A veces, cuando me da por rebuscar en el cajón de la nostalgia, no puedo evitar recordar la tarde que fuimos al entierro de mi abuelo Cristóbal. Las campanas de la Iglesia repicaban toques largos y tristes y la gente del pueblo se contagiaba al unísono, de la tristeza que traía un aire fúnebre que se colaba por todos los rincones. Siempre que sonaban las campanas por un difunto, en el pueblo surgía una pregunta inevitable ¿Quién es el muerto?. Yo nací en un pueblecito pequeño, de esos donde se conoce todo el mundo. La muerte nos solía visitar una o dos veces cada mes, pero yo nunca me había preocupado de esos asuntos, hasta la tarde que vi a mi abuelo dentro de un ataúd, pálido, sin sonrisa y con los ojos cerrados a cal y canto.
"Alberto, el abuelo se ha ido al cielo" dijo mi padre con consternación. Yo asentí haciendo un
gesto afirmativo con la cabeza, pero no comprendía nada. Apenas tenía nueve años y lo único que sabía era que al cielo iba la gente que moría; que allí estaban mucho mejor. Tiempo después, según me iba haciendo mayor, fui perdiendo toda esperanza en la existencia de dicho lugar, y pude comprobar que el infierno, si existía, y que no hacía falta morir para experimentarlo.
Mientras yo y mi padre esperábamos en el salón, mi madre inundaba la habitación con unos llantos que me causaron una tristeza tan grande, que no pude evitar abrazarla con todas mis fuerzas.
Para ella, su padre había sido lluvia en tiempos de sequía, cálido refugio en medio de la tormenta, oración de súplica cuando los ojos del alma sólo ven tinieblas...
En sus últimos años, el abuelo Cristóbal era uno de esos mayores que deambulan por la plaza y de los que sólo te acuerdas cuando te enteras de que han muerto. Era un libro abierto lleno de la sabiduría que dan los años vividos; con el tiempo nos dimos cuenta que perdimos la oportunidad de enriquecernos leyendo páginas llenas de contenidos irrepetibles, de anécdotas cargadas de épica, de la belleza de la lucha de un hombre que sobrevivió sin hacer daño a nadie, en un mundo que siempre le fue hostil.
Cuando llegamos al velatorio, me sentí abrumado por una sensación de angustia indescriptible , recuerdo que mi padre se dio cuenta de mi malestar y me dijo " Mantén la compostura, ya eres un hombre", yo respondí haciendo un esfuerzo titánico por guardar un semblante serio y firme, aunque en verdad lo único que quería era salir pitando de aquel lugar. El cadáver yacía dentro de un ataúd abierto, llevaba puesto un traje negro con rayas blancas - rescatado de su armario - y se notaba que lo habían maquillado para adecentar el color de la muerte. Yo lo miré fijamente y por un momento, me pregunté si sería cierto que en realidad había muerto o sólo estaba dormido. Pensé que a lo mejor se trataba una broma, de esas que tanto le gustaba hacernos cuando nos sentaba en su regazo.
No dejó de sorprenderme el espectáculo de ver a mi abuela llorando hecha una magdalena. A partir de ese momento empecé a comprender lo hipócritas que somos los seres humanos. La abuela Sagrario siempre había sido una arpía de mucho cuidado; había tratado al abuelo como a un pelele de esos de los que tienen que pedir permiso hasta para ir a orinar. Él siempre se dejó dominar, no sé si por miedo o por abnegación, pero lo cierto es que la valentía que le había sobrado en la Guerra Civil y en la del Sahara, brillaba por su ausencia a la hora de enfrentarse a su mujer.
Mi madre a veces contaba que lo echaba de casa, porque no le salía jornal o porque estaba borracho. La injusticia siempre se ceba con los hombres que menos lo merecen. Mi abuelo nunca fue un haragán; fue uno de esos hombres que levantaron este país a base de regar los campos con mares de su sudor. Un jornalero andaluz, que en el más grande de los anonimatos resultó imprescindible para salir de una época de hambruna para olvidar, propiciada por una guerra (in-civil ) tan absurda como todas las demás.
Sin embargo, la verdadera imagen de mi abuelo se inmortalizó en mi mente el día de mi quinto cumpleaños. Me dijo: "Ven Alberto, siéntate aquí" me sentó en sus rodillas y me contó la historia del "Pueblo de los Mudos". Recuerdo que yo escuché aquella historia casi sin pestañear y que me dijo que en aquel lugar se perdía el habla nada más llegar; que la gente no peleaba; que los matrimonios duraban para siempre y que nadie temía a la muerte, porque la veían como otro estado donde podrían deleitarse con la belleza infinita del silencio. Después, no se porqué, le pregunté si tenía miedo a la muerte. Él me contestó: "No hijo, porque llega un momento en el que el cuerpo ya pide tierra." A esa edad tan temprana, la historia del "Pueblo de los Mudos" me pareció asombrosa, pero lo cierto es que no la comprendí hasta que me hice adulto.
Salimos del velatorio cabizbajos, caminando con agónica lentitud hacia el cementerio, nos cubría un cielo axfisiante, plomizo. Muchísima gente del pueblo nos acompañaba, sobre todo personas mayores, en sus rostros se podía ver la desolación de saber que para ellos la hora de irse, estaba cada vez más cerca. Cuando metieron el ataúd en aquel nicho, fue cuando comprendí que ya no volvería a ver nunca más a mi abuelo. Pensé, si merecería la pena vivir para acabar en un sitio tan triste y solitario, donde que te ponen flores una vez al año sólo por cumplir, y que al día siguiente de tu entierro ya se hayan evaporado todas las lágrimas que te han llorado. Pues al hombre cuando no se le ve, pronto se le olvida.
Con los años he llegado a la conclusión de que si merece la pena vivir, si le das a los demás lo mejor de ti mismo en vez de guardartelo para ti sólo, si pasas por la vida haciendo el bien aunque los que lo reciban sean desconocidos, si como mi abuelo, es tu cuerpo el que llama a la tierra y no es la tierra la que quiere sepultar tu maldad.
"Alberto, el abuelo se ha ido al cielo" dijo mi padre con consternación. Yo asentí haciendo un
gesto afirmativo con la cabeza, pero no comprendía nada. Apenas tenía nueve años y lo único que sabía era que al cielo iba la gente que moría; que allí estaban mucho mejor. Tiempo después, según me iba haciendo mayor, fui perdiendo toda esperanza en la existencia de dicho lugar, y pude comprobar que el infierno, si existía, y que no hacía falta morir para experimentarlo.
Mientras yo y mi padre esperábamos en el salón, mi madre inundaba la habitación con unos llantos que me causaron una tristeza tan grande, que no pude evitar abrazarla con todas mis fuerzas.
Para ella, su padre había sido lluvia en tiempos de sequía, cálido refugio en medio de la tormenta, oración de súplica cuando los ojos del alma sólo ven tinieblas...
En sus últimos años, el abuelo Cristóbal era uno de esos mayores que deambulan por la plaza y de los que sólo te acuerdas cuando te enteras de que han muerto. Era un libro abierto lleno de la sabiduría que dan los años vividos; con el tiempo nos dimos cuenta que perdimos la oportunidad de enriquecernos leyendo páginas llenas de contenidos irrepetibles, de anécdotas cargadas de épica, de la belleza de la lucha de un hombre que sobrevivió sin hacer daño a nadie, en un mundo que siempre le fue hostil.
Cuando llegamos al velatorio, me sentí abrumado por una sensación de angustia indescriptible , recuerdo que mi padre se dio cuenta de mi malestar y me dijo " Mantén la compostura, ya eres un hombre", yo respondí haciendo un esfuerzo titánico por guardar un semblante serio y firme, aunque en verdad lo único que quería era salir pitando de aquel lugar. El cadáver yacía dentro de un ataúd abierto, llevaba puesto un traje negro con rayas blancas - rescatado de su armario - y se notaba que lo habían maquillado para adecentar el color de la muerte. Yo lo miré fijamente y por un momento, me pregunté si sería cierto que en realidad había muerto o sólo estaba dormido. Pensé que a lo mejor se trataba una broma, de esas que tanto le gustaba hacernos cuando nos sentaba en su regazo.
No dejó de sorprenderme el espectáculo de ver a mi abuela llorando hecha una magdalena. A partir de ese momento empecé a comprender lo hipócritas que somos los seres humanos. La abuela Sagrario siempre había sido una arpía de mucho cuidado; había tratado al abuelo como a un pelele de esos de los que tienen que pedir permiso hasta para ir a orinar. Él siempre se dejó dominar, no sé si por miedo o por abnegación, pero lo cierto es que la valentía que le había sobrado en la Guerra Civil y en la del Sahara, brillaba por su ausencia a la hora de enfrentarse a su mujer.
Mi madre a veces contaba que lo echaba de casa, porque no le salía jornal o porque estaba borracho. La injusticia siempre se ceba con los hombres que menos lo merecen. Mi abuelo nunca fue un haragán; fue uno de esos hombres que levantaron este país a base de regar los campos con mares de su sudor. Un jornalero andaluz, que en el más grande de los anonimatos resultó imprescindible para salir de una época de hambruna para olvidar, propiciada por una guerra (in-civil ) tan absurda como todas las demás.
Sin embargo, la verdadera imagen de mi abuelo se inmortalizó en mi mente el día de mi quinto cumpleaños. Me dijo: "Ven Alberto, siéntate aquí" me sentó en sus rodillas y me contó la historia del "Pueblo de los Mudos". Recuerdo que yo escuché aquella historia casi sin pestañear y que me dijo que en aquel lugar se perdía el habla nada más llegar; que la gente no peleaba; que los matrimonios duraban para siempre y que nadie temía a la muerte, porque la veían como otro estado donde podrían deleitarse con la belleza infinita del silencio. Después, no se porqué, le pregunté si tenía miedo a la muerte. Él me contestó: "No hijo, porque llega un momento en el que el cuerpo ya pide tierra." A esa edad tan temprana, la historia del "Pueblo de los Mudos" me pareció asombrosa, pero lo cierto es que no la comprendí hasta que me hice adulto.
Salimos del velatorio cabizbajos, caminando con agónica lentitud hacia el cementerio, nos cubría un cielo axfisiante, plomizo. Muchísima gente del pueblo nos acompañaba, sobre todo personas mayores, en sus rostros se podía ver la desolación de saber que para ellos la hora de irse, estaba cada vez más cerca. Cuando metieron el ataúd en aquel nicho, fue cuando comprendí que ya no volvería a ver nunca más a mi abuelo. Pensé, si merecería la pena vivir para acabar en un sitio tan triste y solitario, donde que te ponen flores una vez al año sólo por cumplir, y que al día siguiente de tu entierro ya se hayan evaporado todas las lágrimas que te han llorado. Pues al hombre cuando no se le ve, pronto se le olvida.
Con los años he llegado a la conclusión de que si merece la pena vivir, si le das a los demás lo mejor de ti mismo en vez de guardartelo para ti sólo, si pasas por la vida haciendo el bien aunque los que lo reciban sean desconocidos, si como mi abuelo, es tu cuerpo el que llama a la tierra y no es la tierra la que quiere sepultar tu maldad.
Autor: PANDEHIGO
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