Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

7/4/12

Milagros en el infierno


A las miles de personas que deambulan
en los campos de refugiados anhelando
ver un rectángulo de cielo, un milagro
onírico que los siga conectando con las
señales de la vida.

Hacía tiempo que había dejado de escucharse el ruido del tránsito que generaban las caravanas de camiones que durante todo el día levantaron polvareda entrando y saliendo del campamento de refugiados.
A lo lejos, aun de tanto en tanto, se podían oír algunos disparos de fusil. La noche fría imponía hacerse un ovillo y cubrirse con las mantas improvisadas para amortiguar un poco el efecto de las duras temperaturas.
Tissina tenía a su hijo de apenas unos meses acurrucado en su regazo.
La deformidad, que aquí es el estigma del hambre y de las enfermedades, diluía los contornos de su figura y en su anatomía sólo cabía adivinar las señas de una identidad póstuma.
El médico del campamento le había puesto un nombre inglés incomprensible para ella, “Mathew” o algo así.
Pero Tissina guardaba en su mente el nombre que habría de llevar el niño si lograba sobrevivir. Para qué engañarse, sabía que, al igual que las moscas que se posaban sobre los huesos de las extremidades de su hijo, la muerte se le estaba adhiriendo con una voracidad impiadosa.
Desde el montículo desarrapado que formaban Tissina y su niño sepodía observar a través de un agujero en la lona superior de la tienda de campaña en donde estaban alojados un rectángulo de cielo estrellado.
Y ese rectángulo se volvió para Tissina en la noche fría el único vestigio de que había allá fuera algo más que fardos apiñados con olor a muerte.
Súbitamente tuvo el deseo de que todos estuvieran despiertos en la tienda para que la impresión de ese algo también llegara a ellos. Pero entreabrió su manta y solo vio otros bultos apenas acompañados por el sonido errático de su respiración.
Sintió que el frío recrudecía y que la noche se extendía irremediablemente…
Sólo un pequeño movimiento le vino a quitar el entumecimiento por la hipotermia. Mathew abrió sus ojos por unos instantes. No había curiosidad ni asombro en ellos. Si el reconocimiento de su madre y una mirada rápida hacia el rectángulo de la tienda.
Iluminados por el misterio de la noche estrellada los ojos del niño volvieron a enfocarse en Tissina. Después se cerraron para siempre.
No había ni siquiera una expresión en ese ensamble de huesos adheridos a la dermis de un rostro que parecía cronológicamente incierto…
Sólo el recuerdo de esos ojos quedaría como la seña de identidad de un alma en los confines donde venían a parirse todas las atrocidades de la miseria.
Tissina abrigó a su niño muerto hasta la mañana.
El médico del campamento procuró entonces brindarle alguna palabra de consuelo. Pero ella que había velado el sueño de su hijo sabía de su mirada y de la sonrisa que tendría lugar cuando en el secreto de la noche jugaran nuevamente a contar estrellas.

Autor: Julia Edith de la Iglesia
Categoría: Adulto

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