Grupo de educación, cultura y deporte. Asamblea Popular Pº de Extremadura

4/4/12

El llanto


Si les reprochas algo, los niños responden con palabras vivas o se enfurruñan como pequeños hombrecitos que van aprendiendo las reglas de la civilización: no se juega a la puerta de una iglesia, no se bebe de fuentes de agua no potable, no se debe pasar de largo sin saludar a los vecinos. Y así se suceden los años: los pequeños hombrecitos se van haciendo hombres, y llega un día en que se asoman a la ventana para ver jugar a unos niños que son ahora sus hijos, por los que darían gustosos la vida. Y ese día, como sin querer, se descubren en el pasado de los chillidos, en la herida de una pierna o en sus ojos fascinados por los cuentos orientales.

De repente, ahogada en lágrimas, dejo de ver en mi hijo a la niña que yo fui, porque la niña sigue viviendo, mientras que mi hijo, Guillermín, ha muerto, mi niño, atropellado a las diez cuando subía en bicicleta la Cuesta del Francés con sus mejores amigos.

Tú estás aquí ahora. Podría pensar que duermes si no fuera porque los tíos llaman a la puerta para que la abra. Dicen que esto no es natural, que ellos quieren compartir mi dolor, pero es que mi dolor no puede compartirlo nadie, porque es la primera vez que te me mueres...

Viene el alcalde con tu cadáver de mediodía, vienen tus amigos, llorando, acompañados de sus padres, los médicos, vienen los pésames, las lágrimas sobre el hombro, las manos, el punzante quejido del luto. Y los besos con que te arropé de recién nacido, los que tú me dabas antes de acostarte o cuando me saltabas al cuello para abrazarme, porque sabías que nadie, ni papá siquiera, me abrazaba ya. Él se había marchado tan lejos, que por más que quisiera abrazarme, sus caricias no me llegaban. Cuando cumpliste diez años, hablamos de lo de papá como hacen los mayores: se llamaba, lo suyo, cáncer de pulmón, pero, antes de morir, me dio la semilla para hacer de la vida algo parecido a la esperanza.
¿Viste lo que le hizo la muerte a papá? Viste lo que es la muerte, hijo, viste que con ella no se juega, que no debías haber salido a la Cuesta por más que quisieras estrenar la bicicleta del tío Francisco. Cuando en el cumpleaños, la semana pasada, nos asomamos al balcón a ver quién daba esos bocinazos, apareció el tío Francisco, bajo los soportales, arrastrando el armatoste por los cuernos, como un triunfo de guerra. Con la serenata despertó a Doña Carmen: escúchala, ahí anda ahora, detrás de la puerta, diciendo que si no abro van a llamar a los guardias, que no es normal esto, vamos, que no les parece normal que prefiera llorar aquí antes que agradecer los aspavientos de los padres de Juanito y Javier.

Qué fácil dar la mano cuando sabes que tu hijo olvidará mañana la desgracia, cuando sabes que lo verás crecer vigoroso, que un día, siempre temprano, abandonará la escuela del pueblo y se irá a estudiar Derecho a la capital, qué fácil cuando el día en que Dios ha de llevarte a su lado sientes que en el lecho te cierra los ojos. Pero cuando eres tú la que cierras los ojos a tu hijo, cuando sobre la cama lo posan manos extrañas para que el resto del día aúlles como una loba herida, entonces, hijo, es difícil creer en las palabras ajenas.

Dicen que en los pueblos nos conocemos todos, sí, que conocemos al cura, a los labriegos, a los vendedores; pero, mira, al tipejo ese, a tu asesino, no lo conocíamos. Por lo visto vino de la capital a las fiestas de Torremazajén, y ahora me ha quitado lo más grande que me había dado la vida, con lo que pequeño que tú eras, pobre...

Ay, si Vicente estuviera aquí conmigo.

Tú me dijiste que no subirías a la Cuesta, me lo dijiste, pero para eso estamos las madres, para que nos engañen, aunque a mí no me engañaste nunca, no lo habrías hecho aunque hubieras querido, pues esos ojos que me mentían eran los míos.

Y mañana...

Mañana, ¿quién se acordará de ti? De ti, que podrías haber llegado a ser don Guillermo, médico, juez o abogado; mañana serás sólo una apostilla a los consejos de los padres: «no hagas eso, que mira lo que le pasó a Guillermín» o, acaso, la prueba de que ellos son mejores padres que María, la zurcidora…

¡Que lo digan, que a mí sólo me vale lo que piense mi hijo, que sólo podrá decir Allá arriba cosas buenas de mí!

Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios; por qué dejé que salieras en bici, por qué no hice que estudiaras la lección de Cuentas, por qué no te obligué a limpiar el polvo de las sillas o a hacerme compañía: para que no se rieran de ti en la escuela ni te miraran mal, que luego –el maestro me lo dijo– los otros niños te llamaban enmadrado.

Tú no sabes nada, no piensas nada, no sientes esta mano sobre los ojos, no eres nada.

–¡María, María, abre, por favor! –de quién es esa voz, no parece la del tío Francisco, ni la del alcalde, ni la del padre de Juanito, que aún sigue en la casa como un fantasma desorientado–. Ábreme, María, por favor, no puedes hacernos esto, estamos preocupados... Tenemos que hablar.
–Quién es...
–Abre, por favor. Abre, hablaremos de monsieur Guillermo.

Ya lo has oído, hijo, es el maestro, es Vicentito, que quiere decirme lo listo que tú eres, como si no lo supiera.

Qué hacemos, hijo, le abrimos o le dejamos fuera; le abrimos, sí, ahora le abrimos, hijo, como quieras, va, no des más golpes, Vicente, vamos a abrirle, sí, hijo, que necesito llorar en el hombro de algún amigo, comprendes, vamos a abrirle, sí, que don Vicente, bueno, Vicentito, el maestro, nos quiere.

Autor: Alberto de Frutos Dávalos

No hay comentarios:

Publicar un comentario