Si les reprochas algo, los niños responden con palabras vivas o se
enfurruñan como pequeños hombrecitos que van aprendiendo las reglas
de la civilización: no se juega a la puerta de una iglesia, no se
bebe de fuentes de agua no potable, no se debe pasar de largo sin
saludar a los vecinos. Y así se suceden los años: los pequeños
hombrecitos se van haciendo hombres, y llega un día en que se asoman
a la ventana para ver jugar a unos niños que son ahora sus hijos,
por los que darían gustosos la vida. Y ese día, como sin querer, se
descubren en el pasado de los chillidos, en la herida de una pierna o
en sus ojos fascinados por los cuentos orientales.
De repente, ahogada en lágrimas, dejo de ver en mi hijo a la niña
que yo fui, porque la niña sigue viviendo, mientras que mi hijo,
Guillermín, ha muerto, mi niño, atropellado a las diez cuando subía
en bicicleta la Cuesta del Francés con sus mejores amigos.
Tú estás aquí ahora. Podría pensar que duermes si no fuera porque
los tíos llaman a la puerta para que la abra. Dicen que esto no es
natural, que ellos quieren compartir mi dolor, pero es que mi dolor
no puede compartirlo nadie, porque es la primera vez que te me
mueres...
Viene el alcalde con tu cadáver de mediodía, vienen tus amigos,
llorando, acompañados de sus padres, los médicos, vienen los
pésames, las lágrimas sobre el hombro, las manos, el punzante
quejido del luto. Y los besos con que te arropé de recién nacido,
los que tú me dabas antes de acostarte o cuando me saltabas al
cuello para abrazarme, porque sabías que nadie, ni papá siquiera,
me abrazaba ya. Él se había marchado tan lejos, que por más que
quisiera abrazarme, sus caricias no me llegaban. Cuando cumpliste
diez años, hablamos de lo de papá como hacen los mayores: se
llamaba, lo suyo, cáncer de pulmón, pero, antes de morir, me dio la
semilla para hacer de la vida algo parecido a la esperanza.
¿Viste lo que le hizo la muerte a papá? Viste lo que es la muerte,
hijo, viste que con ella no se juega, que no debías haber salido a
la Cuesta por más que quisieras estrenar la bicicleta del tío
Francisco. Cuando en el cumpleaños, la semana pasada, nos asomamos
al balcón a ver quién daba esos bocinazos, apareció el tío
Francisco, bajo los soportales, arrastrando el armatoste por los
cuernos, como un triunfo de guerra. Con la serenata despertó a Doña
Carmen: escúchala, ahí anda ahora, detrás de la puerta, diciendo
que si no abro van a llamar a los guardias, que no es normal esto,
vamos, que no les parece normal que prefiera llorar aquí antes que
agradecer los aspavientos de los padres de Juanito y Javier.
Qué fácil dar la mano cuando sabes que tu hijo olvidará mañana la
desgracia, cuando sabes que lo verás crecer vigoroso, que un día,
siempre temprano, abandonará la escuela del pueblo y se irá a
estudiar Derecho a la capital, qué fácil cuando el día en que Dios
ha de llevarte a su lado sientes que en el lecho te cierra los ojos.
Pero cuando eres tú la que cierras los ojos a tu hijo, cuando sobre
la cama lo posan manos extrañas para que el resto del día aúlles
como una loba herida, entonces, hijo, es difícil creer en las
palabras ajenas.
Dicen que en los pueblos nos conocemos todos, sí, que conocemos al
cura, a los labriegos, a los vendedores; pero, mira, al tipejo ese, a
tu asesino, no lo conocíamos. Por lo visto vino de la capital a las
fiestas de Torremazajén, y ahora me ha quitado lo más grande que me
había dado la vida, con lo que pequeño que tú eras, pobre...
Ay, si Vicente estuviera aquí conmigo.
Tú me dijiste que no subirías a la Cuesta, me lo dijiste, pero para
eso estamos las madres, para que nos engañen, aunque a mí no me
engañaste nunca, no lo habrías hecho aunque hubieras querido, pues
esos ojos que me mentían eran los míos.
Y mañana...
Mañana, ¿quién se acordará de ti? De ti, que podrías haber
llegado a ser don Guillermo, médico, juez o abogado; mañana serás
sólo una apostilla a los consejos de los padres: «no hagas eso, que
mira lo que le pasó a Guillermín» o, acaso, la prueba de que ellos
son mejores padres que María, la zurcidora…
¡Que lo digan, que a mí sólo me vale lo que piense mi hijo, que
sólo podrá decir Allá arriba cosas buenas de mí!
Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios; por qué dejé que salieras
en bici, por qué no hice que estudiaras la lección de Cuentas, por
qué no te obligué a limpiar el polvo de las sillas o a hacerme
compañía: para que no se rieran de ti en la escuela ni te miraran
mal, que luego –el maestro me lo dijo– los otros niños te
llamaban enmadrado.
Tú no sabes nada, no piensas nada, no sientes esta mano sobre los
ojos, no eres nada.
–¡María, María, abre, por favor! –de quién es esa voz, no
parece la del tío Francisco, ni la del alcalde, ni la del padre de
Juanito, que aún sigue en la casa como un fantasma desorientado–.
Ábreme, María, por favor, no puedes hacernos esto, estamos
preocupados... Tenemos que hablar.
–Quién es...
–Abre, por favor. Abre, hablaremos de monsieur Guillermo.
Ya lo has oído, hijo, es el maestro, es Vicentito, que quiere
decirme lo listo que tú eres, como si no lo supiera.
Qué hacemos, hijo, le abrimos o le dejamos fuera; le abrimos, sí,
ahora le abrimos, hijo, como quieras, va, no des más golpes,
Vicente, vamos a abrirle, sí, hijo, que necesito llorar en el hombro
de algún amigo, comprendes, vamos a abrirle, sí, que don Vicente,
bueno, Vicentito, el maestro, nos quiere.
Autor: Alberto de Frutos Dávalos
No hay comentarios:
Publicar un comentario