de apenas unos meses acurrucado en su regazo.
La deformidad, que aquí
es el estigma del hambre y de las enfermedades,
diluía los contornos de su figura y en su anatomía sólo cabía
adivinar las señas de una identidad póstuma.
El médico del campamento
le había puesto un nombre inglés incomprensible
para ella, “Mathew” o algo así.
Pero Tissina guardaba en
su mente el nombre que habría de llevar el niño
si lograba sobrevivir. Para qué engañarse, sabía que, al igual que
las moscas que se posaban sobre los huesos de las extremidades de su
hijo, la muerte se le estaba adhiriendo con una voracidad impiadosa.
Desde el montículo
desarrapado que formaban Tissina y su niño sepodía
observar a través de un agujero en la lona superior de la tienda de
campaña en donde estaban alojados un rectángulo de cielo
estrellado.
Y ese rectángulo se
volvió para Tissina en la noche fría el único vestigio
de que había allá fuera algo más que fardos apiñados con olor a
muerte.
Súbitamente tuvo el
deseo de que todos estuvieran despiertos en la tienda
para que la impresión de ese algo también llegara a ellos. Pero
entreabrió su manta y solo vio otros bultos apenas acompañados por
el sonido errático de su respiración.
Sintió que el frío
recrudecía y que la noche se extendía irremediablemente…
Sólo un pequeño
movimiento le vino a quitar el entumecimiento por la hipotermia.
Mathew abrió sus ojos por unos instantes. No había curiosidad ni
asombro en ellos. Si el reconocimiento de su madre y una mirada
rápida hacia el rectángulo de la tienda.
Iluminados por el
misterio de la noche estrellada los ojos del niño volvieron
a enfocarse en Tissina. Después se cerraron para siempre.
No había ni siquiera una
expresión en ese ensamble de huesos adheridos
a la dermis de un rostro que parecía cronológicamente incierto…
Sólo el recuerdo de esos
ojos quedaría como la seña de identidad de un alma
en los confines donde venían a parirse todas las atrocidades de la
miseria.
Tissina abrigó a su niño
muerto hasta la mañana.
El médico del campamento
procuró entonces brindarle alguna palabra de
consuelo. Pero ella que había velado el sueño de su hijo sabía de
su mirada y de la sonrisa que tendría lugar cuando en el secreto de
la noche jugaran nuevamente a contar estrellas.
Autor: Julia Edith de la Iglesia
Categoría: Adulto
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